El otro día surgió un tema interesante mientras comprábamos cosas para un asado, estábamos con Jaime en el Ekono cuando me dijo “mira mis pantalones nuevos, la Claudia (su novia) me está adelganzando toda la ropa”. Me sentí identificado de inmediato, cierta vez fui a comprar pantalones con Isabel y me hizo notar que los usaba algo anchos. En mi vida me había dado cuenta. Jaime y yo teníamos algo similar, el odio por ir de compras, dado lo cual muchas veces les pedíamos a nuestras viejas que trajeran un pantalón. “Negro” era en mi caso la indicación más importante. Bueno, el misterio residía en que existen más indicadores para comprar ropa. Y en que al parecer el gusto de nuestras madres era -sorpresa- diametralmente opuesto al de las chicas de nuestra generación.

Medio en serio, medio en broma, dimos con la respuesta a tantos años de soltería. Ahí estaba todo, llevábamos años vistiéndonos mal. ¿Sería esa la razón por la cual fuimos siempre los últimos en agarrar novia?

En mi caso la primera sorpresa fue enterarme que no era XL sino L. Llevaba años con la idea fija de que mi talla era XL, pantalones anchos y chaquetas que solían caer. Siempre creí que me veía “onda viejo”, o sea bien. La cosa es que, me aclararon, no era “ese tipo de viejo” el que parecía con esa ropa. No el viejo intelectual huraño que vive al lado de una caleta de pescadores, sino el viejo pordiosero bañado en vomito y que se viste con ropa que a nadie más le quedó bien. Bueno, o algo por el estilo.

La primera vez que tuve la noción de que mis ideas sobre ropa no eran las adecuadas, fue cuando me hicieron notar mis compañeros de curso que los pantalones muy arriba eran ridículos, a mi me parecían de lo mejor pero todos se reían. Años después me pasó lo mismo con los calzoncillos, me decían que parecía boxeador. Cool, pensaba yo, imaginando a un negro furioso aplastándo a un pobre blancucho en las cuerdas. Pero no, al boxeador que se referían era al paquete que traían para que le ganara Martín Vargas. Recuerdo que en el colegio también solía usar el chaleco bien tirado para abajo, hasta que una compañera me lo levantó y me dijo que lo usara a la altura de la cintura. Las mujeres tienen un gen de fábrica para estas cosas. Me encantaba usar las mangas hasta abajo, bien ajetonadas. Camisas escocesas, tenía una que era mi favorita, amarilla con cuadros verdes. Me pasa de vez en cuando que sueño que estoy en el colegio pero vestido con esa camisa amarilla.

Recuerdo algunas ropas que marcaron historia, mi amigo Raúl tenía una polera blanca con un mono atroz pintado de amarillo con colores, y que en letras grandes gritaba HEAVY METAL. Era un chiste. Se la había regalado su abuela. Nos reímos tanto de eso que Raúl inventó que se le había perdido. No hay nada peor que tus amigos se rían de tu ropa. Inmediatamente deja de servir, y a pesar de que a todos nos ha pasado, no por eso dejamos de confiar en el gusto de nuestras madres. Caso error.

Al final el “estilo” es solo un problema de lucha generacional entre mujeres. Un auténtico problema de género. Lo más probables es que a las chicas de mi generación les parezca atractivo todo lo que tiene que ver con ropa delgada precisamente porque eso es lo que nuestras madres jamás nos pusieron. Por lo que posiblemente la próxima generación, nuestros hijos, vestidos por nuestras chicas, ya convertidas en madres, sean todos vestidos con ropa delgada, lo que provocará a su vez que a las chicas de su generación la ropa holgada les parezca mejor. Y en medio de toda esta batalla, nosotros. Con peinados ridículos pero tiernos, vestidos como viejos pero tiernos, con ropa holgada pero tiernos. El sentido del estilo no es como el paladar, no se desarrolla por mucho que veas junto a tu novia “Project Runway”, “American next top model” y todos esos aburridos programas sobre moda. La moda no está en mis genes. Ayer me compré zapatillas, nunca había usado nada tan caro -es cierto, sin el pituto de la mitad de precio no lo habría hecho- y ya tengo un poco más de estilo. Unido a los pantalones más delgados y las poleras talla L, al parecer estoy en mejor forma que antes. Claro, es un poco tarde para descubrirlo, pero parece que pasé los primeros veintitantos años de mi vida seriamente equivocado en lo que a ropa se refiere. Eso de “mientras abrigue, sive”, no es lo ideal a la hora de conseguir chicas.

Bueno saberlo, por tarde que sea.

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