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Hola Martín, meses sin vernos. ¿Qué tal? Hace tiempo que no te escribo nada, y no es por falta de ganas, debo decir, sino que muchas veces empezaba borradores que no llegaban a nada, porque claro, no es como que a mí me pasen tantas cosas como a tí, si un divorcio debe ser complicado, imagínate el mismo divorcio con todos los pormenores filtrados a la prensa y más encima con todo lo que significa intentar decirle a la gente que no eres el malo de la película, porque bueno, al final cuando una relación se termina, sin que sea necesario en realidad, hay un malo de la película. Cosas del poder, cosas de las relaciones, tan complicadas que son.

Bueno, yo tampoco he podido ver muchos programas de farándula, pero los momentos que he podido ver, creeme que he sabido detalles. Que te pintan como gay, que aprovechaste la fama de Pampita, cosas de ese tenor. Lo que sí creo es que en el intrigante mundo de las relaciones, poca gente tiene tanta y tan mala suerte a la vez como tú y Carolina. Pampita, bueno, nadie le dice Carolina. Y con eso de la suerte me refiero al inefable paso de la memoria y de las etapas de lo que constituye cada una de las relaciones de pareja que uno emprende en la vida, o sea, en realidad no hay mucho misterio porque como que se repiten, ¿no?

Eso de conversar un poco y reirse, y empezar a abrir las esperanzas, contactos físicos y cansadoras charlas por messenger, pegarse al teléfono, que alguien se le salga un “te quiero” esperando una respuesta que puede o no llegar, el delicado ajedrez de la segunda cita, la complicidad y la configuración de conjuntos recuerdos que pasarán con el tiempo a significar buenas o malas imagenes de “nuestro bar”, “nuestro café”, o “el café de mierda” y “la porquería de bar”. “Nuestra esquina” y “nuestro supermercado”, los amigos en común que es mejor no tener, los silencios eternos porque pareciera que los temas se acaban de pronto, y que bueno, se solucionan escuchando buena música. Las enfermedades o malestares de cada uno, yo que paso mal de la guata por ejemplo, las pequeñas mañas, las expresiones que empiezas a copiar y que asimilas como propias sin saber muy bien de dónde las sacaste, “las cosas que me gustan y las que me cargan de tí”, el deleznable paso de conocer familiares o amigos del otro cuando en realidad detestas conocer gente. Todo lo que sea como “obligado”, tener que esperar al otro cuando sabes muy bien que si estuvieras solo llegarías a la hora, conocer a amigos de ellos que no tienen ni una gracia, y de pronto se vuelve una rutina el acompañar, adoptas la vida de otro y el otro adopta la vida tuya, un poco se amoldan, quizás muchas veces esta es la fase problemática, quizás amoldar dos vidas muy diferentes se convierte en un problema y empieza la clásica reflexión “mejor solo, ¿no?”

Pero tú tuviste que revisitar todo lo malo a través de la prensa, a través de…. “Intrusos”.

Y claro, los expedientes del caso no cuentan los recuerdos buenos, el libro que tanto te gustaba y que de pronto se convirtió en un regalo para un viernes muy especial, y esa cena de comida rápida en la cama, los momentos de pasión -que según los expedientes eran bastante traumantes para Pampita-; todo lo bueno se convierte en un infierno y los recuerdos pesan, cierta gente los atesora, otros los bloquean de sus cabezas, en mi caso se duermen hasta que algo los despierta, recuerdos inefables, deja vus inoportunos, sensaciones que vuelven de la nada, con un olor, un perfume, cierta luminosidad de atardecer o de amaneceres con el cuerpo cansado. Lluvias, primaveras, otoños, que el tiempo se empiece a repetir con la misma persona, algo que no conozco. Intentar no olvidar y de pronto encontrarse como protagonista de recuerdos; las mismas calles, recorridos añejos. Formas de dormir, formas de vestir, formas de querer.

Y después Martín, como tú, el divorcio, la triste separación, lo que no dije pero siempre quise decir, lo que de tanto quedar en el tintero pasó a convertirse en una mancha, ese momento preciso en el que pensé cómo sería volver a estar soltero, volver a buscar, volver a coquetear, esa noche en que conversé con otra persona y me sentí de nuevo interesante, respetado, querido. Temor o dudas o malestar o las cosas que antes no importaban y de pronto se vuelven francamente intolerables, tiempos muertos, aniversarios que se olvidan, regalos que ya no importan, el limitado mundo de las posibilidades en que puede derivar una relación; ayeres y anteayeres y mañanas nuevas y nuevas formas de quererse y expresarse y nuevas apropiaciones de personalidad, el maravilloso círculo de la vida que a veces queda medio trunco y toma tiempo en volverse a cerrar.

Y de pronto, todo está en la tele. Que mal, Martín. No sé, me fui en otra, me pasa a menudo que intento escribirte, en general quería decirte que me parece que ya es como mucho, ¿no? Lo de Pampita y el divorcio, y esa ridícula ley de adulterio que tienen alla en Argentina: si se pierde se pierde no más y que se le va a hacer, me caigo y me levanto como diría Cortázar, pero nada de seguir llorando y alegando como tú en la tele, o pidiendo plata, no porque sea feo sino porque no puedes parchar con billetes a un corazón que sigue goteando pena, necesitas una soldadura de plomo que solo se traduce en tiempo.

Pero una vez más, qué diablos, se hace lo que se puede. A algunos de nosotros nos gusta olvidar.

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