Estuve por Argentina la última semana, en un festival de música bastante grande, el Cosquin Rock. Pero no quiero hablar de rock ni de paisajes ni de viajes ni de amigos, para eso son las bitácoras y creánme que tengo 60 nuevas páginas en otro cuaderno que adorna la colección. El tema de hoy, como muchas otras veces, son las mujeres. Hoy voy a intentar descifrar el impresionante gen argentino que hace posible que de un mórbido parrillero y una enorme vieja fea salga una modelo impactante. ¿Maravillas de la naturaleza? Vamos a ver.
Según un argentino de allá de Córdoba, las mejores mujeres están en Mendoza y Córdoba, no en Buenos Aires. ¿Por qué? Bueno, porque las de Baires tienen más mundo, opciones de viajar, menos tiempo para arreglarse. En el interior no hay nada más que hacer salvo arreglarse, ponerse silicona, y tener hijos. Porque creánme que allá por mina rica, hay un hijo.

Es raro caminar por las calles y ver simplemente modelos, una eterna avenida pasarela cuya barrera para la felicidad -presunta, claro está- no es otra que la timidez, y cito a aquella famosa cantante mejicana: ey, ey, ey, maldita timidez. Y es que lo comentábamos con mis amigos, hay cosas que te llevan a elegir una mujer, pechos, caderas, cosas para reproducirse. Pero cuando una mujer de catálogo anda con el weón más tuja del mundo (que lindo, el licenciado en letras) es complicado no sentir rabia, impotencia, y desear algo sumamente simple: tener la personalidad de mierda del argentino que en vez de quedarse sentado en la mesa del bar -como me han contado que hacen muchos- se acerca, invita a un trago, saca a bailar -no, no a bailar, a hacer el ridículo y finalmente acaba en la cama. Y bueno, con un hijo. ¿En qué estarán pensando para tener tantos hijos? Eso es harina de otro costal. Quizás en evolucionar y tener más minas ricas y formar un puto ejércitio. Y las chicas paseándose por ahí, con unas faldad impresionantes, y altas, y por supuesto no se van a fijar en tí porque llevas 5 días en un camping infecto y hueles a una mezcla como de esas “Marco Polo” pero de hedores humanos, y cada vez que giras la cabeza hay otra y otra y otra y es para rendirse, hundir la cabeza en el fango y esperar la muerte tranquilamente. Porque el viaje de vuelta es al mismo tiempo la sabiduría de la tristeza; el saber que acá el gen nunca se esparció, entonces al día siguiente estás en providencia y caminas a sabiendas de que aunque fueras un linterna verde sería difícil usar unas pinzas para ubicar las minas que te gustan.

Que todavía no se donde andarán. En un bar, claro. Con sus amigas, claro. Lejos, claro. Quizás más allá de la cordillera, recordando al tipo ese hediondo que supo que la había quedado mirando pero que no miró, quizás esperando a que rompiera el hielo. Pero uno que ha cruzado las montañas por tierra sabe que hay hielos eternos y que tal como reza el Cristo Redentor, se caerán estas montañas antes que se caiga la amistad entre pueblos hermanos. Sin embargo quizás por allá ande ella, a la espera de que millones de años hagan su trabajo.

Mientras tanto a esperar, total esos monumentos weones por lo general dicen solo idioteces. Y si Cristo no tuvo mina, imagínenlo buscandolo arriba de una montaña de mierda. Hay cosas con poco sentido. El gen argentino es una de esas cosas. Pero es tan cierto como las montañas, los amigos, los paisajes y el rock.

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