Hace tiempo, a partir de una historia ficticia surgida de un viaje al Quisco, escribí las aventuras de Richie, Waldo, Pochi y Zam, un grupo de adolescentes del litoral central. Ahora, a partir de tres magníficos días en Reñaca, esa extensión marina de la pendejería de Las Condes, nace esta nueva historia. A partir de una mierda de fiesta en un local del sector… tres creo, a la orilla del mar, mientras nosotros con un par de botellas en la mano pensábamos en que hay que darle, una vez más en la vida, tiempo al tiempo para conocer dónde van las chicas de nuestra edad en Reñaca.

María José es la clásica pendeja de 17 años, 11 meses y dos semanas (todo un clásico) que decide celebrar su cumpleaños número 18 un par de semanas antes, para aprovechar la noche de Halloween. ¿El lugar? Por supuesto tiene que ser el más cool, el del local más top ubicado en el malecón de Reñaca. De esos que quizás no se arriendan si no tienes los contactos necesarios. Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar.

El punto es que María José, luego de un par de problemas mínimos -los de verdad no los conoce- que incluyeron zapatos, maquillaje, etc, ya está listo para “debutar”. Porque no puede llegar a los 18 años vírgen, qué clase de insulto sería ese. No, ya tiene 17 años con 11 meses y 2 semanas y hoy está lista para elegir al varón con que descubrirá uno de los grandes misterios de la vida. Ella no está pensando demasiado en esto, la mayoría de las cosas ocurren a un nivel incosciente, pero el hecho es que sabe que tiene que elegir, (no es que tenga un solo pretendiente) y la elección ocurrirá en términos meramente evolutivos, hoy en día también hay que escapar de depredadores feroces y elegir a alguien con buena salud para la reproducción; claro que los depredadores usan traje y corbata y la salud se traduce en el simple dinero. Lo que María José, sin pensarlo, busca, es alguien que viene en camino, en el auto que su papá le compró hace poco y que en realidad no tiene permiso para manejar pero qué mierda, es Reñaca y su tío es el Boss de la tenencia de Reñaca así que no es un problema. Juan Pablo maneja y su llegada se anticipa por los “PUM PUM” de la radio de auto haciendo retumbar los parlantes con un tema de Daddy Yankee que ha llegado a amar. La música es un gusto adquirido, algo así piensa Juan Pablo mientras recuerda aquellas tardes de Mocedades y Julio Iglesias. De pronto, las caras del malecón se fijan en las luces del vehículo de Juan Pablo, que baja sin ningún regalo bajo el brazo: él no lo necesita. La gente entiende la tensión, están viendo un episodio evolutivo crucial donde los mejores de la especie probablemente se crucen.

Se saludan con un beso en la mejilla pero con el brazo en el brazo del otro. El fotógrafo especialmente contratado les pide que posen y ellos sonríen. Ella viste una polera que muestra sus hombros y sus pechos poco generosos, viste de blanco, residuo cultural de lo que entiende por pureza. Comienzan a bailar.

“Deberían encerrar a esos tres vagos” piensa Gastón, mirando al redactor de esta crónica y a sus amigos, mientras camina hacia el local del malecón donde transcurre la fiesta. Le molesta su nombre, tiene la “G” inicial de “Gordito”, y la acentuación final de “Guatón”. Ambos calificativos le llegan. Lleva en la mano el clásico regalo de mil pesos que parece un poco más caro, el chocolate “Carezza”, envuelto bien para que luego, en la pila de regalos que nadie verá, se rían de quién lo regaló. “Parece un libro” pensó mientras la chica del supermercado lo envolvía, “quizás vaya a parecer inteligente”. Gastón es el clásico amigo de todas las minas, abrazado por todas pero follado por ninguna. Ni en sus sueños. Los de ellas, claro. Gastón sabe que eso es malo. O sea, lo sabe, insconscientemente. Su cerebro con cada rechazo, cada abrazo, cada erección que debe esconder, se vuelve un poco más gay. Él siempre se siente atraído hacia esa pregunta, “el gay, ¿nace o se hace?”. Pero ya no hay tiempo para pensar, la mamá de María José (CLÁSICA vieja vigilando en la puerta como quién no tiene interés, al primero que se le pase la mano con los tragos) lo espera para saludarlo con la mejor de las sonrisas, a él, el amigote de la Coté, tan bien que se llevan. Si supiera la vieja que Gastón está desesperado solo por tocarle una teta, que a veces cuando ella lo abraza -manejando cuidadosamente el hombro para que él quede arriba de cualquier cosa que pueda comprometer su linda amistad- a veces, en realidad solo una, le vio la aureola previa al pezón. Y llegó a la casa a masturbarse con la imagen, enfermo, loco.

En fin, sabe que no tiene chances, porque ella lo despacha rápidamente después de saludarlo. Está bailando con Juan Pablo, cómo no. María José espera que en el momento de los lentos, comiencen los besos. Mientras el perreo previo hará su parte. Ella está lista para el acto sexual, o al menos eso cree. Una gran amiga, la clásica mina del curso que ha pasado por todos, le aconsejó sobre educación sexual. Su primer consejo fue “olvídate de toda la mierda que te enseñaron las monjas”. Pero cómo, dijo María José, no voy a ir a comprar condones, me va a ver todo Reñaca, y Andrea, la amiga, qué grande que es ella, se ofreció hacerle el favor.

-Pásame 5 lucas y yo te consigo un par -le dijo.

Y Andrea, siempre necesitada de dinero, viajó a Valpo por 100 pesos, mostrado un poco de piernas, a la botica de Don Pepe, el viejo que le vendió su primer condón, por allá… hace harto tiempo atrás. En fin, Don Pepe todavía tiene de los “especiales”, unos sin leyenda que le quedaron de la época de Pinochet, fabricados por FAMAE mientras probaban si los efectos del Nonoxinol-9 podrían ser aplicados a las tropas enemigas. En fin. Salen 300 cada uno y dos por quinientos. Andrea los compró en la tarde, usaron uno en un plátano, “Aprovecha de acostumbrarte al sabor”, le dijo Andrea a María José, y el otro yace ahora en la cartera de María José.

Y Gastón está sentado en una de las mesas, con una cerveza en la mano. No le gusta el trago pero igual. Es mirado con tristeza por Karina, la gordita del curso, enamorada de siempre de Gastón. Tan lindo que es. Y ella es vigilada a su vez por el fotógrafo, su padre, que ella no quiere presentar al curso para no decir que su viejo toma fotos todavía con cámara reflex, así que inventó en octavo básico que era detenido desaparecido y bueno, el viejo no encontró tan mala la historia, al menos evitaba tener que conocer a la tropa de idiotas que crian a los jovenes de hoy en día.

Y Juan Pablo también espera las canciones tristes, las que le gustan de verdad a él pero que no puede confesar, igual que le gusta que le metan un dedo por el culo cuando le paga a prostitutas porteñas -él tiene que saber lo que está haciendo en la cama, por favor- y nunca le ha confesado a nadie que cuando las chicas pagas se van, pone el viejo disco y canta desnudo “ella dejó de cuidar las flores del jardín… y él le decía ven… tenemos que vivir”… qué gran banda era Mocedades.

-Oye weón vamos pa la casa, estamos puro perdiendo el tiempo acá.

-La dura, estamos perdiendo el tiempo.

Y Jaime y Jorge tienen razón así que agarramos las cervezas y nos alejamos del local, donde la noche está recién comenzando. Habrá que parar de divagar por el momento e ir a calmar la imaginación con un poco de alcohol. Suerte chicos, la van a necesitar.

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2 Comentarios en “Fiesta en el Malecón.”

  1. papion dice:

    que wea mas divertida, pero asi fue

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