Se habla mucho estos días de que la principal causa de atropellos en la ciudad son los peatones, que se meten a las autopistas, que andan borrachos, que no respetan los semáforos.

Me parece que la noticia es cierta; hay peatones imprudentes y uno mismo a veces cruza en cualquier lado, pero hay que ver el otro lado de la historia: vivimos en una ciudad diseñada en función del auto, no de las personas. Las autopistas le han pasado por encima a todo el mundo, a quienes hasta hace años podíamos andar en bicicleta por Santa María y hoy topamos con un enorme cartel que prohíbe hacerlo.
Según dicen los expertos, la solución son más autopistas urbanas, diseñadas con atroces e incómodas pasarelas cada 500 metros. Pedirle a la señora que antes cruzaba en el semáforo, que suba 30 escalones. O peor aún, que camine por plataformas ideales para sillas de ruedas y carros de supermercado, pero largas e incómodas para quienes andamos en dos pies. Como ciclista, peatón y usuario –a veces- del transporte público, es impresionante ver cómo en esta ciudad se privilegian tanto esos enormes autos con un sólo pasajero adentro.
Hagamos más calles, botemos parques, casas, para ensanchar avenidas. Más espacio para el auto y menos para la gente. Tenemos tal cagada en esta ciudad atroz, que terminar de meter las patas es mucho más sencillo que arreglar bien las cosas.
Acá un ejemplo, en Providencia. Esta foto está tomada desde la esquina de Huelén con Providencia, hacia el oriente y el poniente.

Entre el semáforo de Miguel Claro y el de Eliodoro Yáñez hay 390 metros y cuatro calles que intersectan. No sé si habrá alguna norma en arquitectura o planificación urbana, en lo personal me parece una distancia exagerada. Para evitar que la gente cruce las ocho pistas de cemento, un pequeño bandejón con pasto y rejas que la gente dobla y acomoda con el tiempo.

No es el único ejemplo, en la Alameda tienes semáforos para peatones en los que pones un pié en la calle y ya tienes que correr para alcanzar a llegar a la mitad de la calle. Ancianos o discapacitados simplemente no pueden y quedan entrampados mientras los motores rugen amenazantes. No es una imagen poética, pueden verlo todos los días en el centro de Santiago. Lo importante: el trafico. Que no hayan tacos. La gente que cruza da lo mismo, que corran, si para eso tienen pies.
Así es Santiago, si usted viene de afuera a conocerla, mejor venga en auto. Le va a parecer una ciudad amistosa.