El comediante

08 feb 2006

Probablemente más de una vez los lectores masculinos de este sincero pero poco glorioso blog habrán escuchado eso de que “no sabes lo que es andar con la regla”. Pues bien, eso es mentira. Divagaciones sobre sexo, amor, intimidad y la existencia de Dios, en una conversación medio en serio medio en broma con los amigos, mientras llovía a cántaros con un calor de puta madre a miles de kilómetros del hogar.

Nosotros sí tenemos “regla”. No es como la femenina porque bueno, somos seres diferentes, pero en nosotros se manifiesta, depende de la edad, cada semana, cada dos semanas, luego mensualmente, y así hasta desaparecer. Se llama “Resaca” y tiene todos los síntomas: fiebre, malestar generalizado, odio-amor con el mundo, depresión angustiosa, idiotez ante los demás, lentitud al responder, y ganas de tener un arma de fuego a la mano. ¿Suena muy idiota? ¿Acaso suena más idiota que todo lo que eventualmente han leído acá, o que pueda haber dicho? Pues bien, tengo mis argumentos: más de una vez habrán escuchado eso de que “el hombre cuando puede, la mujer cuando quiere”. Y es que claro, se refiere a”poder beber alcohol”.

La resaca es en muchos aspectos un nuevo empezar, un amanecer lleno de esperanzas, un paisaje que se aleja en el fin de una película y un planeta que se acerca en el comienzo de otra. Es el despertar con menos dinero en la billetera y a sabiendas de que uno es un idiota. La calidad de la cerveza solo puede asimilarse a la calidad de remedios anti-menstruación que puedan existir. Claro, me dirán que lo nuestro es opcional, pero eso es mentira, al igual que para ustedes, es parte de nuestro proceso biológico, nuestra reproducción animal. Si para ustedes consiste en hormonas, olores y química, para nosotros es lograr el valor para acercarnos a ustedes. A ese grupo de cuatro que está sentado sola en un bar, dos de ellas son horrendas, la otra habla por teléfono y la otra es la chica de tus sueños. Entonces uno necesita -ojo, ne-ce-si-ta- un trago. Porque no es la idea ver cómo un tipo descerebrado, un mariscal de campo cualquiera, llega y te la roba. No, la palabra clave es compasión. La malentendida compasión.

En Cosquín le decía a Jaime, muy en serio, que estar en silla de ruedas no sería nada malo. Imagínate, todos te atienden, todos te tienen pena, tus amigos te amarán porque cuando vayan contigo se podrán estacionar donde quieran -una sutil ironía, porque si estás en silla de ruedas te cansas menos desde el estacionamiento a la puerta- en fin, no debe ser tan horrendo. Jaime me miró espantado. Yo hablaba en serio.

Pero volvamos a ese bar y a esas chicas. El macho ha bebido bastante y de pronto se da cuenta de que son solo dos mujeres y no cuatro las que están en la mesa. Cuestión de enfoque. Entonces se da cuenta de que ha traspasado la delgada línea roja, nuestra cuota de sangre en los ojos, la pequeña diferencia entre poder hablar con una mina y que no se entienda nada de lo que uno dice. Y ahí se acaba una siempre eventual historia de amor y empieza otra, la del día siguiente, con una resaca infernal, recordando -que es parte de nuestra regla- un proceso deprimente y masoquista que consiste en recordar cada fracaso como un éxito para alguien más. Hasta que llega el sueño y hay que salir de nuevo y volver a la vida. Sufrimos a veces cuatro períodos por mes. Si nos encuentran medio imbéciles quizás sea por eso.

La gente suele separar dicotómicamente amor y sexo. En realidad el sexo es una fehaciente forma de asegurar la existencia de dios. De otra forma, posiblemente caminaríamos por la calle, nos miraríamos y punto, ya estaría una fémina embarazada. Pero no, hay que caer en lo más bajo, en ese pequeño trozo de intimidad -o sea mierda, por ahí orinas- que es desde donde dios se aferra para decir “Ah, vieron que no es llegar y culear”. Un sistema que no es perfectible pero si suprimible; uno tiende a hacerse el idiota ante lo que no conoce -quizás por eso no volamos en naves espaciales y nuestras relaciones humanas son tan complicadas- y pensamos que hombres y mujeres son tan diferentes cuando al final todo se trata de comenzar a divagar, unir cabos y entender que si bien la barrera entre la mesa, el mariscal de campo y las resacas es increíblemente fuerte de romper, a veces sí ocurre, a veces el bien triunfa sobre el mal. Los caminos del señor son misteriosos, al igual que los caminos para volver a casa, a soñar con una antigua historia después de una ardua noche de bar.

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2 Comentarios en “El comediante”

  1. mutaito dice:

    puta que es cierta esta columna…..me consta absolutamente

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  2. El argumento para sostener la existencia de Dios es el mismo que obviamente podría ocuparse para negarla. Kundera habla de lo mismo en La Insoportable Levedad del Ser. Es un mal chiste mezclar orina, amor, placer, sexo y reproducción en un mismo objeto. Pero podría ser peor, las gallinas mezclan todo, además, con caca. Más allá de las preferencias personales, es indudablemente más primitivo. La evolución tendería entonces a separar la orina del sexo. El hombre del futuro tendrá un pene puramente reproductor, alejado de la ingle, saliendo desde el ombligo o del centro de su frente, como un místico tercer ojo. Pero nos falta aún mucho para eso, seguiremos con caña en el intertanto.

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