Iba a publicar otra cosa hoy. Tenía listo un cuento y una “Carta a Martín”. Pero surgió algo. Una hermana de mi abuela falleció, una que me cuidaba de chico. La última vez que la ví fue hace un par de semanas, en el cumpleaños número ochenta de mi abuela, quien durante su vida siempre ha visto o sentido cosas raras. Hoy, cuando falleció mi tía abuela, escuchó en su casa algo pesado que caía al piso, y cuando fue a ver, no vio nada. Ese momento coincidió más o menos con la hora de la muerte. Cuando murió otra de sus hermanas, una fotografía mostraba su rostro quemado por la luz del sol. Mucha luz de sol.

Pero mi abuela ha visto muchas más cosas, tiene un montón de historias y fue en parte por eso que llegué, hace un par de semanas después de su cumpleaños, a escribir el siguiente texto, lo pensé para un ramo de guión, pero nunca lo desarrollé. Y no voy a hacerlo tampoco. Queda tal como está ahora. Es de esos textos que se vomitan y luego se olvidan, se archivan, y nos movemos a otra cosa.

La paradoja del croupier.

-Mi abuela repartió cartas muchos años en el casino de Viña, fue una de sus muchas pegas, sin embargo de las pocas en las que no le tocó ver nada paranormal. Cuando trabajaba de corredora de propiedades le tocó una casa embrujada y cuando fue secretaria en el observatorio de La Silla le tocó ver una nave espacial. De verdad. Me encantaba escuchar esas historias cuando chico. Te las he contado. Pero el otro día me contó una que no sabía, el día de su cumpleaños. Te lo perdiste, estuvo muy bueno. En fin, fue por allá a principios de los ’60s. Mi abuelo la había dejado hacía poco, llevándose todo y dejándola con mi vieja y mis tíos a cuestas. Pero mi abuela era mi abuela, y no se dejó amilanar por eso. Tomó las pocas cosas que quedaban y se mudó donde su hermana, mi tía Rosa, a Valpo, a buscar pega. Empezó en el casino de Viña limpiando de madrugada, pero con una esperanza y un secreto muy bien guardado; si había algo que mi abuela sabía hacer era jugar póker, y mejor que eso, sabía darse cuenta cuando alguien hacía trampas. Así que al par de meses estaba trabajando en las mesas. Yo he visto algunas fotos de ella cuando joven y era muy linda, en realidad si se quedó soltera fue porque se dedicó a sus hijos, nada más.

-El hecho es que cuando tu y yo… nos separamos, me contó que para ella el amor siempre había sido una gran paradoja. Y lo había aprendido de su época de croupier. Una mujer bella, cercana a los 40, y repartiendo cartas en un casino, más que seguro que tendría algún pretendiente. Entonces se dijo que nunca encontraría el amor en un casino, y por mucho que le propusieron salidas, se negó a todas y cada una de ellas. Lo cual por supuesto le dolió mucho, pero no había nada que hacer. No podía darse el lujo de vivir dos vidas y cuando se dio cuenta trabajaba ya como supervisora y años más tarde volvió a Santiago. Mi vieja ya estaba grande, había tenido a mi hermano y necesitaba que alguien le ayudara a cuidarlo. Entonces mi abuela, ya envejecida, se vino a Santiago. Y en la crisis de los 80s volvió a trabajar. Entre tanto había sido peluquera y supervisora en una firma de seguros, pero esa vez no le quedó otra que hacer las veces de enfermera particular. Cuidar ancianos específicamente. Y le tocó cuidar a un viejito, Don Ricardo. Casi terminal, que tenía una Parcela en La Florida, un lugar bien grande pero super abandonado, los hijos del viejo se habían marchado a Estados Unidos y la poca fortuna que le había quedado la manejaba un socio, amigo suyo de hace años. Mi abuela llegó a cuidarlo, el viejo le contaba historias, y en una de ellas le contó de sus años en Viña, cuando un mal negocio de exportaciones le tuvo casi en bancarrota.

-¿Qué pasó?

-Bueno, no sé qué cosa traería, el hecho es que perdió mucha, mucha plata. Y cuando los fondos empezaron a acabarse se dio cuenta de que la gente que estaba al lado suyo, bueno, estaba por plata. Su esposa se volvió insoportable, amenazó con dejarlo, llevarse a sus hijos e irse a Francia a probar suerte. Don Ricardo estaba mal, muy mal. No tenía fondos para mantener el nivel de vida de la familia, y tampoco para empezar otro negocio grande. Había que empezar a vender, y sin decirle nada a la familia vendió una parcela en Talca. Quiso invertir pero le fue mal, y cuando se dio cuenta, estaba en un pozo sin fondo, le quedaba la opción de irse a Santiago y vender la casona de Viña, pero si hacía eso, su esposa se llevaba a su familia. Desesperado, acudió por primera vez en su vida a un Casino. Nunca había entrado a uno. En su vida. Un tipo con plata, pero temeroso de Dios y de perderlo todo. Se fue a jugar sus últimas cartas y llegó a la mesa de mi abuela. Aquí la historia se torna un poco… no sé, mentirosa si quieres. Igual es como me la contó mi abuela, a quien se la había contado un viejo moribundo. El asunto es que el tipo dice haberse enamorado hasta las patas de una croupier, ese mismo primer día que pisó un casino. La divisó a lo lejos y se dijo “este es el tipo de mujer por el cual dejaría todo y empezaría de cero”. Se acercó a la mesa y puso algunas fichas. De a poco fue pasando la noche y entre mirada y mirada fueron quedandose solos, el novato y la croupier. Mi abuela dice recordar esa noche. Un tipo de ojos verdes, muy penetrantes, sumamente tímido, un primerizo enfrentado a un mundo nuevo. No era el clásico jugador. Pero estaba en un casino, lo que les cerraba sus puertas. Y él… bueno, debe ser difícil, casi humillante reconocer cualquier tipo de sentimientos frente a la mujer que decide tu suerte. No es un buen lugar para empezar nada. Así que ninguno de los dos tenía posibilidades ni siquiera de empezar a conversar. Mi abuela lo recuerda como su última oportunidad, porque un par de semanas después la ascendieron y no volvió a las mesas. Años más tarde se reconoció en esa historia y supo que a pesar de no haber sido olvidada, los años y las arrugas habían pasado y ya no la reconocían como aquella mujer de las mesas. Don Ricardo la mencionó varias veces, incluso cuando se puso peor, contó varias veces más la historia. La última vez dijo algo nuevo. Dijo que volvió varias veces al casino, a ver a esa mujer. A devolverle el favor. Y mi abuela le preguntó cuál era ese favor. Bueno, acá las versiones difieren. Don Ricardo dijo que esa noche, al parecer la mujer había notado su nerviosismo y muy a pesar suyo, lo dejó ganar lo suficiente como para no tener que volver. Dijo que nadie había hecho algo así por él en toda su vida. Lo segundo que dijo es que si la hubiese encontrado, todo hubiera sido diferente.
-¿Y tu abuela que te dijo de eso?

-Dijo que imposible. Que era una profesional, que si un novato hacía trampa, se daría cuenta de inmediato.

-Igual tiene razón.

-Lo segundo que me dijo fue que en todo caso un casino tiene mucha plata. Y que tiene gente en las mesas precisamente para darse cuenta cuando puede hundir a alguien o sacarlo a flote. Todo depende de las cartas. Que son, al final, papeles. Nada más que eso. Papelitos recortados.

-Cierto.

-Toma. Los firmé. Los papeles.

-¿En serio?

-Sí, claro.

Ella los recibe asombrada.

-No puedo creerlo. En serio gracias… voy a decirle a mi abogado que…

-Gracias. Se agradece.

-No, gracias a tí. Muchas gracias. Oye y dime una cosa, todo eso del casino, del croupier, ¿lo inventaste? ¿o lo inventó tu abuela? ¿es para sacar alguna lección de eso?

-Ninguna. Ni idea, no sé. Ya sabes cómo es mi abuela, no me cuestiono las historias. Me dedico a escucharlas no más.

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Un comentario en “La paradoja del croupier [Cuentos]”

  1. Gustavo dice:

    ¿La tia Mayo croupier?

    Tatán, buena tu página, me encanta como escribes. A mi tia le creo todo, pero lo del pinche jugador…

    By the way, ¿sabías que tu bisabuelo materno, (el suegro de tu abuela) era un tahur?.

    Un abrazo,

    Tu primo lejano

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