Jueves en la noche. Había olvidado que cuando trabajas, la forma de contar los días es una larga cuenta regresiva hacia el viernes, y no tienes todo el tiempo del mundo para escribir, para dedicarte a vagar, a hacer otras cosas. A escribir sobre todo. Avanza el verano, se va enero y les dejo acá un cuento de hace muchos años atrás, 1999 para ser exactos. Algunas cosas de él me gustan, otras no… en fin, es una mirada hacia atrás, esas cosas no se juzgan. Y claro, todavía no se hacía la línea 4. Saludos y sigan disfrutando el verano.

Originalmente publicado en Zona de Contacto de El Mercurio, viernes 17 de septiembre de 1999, #435

Estación de trasbordo.

A la izquierda se ve más gente, más sombras. Viviana mira de nuevo el reloj y baja la vista. Le parece una soberana estupidez estar comprobando los rumores en alma propia, en aquella estación desolada de la frustrada línea cuatro del metro.

A unos metros de ella comienza el agua, esta famosa napa subterránea que ha cancelado el proyecto. A lo lejos luces, humo saliendo del piso y un olor a sudor que endurece el aire, haciéndole difícil respirar.

El polvillo de la construcción sin terminar a veces le molesta los ojos, y algunas luces le irritan la vista, por lo que abre la cartera y buisca los lentes para leer. No los encuentra y opta por las fafas negras, las de sol. Están ahí desde el último paseo a la costa, el domingo pasado, con Humberto, el nuevo jefe. El primer hombre de verdad que llega al canal en años había dicho el lunes Anita, la secretaria. Casi todos en la sección de prensa se hicieron la rápida idea de un romance entre la la joven y bella periodista y el recién llegado editor. Las cosas pasaron rápido, como si fuera un avión en picada. El café a media mañana, los cuchicheos en el pasillo, la primera vez que se tomaron de las manos en el restaurante, como si fueran adolescentes, como si fuera su primera cita. Luego el beso en el dintel de la casa de ella, ese agradable insomnio por las noches, el saludo del otro día. En el canal los rumores fueron inmediatioos, y faltó poco para que, a falta de otra noticia mejor, la incluyeran en la edición de las nueve. “Tengo una primicia” le había dicho Humberto aquel jueves por la mañana. “Una nota excelente, y se la voy a dar a la mejor reportera del canal”. “¿A cambio de qué?” Habia contestado ella, acercándosele. “De nada”. O sea, de casi nada.

Ese casi nada casi imperceptible dicho desde los labios de él hasta sus oídos, en un tramo no mayor a los diez centímetros, había resultado ser un fin de semana en un resort de la cuarta región. Todo pagado, todo incluído, como en los avisos de turismo.

Nada malo, por supuesto, las mañananas en la playa, las tardes en el bar, diversión, baile, besos. Sexo en las noches, despertar en las mañanas en esa pieza blanca, blanca como las nubes, blanca como las infantiles imágenes del cielo, blanca como su piel. Un romance veloz.

la noche del sábado caminando por la arena, ella vestida de azufre, él con una camiseta negra abierta hasta el pecho velludo. ¿Planes a futuro? No sé. Puede ser. Ella sonríe tímida y le revela lo que él siempre quiso escuchar: te amo. Se besan en la oscuridad, la luna de testigo. Más baile en la noche, alcohol, pizza, teve cable después del sexo, y el segundo despertar en la pieza blanca. Un romance veloz, veloz como el bote salvavidas del viejo Caronte, veloz como el metro, veloz como la mítica caída.

Y al fin él le dice lo del reportaje. Es sobre la línea cuatro, el fracaso del año. “Pensé que ese tema era de Rocha”. Ya no. Ahora es tuyo. Otro beso. Ella siente estar viviendo a mil por hora y se ve de pronto regresando en un avión a Santiago. Hubo incongruencias, contradicciones en los testimonios de los dueños del Metro, arguye él, dos renunciaron y un tercero se suicidó. Los trabajadores no quieren entrar y dicen de todo, desde que es un hermoso paseo urbano hasta que es la puerta del mismo infierno.

-¿Sabes una cosa Vivi? Creo que mi peor pecado son mis corbatas -bromea de pronto Humberto. Cuando lleguemos a Santiago te las muestro. Bueno, mi nombre tampoco es celestial, pero es culpa de mis viejos -concluye. Viviana siente que su peor pecado ha sido intentar ser feliz.

Hay más charla, pero está olvidada en su mente por los gritos profesionalmente desesperados de la aeromoza corriendo hasta el medio del avión y haciendo gestos con las manos. Ella no comprende muy bien, él la abraza y observan como las cosas se hacen lentas, como se separan, como caliente el aire, como quema, como duele.

Y luego una laguna, un tiempo en blanco. En la estación, ella piensa que debe haber sido producto de la mala noche. A través de las gafas intenta mirar a lo lejos pero no distingue nada, a excepción de esa silueta de remar incesante que desde hace un buen rato se acerca, lentamente, al punto de estar casi llegando a la orilla. Entonces siente deseos de llorar, de grita, de lamentarse. Se desahoga y ve con asombro que el barquero la ha solicitado. Por primera vez comprende lo que ocurre y sube con respeto, dando una última mirada alrededor. A la izquierda se ven más sombras.

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Un comentario en “Estación de trasbordo.”

  1. El Gran Guss dice:

    LA VERDAD NO LE ENTENDI NADA, PERO SUENA BONITO LA MAÑANA EN LA PLAYA Y EN LA TARDE EN EL ANTRO, LO UNICO QUE NO ME GUSTO FUE EL SEXO EN LA NOCHE, ESO ES PARA GENTE ADULTA NO PARA JOVENES, PORQUE NOSOTROS LOS JOVENES TODAVIA NO NOS DESARROLLAMOS POR COMPLETO, SOMOS UNOS IDENTICOS CELL, EL CUERPO NO SE NOS DESARROLLA TODAVIA POR COMPLETO, ESO ES LO UNICO QUE LE TOME SENTIDO, LO DEMAS NO ME PARECIO CONGRUENTE, BIEN ME RETIRO.

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