Martes. Son días agitados estos, se viene el rodaje de “El Manto”, y todo avanza, por el momento, bastante bien. Ya tenemos protagonista para “La Comiquería” -es una sorpresa que les daré pronto- y por otro lado este blog ha salido estos últimos días en wtf.microsiervos.com, lo que ha subido mucho sus visitas. Mi amigo Jorge me decía que va a terminar siendo un blog geek, pero en realidad mientras hayan historias como la de esta noche, no lo creo. Todo parte por la horrenda campaña de Ron Mitjans, esa que dice “Porque de Plaza Italia para arriba se celebra igual que de Plaza Italia para abajo”, esa que miente y que oculta descaradamente que su producto es derechamente parafina, que es asqueroso y que causa unas resacas traídas directamente del mismo infierno. Entonces empecé a recordar cosas, y ahí cagó todo. No me la puedo contra ciertas cosas.

Juan fue mi primer compañero de borracheras y coincidentemente la última vez que lo vi fue tras un carrete en el que dejamos a un metalero botado a la punta del cerro. Tras eso, él estrelló su auto contra un camión en el cajón del Maipo. Muy probablemente estaba ebrio.

Años antes, cuando empezamos a probar alcohol, bebíamos en su pieza cuando sus viejos se dormían, para no despertarlos, había que abrir la ventana del cuarto piso y empezar a mear hacia abajo. Era una tarea compleja, porque a medida que se iba acabando el copete, los balanceos hacían más complicada la maniobra; recuerdo que más de una vez terminamos -era un ventanal grande- cada uno apoyado con un brazo a un extremo, y abrazados apoyando los hombros, meando hacia abajo. Un ejercicio de confianza, supongo.

Le sacábamos el vino tinto a sus viejos, a mi nunca me gustó mucho pero por esos días había que probar de todo y hasta que las velas no ardierasn. Por esa época descubrí que de vez en cuando tenía unos saltos medios extraños, aunque no lo sabía todavía, tenía que ver con epilepsia, falta de sueño, y alcohol.

Muchas veces fuimos a la playa, recuerdo una ocasión en particular en la que durante la primera noche, me emborraché como idiota y terminé envuelto en una frazada amarilla vomitando todo. Caminando y vomitando. Era patéticamente gracioso. Me bautizaron como “El Dalai Lama”. A la noche siguiente, fue el turno de Juan, que vomitó toda la noche en la cama junto a la mía. Juan roncaba muy fuerte -toda su familia es así- y cuando yo notaba que se estaba quedando sin respirar, sabía que venía el vómito. Entonces me tocaba poner una palangana. En un momento Juan despertó, y ebrio, me dijo “Ohh, que loco, que buen amigo, cachai cuando voy a buitrear por como respiro”. Luego volvió a dormir. Nunca recordó este diálogo.

Igual había más gente este viaje, mi hermano Daniel por ejemplo, que se encargó de limpiar todo el vómito, Vicente, Bati, Jorge, Lucho, Jesús.

Estaban los viernes cerveceros de Almac, uno compraba todo tipo de cervezas y se las llevaba para la playa, habían algunas de 10 grados, bastante malas. Aquí se mezclan los recuerdos. Yo ponía la escalera y nos subíamos al techo de la casa a tomar cerveza y mirar el sol, mientras -Carolina, la hermana de Juan me aportó este detalle- escuchábamos a Fito. Tengo esa imagen fijada en la mente. Ella también me dice que en ese mismo viaje fuimos a Cartagena e intentó enseñarnos a bailar salsa, pero no pudo. Éramos unos troncos. Recuerdo la puesta de sol, el sabor de la cerveza y el lanzar las botellas vacías a la arena. Después prendimos una fogata y calentamos una salchicas al fuego. No quedaron muy buenas. Más tarde, casi todos salieron a caminar. Hubo un tiempo en que Juan estuvo saliendo con La Turca, Daniela Haddad, se llamaba. Casi no lo veíamos. Una noche llegó, enojado como él solo. “Que se vaya a la mierda un rato” dijo. Quería salir con los amigos.

Después, para la universidad, ya no carreteábamos mucho juntos, él pasaba más tiempo con mi hermano, según recuerdo. Y Juan tenía un problema, bebía un vaso de cerveza y terminaba vomitando. Mi hermano esa vez tuvo que hacerse cargo de esa limpieza, yo no estaba. Pero pasó varias veces. A veces conversábamos, pero Juan seguía así. Su vieja lo retaba, le decía que no podía llegar así de ebrio, y claro, Juan mezclaba eso con conducir y todo iba mal. Manejaba pésimo, recuerdo. Te miraba cuando iba al volante, y uno le decía “mira para adelante, weón”. Un viernes no había nada que hacer y lo invité a un carrete a la casa de un amigo, Nico. Ahí conoció a Lorena. La amó, la odió, y tras muchas vueltas de la vida, quizás uno o dos años más tarde, cuando ya había terminado con ella, nos encontrábamos en un bar, cuando él se encontró con ella. Lorena andaba con otro tipo. Para pasar la pena, seguimos tomando, en el bodegazo, ahí en Manuel Montt. Luego hubo otro carrete, en la misma casa de Nico. Ahí hablamos, él estaba triste porque había conocido a esa chica ahí, en esa misma casa. A la vuelta, iba mal del estómago. Vomitó al llegar a su casa.

La última vez fue cuando dejamos botado al guatón metalero de Bellavista. Ya eran casi las cuatro cuando nos encontramos tomando unas cervezas en mi casa. Ya no salíamos tanto, cada uno tenía amigos por su lado y las pocas veces que nos veíamos eran más bien organizadas, planeadas. Esa vez yo le contaba que estaba una vez más recayendo con Macarena. Él me decía que me buscara a alguien mejor. Solo dos personas me dijeron eso, Bati y Juan. Juan requería cervezas para hablar de eso, Bati no. Ese fue nuestro último ejercicio de confianza, motivado una vez más por el copete, que soltaba lenguas y enternecía corazones. Ninguno de los dos era muy bueno hablando. Hoy Juan no está con nosotros. Y yo no bebo.

Este es otro de esos ejercicios. Pero esta vez me tomo la confianza yo solo.

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