
Creo que fue el primer disco que escuché en serio. Me dormía las noches del 92 escuchando este cassete, que me sacó de otros estilos y marcó la pauta en mi afición por los músicos argentinos. Es de los discos más vendidos de la historia de ese país con 14 pistas simplemente espectaculares.
Marcó un antes y un después en la carrera de Fito también. Nunca volvió a hacer un disco como éste tanto así que los siete discos previos son mucho mejores que todo los sacó después. Quizás así es la cosa, las buenas ideas duran mientras uno tiene cierta vida, y se pierden con esos giros radicales que nos tiene preparado el destino.
He escuchado este disco en muchos momentos de mi vida, y entiendo a quienes dicen que a veces Fito Páez parece que cantara demasiadas cosas sin sentido. Es un disco escrito durante la separación con Fabiana Cantilo y el comienzo de la relación con Cecilia Roth. Es lo que podríamos llamar un disco de entreguerras.
Como les dije, he escuchado este disco durante muchos años aunque nunca le encontré tanto sentido como ahora, tras una relación larga con un final complicado. El disco se arma como un sutil brebaje de canciones por un lado llenas de alegría, libertad y frescura, pero sin dejar de lado una oscuridad y una nostalgia que se avizoran complicadas de olvidar. Ofrece esperanza pero no de manera gratuita, sino que hay que trabajar para ganársela.
No intenten entenderme, sé que es complicado. La cosa es que para Rodar la vida tiene que haber un proceso que parte por El amor después del amor, sigue en Dos Días en la vida, se atreve con Tumbas de la Gloria y renace con Creo. Es a la vez un disco lleno de contribuciones, Charly, Calamaro, Mercedes Soza, Cerati, Spinetta, y también, a diferencia de los discos anteriores de Fito, muy cargado a los coros. Al parecer hay etapas de la vida que no es bueno pasar tan solo.
Estoy ciertamente sobreinterpretando, pero es curioso que tras veinte años un disco cobre tanto sentido, y temas como La Verónica o La Rueda Magica pasen de ser sólo bellas melodías a manifiestos de independencia, relaciones o soledad.
Creo que el disco habla por sobre todo de conocerse y aceptarse, para bien o para mal. De entenderse, de pararse con los dos pies en el mundo, con las convicciones adquridas, pero a la vez, de estar abierto a lo que el mundo tenga que ofrecer.
Después de todo, Fito lo escribió a los 29 o 30 años.
Y acá estoy yo, escribiendo estas líneas en el silencio del departamento que alguna vez elegí junto a la novia de una vida pasada, silencio que sólo interrumpen gritos que a lo lejos me anuncian que se viene el concierto de Justin Bieber, y no puedo evitar pensar en la música que no le deja nada a la juventud, recordar a mi hermana vuelta loca con un Pablito Ruíz del que ahora ni se acuerda.
Que mal que nos hayamos vuelto tan poco críticos con todo. Aceptamos los libros, las películas, las canciones que vienen, como si nos hicieran favores, cuando estamos en un momento cultural lamentable, triste, sórdido, del que no me imagino cómo saldremos.
Si no lo han escuchado, corran por este disco. Entero, de principio a fin. Vale la pena.