DISCLAIMER: La siguiente es una bitácora de viaje de índole más o menos personal. Si no te interesan estas aventuras, quizás quieras revisar estos consejos prácticos para hacer cicloturismo.

Mi lugar de paz

Día 10 – La mujer biónica. Cascadas – Entre Lagos. 12 horas en bicicleta, pedaleo nocturno.

Despertamos tipo 10 aunque recién a las 11 estuvimos fuera de la carpa. Tomamos desayuno adentro, galletas de cereal, leche con chocolate y jugo. Después una vez más empezamos el lento proceso de desarme, del que sería el día más fuerte de todo el viaje. Nos retrasamos bastante, Sacha y Paula miraban con cara de babieca todo el proceso, la misma cara de muchos automovilistas que nos ven pasar como diciendo: ¡jamás haría eso!; llenar las bicis de alforjas y echarse al camino. Recién a eso de las 14:00 horas nos tiramos a la ruta, hasta la desviación al Rupanco. Aunque empezamos muy bien, fue complicándose debido a las constantes subidas y a que se nos habían perdido varios pulpos en el camping, lo que tenía las cargas más inestables, o sea, esa era mi impresión, pues jamás se soltaron. Lo que sí, las subidas eran atroces, unas cuestas que nos tomaban entre 10 a 15 minutos bajo un calor insoportable. Lo bueno es que a la velocidad de las bicis se ven bien las vacas, chanchos y todos los animales de la granja.

Horribles cuestas

Supermercado

En un “supermercado” comimos “almuerzo”: papas fritas y bebida. Es bueno echarle grasa al cuerpo de vez en cuando. Ese supermercado ocupa una pequeña parte de lo que fue en tiempos mejores una fábrica lechera. En este lugar le dije a Isabel el maquiavélico plan que tenía en mente hace un rato: seguir rumbo a Entre Lagos, sin hacer una pausa en el Rupanco, y sin establecernos un par de días, como teníamos pensado originalmente.
En el camino lo iríamos decidiendo. Seguimos por la carretera, un poco más suave hasta llegar por fin, a las 5 de la tarde, 3 horas después de haber salido, al cruce de caminos que se internaba hasta Entre Lagos.

Isabel en la bifurcación

La velocidad de la vida

Puro campo

Un camino de tierra de 38 kilómetros por pleno campo, que más que desafío físico se transformó en uno sicológico, unas eternas rectas sin fin, kilómetros sin curvas y sin variedad en el paisaje. El camino sin embargo empezó bien suave, lleno de vacas y bastante plano. Pasaban pocos autos y a nuestro lado derecha unos carteles pequeños de color blanco con letras rojas nos indicaban cuántos kilómetros iban quedando. El sol se iba yendo, sabía que llegaríamos de noche, pero no que sería tan complicado.

Los kilómetros que quedan

Hacienda rupanco

En un momento se me cayó el cortaviento, tuve que retroceder como un kilómetro para ir a buscdarlo. Seguimos avanzando, cruzamos el río Coihueco, hubo algunas bajadas y curvas, pero en general fue recto siempre.

7:30 – en un cruce de caminos, en el medio de la nada, paramos a tomar once. Había una bencinera Copec, un cartel de la Hacienda Rupanco y unas indicaciones hacia “Puerto Rico”, una playa en Rupanco. Comimos galletas y jugo de kiwi. Como en la casa de la Isa compran ese, hemos tomado casi todos los días el mismo sabor. Me carga el puto jugo de kiwi.
Avanzamos por unas rectas interminables, entierrados por los autos que pasaban a toda velocidad, nos dolía todo, el poto, la espalda, los brazos. El agua en el camelback disminuía y todavía quedaba mucho. Ya caía la tarde y el sol desapareció entre los árboles de la hacienda Rupanco.
El plan B en caso de que algo pasara, pinchazo o cansancio extremo, era pasar las rejas de la Hacienda Rupanco, buscar un poco de agua y cocinar algo, después dormir y seguir. Somos prácticamente autosuficientes. Solo necesitamos agua para cocinar y tomar.

Por fin aparece el rupanco

Ya casi era de noche cuando después de unas bajadas y curvas el lago Rupanco apareció. El camino pasa por el costado, en la desembocadura. Eran las nueve de la noche y el lugar no nos gustó mucho. Aparte del hecho de que un weon estaba meando del puente para abajo, también había que pensar en el día siguiente: levantarse y seguir.
Hubo entonces que tomar una decisión, pasar la noche o continuar unas tres horas más, derecho a Entre Lagos.
Mezcla de orgullo y de tozudez decidimos seguir. De todas formas no era imprudencia, podíamos parar en cualquier predio y por último comer barras de cereal hasta el otro día. Unos metros más allá del Rupanco sacamos las parkas y las luces, primero las rojas y después las blancas para adelante. Yo puse la linterna que usamos todos los días en el bolso de manillar para iluminar el camino. Estábamos a 15 kilómetros de Entre Lagos, Isabel estaba sumamente cansada y había que optar entre arrastrar la bici y que te dolieran las manos o pedalear y que te doliera el trasero. Yo iba un poco mejor, mis miedos eran básicamente ser abducidos, ver seres fusiformes o que el diablo se nos apareciera en el camino. Fuera de broma, me asustan esas cosas. Vi una casa con una luz rojiza y al pasar por el frente leí “Iglesia” y la cruz y casi me muero.

Isabel en el medio de la nada

Estos miedos/esperanzas ocultas hicieron para mí un poco más suave el viaje. En el camino había unas casas muy cuicas (Quix, como diría Sacha), la posibilidad de pedir el patio siempre existía. Pero no, seguimos. Un paso tras de otro. Aprovechando las bajadas, pidiendo con los brazos a los autos para que bajaran las luces altas, un kilómetro detrás de otro. En medio de la ruta vimos una luz, un almacén. Pasé a gastar unas monedas, el tipo cobraba $700 la coca de medio litro, se confundió con el vuelto y me dio más plata. Huaso bruto. Le pasé $1.100 para un gasto de  $900 y me pasó $450 extras.

Pedaleando de noche

En fin. Ya no veíamos nada, Isabel sacó su linterna. Tomamos la bebida con papas fritas y seguimos un buen rato más allá. Volvieron los carteles blancos con letras rojas: 8,2 kilómetros decía. De aquí en adelante pedaleamos con la esperanza de encontrarlos siempre a la derecha, yo iba por el medio del camino iluminándole el paso a Isabel, teniendo cuidado con los perros que nos ladraban, acompañados de una sinfonía de vacas, pájaros y viento.
Jaime llamó por teléfono en un momento. Estaba tirado en su cama comiendo papas fritas y quería saber cómo estábamos. Hablamos poco porque la onda se iba. Mucho más en la noche llamó Sacha. El papá de Paula pensó que podíamos haber quedado varados en el camino, pero ahí seguíamos, dándole.

Kilómetros restantes

6,6; 4,8; 3,2; los carteles a la derecha y un resplandor de luces de ciudad eran nuestra esperanza. Este último tramo fue de bajada casi todo. Nos dieron las 12 en medio del camino, entonces, un rato después, al doblar una curva, por fin aparecieron las luces de Entre Lagos, tras cerca de 11 horas de pedaleo. Estábamos por fin ahí.
Entramos por un sector más bien marginal, preguntamos y nos dieron indicaciones de varios camping. Cruzamos por debajo de un puente y entramos de lleno a la ciudad. En el pavimento mi bicicleta cruje mucho, hace un ruido feroz. Pasamos por un BancoEstado, hemos estado pendientes de un cajero para poder comer mejor.

Aunque por el canasacio no lo vimos muy bien, Entre Lagos es grande, y habría que conocerlo mejor mañana.

1.2 km

Rápidamente llegamos a ver la zona de camping. En la noche no distinguíamos bien el lago Puyehue, pasamos por varios camping -y un pub-, el que más nos gustó tenía un letrero que rezaba “Camping Puyehue”.
Eran la 1:30 de la mañana. Gritamos y tocamos la puerta. Un amable caballero se asomó. Nos cobraba $4.000 por quedarnos. Es un muy bien precio. Todavía con parkas y guantes armamos la carpa y pusimos colchonetas y sacos, mientras Isabel preparaba unos ravioles.
Había sido el día más intenso de todos, y de aquí solo tendríamos que pedalear hasta Osorno, unos 50 kilómetros más o menos, pero por pavimento. Eso siempre que de aquí no haya buses directos a Santiago. Tendremos que verlo bien. Comimos con frío, pero felices, todos dormían en el camping menos nosotros.
Claro que había bulla igual, pero en el camping de al lado. Estas son casas que dan al lago cuyos patios han sido adaptados como zonas de camping. Tras la comida, sacamos las alforjas, armamos las bicis y por fin, muertos de sueño nos tendimos en los sacos.

Isabel se había ganado el mote de la “chica biónica” tras la extenuante jornada de hoy.

Luces

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