Cuando iba como en sexto básico llegó un profesor de castellano nuevo, alto, de abrigo negro y con cara de vampiro. Lo primero que hizo fue decirnos que nos paráramos en los pupitres. Ninguno de nosotros había visto “La sociedad de los poetas muertos”, pero parece que él sì, y demasiadas veces. Rudyard Fuster hacía clases en un colegio para niños deficientes mentales, tocaba el saxofón, escribía poesía, y por alguna extraña razón había llegado a mi cuico colegio. Nos hizo ver películas de terror y casi no tuvimos clases, lo que provocaba que de un día a otro encargara pruebas de como 100 páginas. Al final, Carolina López, la siempre mojigata Carolina López, lo acusó con su mamá, que estábamos viendo “La profecía” y weás así. Fuster se fue. Y dejó una sarta de consejos del tipo “usar condón es como lavarse las patas con calcetines”. Habían pasado años de aquella época cuando recordé al viejo Fuster y me salió este cuento, de un tirón. Así salen a veces.
Originalmente publicado en Zona de Contacto, de El Mercurio. Fecha desconocida.
Noviembre, las tardes y Ariatna.
El profesor Fuster sospechaba que algo andaba mal desde mediados de año, porque el invierno había sido demasiado frío, su resfriado no parecía ceder y el té de ciboulette le estaba cayendo mal por las noches. Tuvo la certeza, sin embargo, cuando llegó la carta del municipio anunciándole que la feria del libro que se realizaba cada tercera y cuarta semana de Noviembre sería cancelada. Luego de varias décadas, el servicio de ferrocarriles volvería a andar y la vieja estación necesitaba reparaciones urgentes. » Leer el resto de esta entrada..




