Malentendiendo el sentido de la propiedad.
Éste ha sido un verano bien movido. He estado trabajando en el G-Max del Parque Arauco con gente muy buena onda, y para llegar allá me he valido de mi fiel bicicleta, la que desde comienzos de enero hasta ahora ha hecho unos… 350 kilómetros, muchos más de los 200 que anduve con Isabel por el sur en febrero del año pasado. Extraño esos dÃas viajando en bicicleta por esos lugares tan lindos, y espero ansioso tener de nuevo esa libertad para tomar decisiones con respecto a la temporada estival.
Pero por mientras estoy acá, en esta ciudad por la que pedaleo todos los dÃas, y la verdad es que no he tenido mayores problemas. Pero mi tema son siempre los taxistas, creo que son la gente más peligrosa que anda por las calles, y el otro dÃa durante mi pequeño incidente con un taxi que abrió su puerta repentinamente, recordé una cosa que nos pasó con Isabel a fines del 2008.
Ella habÃa salido una hora más temprano de su trabajo un viernes, creo, y nos juntamos y tomamos un colectivo en el paradero 14 e Vicuña, abajo, en el Unimarc. Esos colectivos son súper buenos por que funcionan toda la noche, y también porque a las velocidades que andan uno llega volando a la casa. El problema es que son selectivos, respetan sólo algunas leyes del tránsito, cosas como lomos de toro, o semáforos en rojo por las noches, como que dan lo mismo. En fin, serÃan las siete de la tarde. Subà adelante y partimos, y de inmediato noté que el tipo conducÃa como las pelotas. Isabel siempre toma estos colectivos y ha tenido más de un choque, pero a mi nunca me habÃa pasado nada. En Avenida La Florida con Walker MartÃnez el tipo iba por la derecha y quiso doblar a la izquierda, en una maniobra de esas que hacen los taxistas, imprudentes y muy rápidas, el tipo se metió en la pista por la que una de esas micros estilo “gusano” Transantiago, iba a virar. La micro empezó entonces a apretarnos, mientras el colectivero quedaba apretado intentando salir.
Dieron la verde y la micro partió, abollando el colectivo. Pero siguió de largo, y nuestro chofer, con instintos de Eliseo Salazar, salió a la persecución, poniéndose por delante, intentando que frenara. Por fin lo consiguió, y se bajaron y empezaron a discutir. Nosotros mientras tanto esperábamos que llegara otro colectivo a llevarnos a destino. Pero entonces llegó un amigo del colectivero, que empezó, sorprendentemente a dar su propia versión de los hechos, y a contar cómo habÃa pasado todo, sin haber estado ahÃ. Que el chofer del colectivo habÃa tocado la bocina y que el chofer de Transantiago no habÃa pescado, y el resto de los pasajeros se inclinaron por esa ridÃcula versión. De pronto yo no aguanté más y le dije que basta, que era su culpa, que si conducÃa como las pelotas no podÃa esperar otro resultado y que jamás habÃa tocado la bocina. Es rara como es la gente, pero de inmediato empezaron “no, si tenÃs razón, si no hubo bocinazos”, etc. En fin, llegaron los carabineros y me querÃan tomar los datos para ser testigo, quise decirle algo asà como que no reconocÃa su autoridad ante mà y que desconocÃa al estado, que seguÃa los preceptos de David Thoreau, pero simplemente le dije que me daba paja ir a declarar. Más de una hora después llegó otro colectivo que nos llevó a destino.
¿Les dije ya que ese dÃa Isabel habÃa salido una hora antes? Bueno, la perdimos en esta estupidez.
Mi problema con los taxistas, como ciclista y peatón, pero que creo es un problema que también tienen los automovilistas y que en realidad nos toca a todos, tiene que ver con el sentido de la propiedad. Los humanos somos asombrosos, yo no soy sicólogo ni nada, asà que no cito fuentes ni estudios que no he leÃdo, sólo lo que veo. Y me parece asombrosa esa capacidad que tenemos para apropiarnos de las cosas, de los lugares, incluso de la gente. Al final los taxistas son los dueños de la calle sólo porque pasan más tiempo en ellas. Y los automovilistas desprecian a los ciclistas, y creen que no deberÃan andar por la calle, sólo porque sienten que les pertenece, que es alguien metiéndose en su territorio, como un niño cuidando sus juguetes.
La misma gente acá en Ñuñoa que sigue estacionando sus autos en las ciclovÃas, suele decir “pero bueno, es que yo estacionaba antes y convirtieron MI estacionamiento en una ciclovÃa, ¿que voy a hacer?”. Puta, bueno, el espacio de tu casa para afuera… es municipal. Si está de la reja para afuera, no es parte de tu casa, asà que básicamente no es tu estacionamiento.
La gente que vende pelÃculas piratas en la feria, quienes venden artÃculos de sus bandas favoritas fuera de los conciertos, los limpiadores de vidrios, malabaristas, todos quienes pelean sus esquinas, los cuidadores de autos, en fin. Con esa lógica no era raro que Zapara llegara a pensar locuras del tipo “la tierra para el que la trabaja”. Pasa lo mismo con la gente cuya casa da a una playa o lago y decide cerrarla, siente que hay gente extraña metiéndose en su patio, cuando una vez más, no es su patio.
Creo que algo tiene que ver con bajar pelÃculas o series, es decir, me siento tan dueño de 24 o Lost, que no soporto que el cable empiece a dar la nueva temporada meses tarde. Entonces la bajo, le pongo los subtÃtulos -que suelen ser de mejor calidad que los de FOX y listo. Creo que si el cable me ofreciera poder ver todas mis series en tiempo real -cuando las dan en Estados Unidos- o poder verla cuando yo quiera, pensarÃa en contratar ese plan. Y no tengo dudas de que con el tiempo asà será. Es decir, anteriormente las series tardaban mucho más en llegar a Chile, pero la piraterÃa es un peligro real, y la única manera de ganarle a los fanáticos es ofrecer los productos antes que Internet. Pasaba algo parecido con la música, y hoy tenemos tiendas virtuales donde comprar temas y discos enteros.
Y pasa en todo sentido, cuando uno llega a su oficina trae de a poco sus cosas, sus fotos, sus cosas, el espacio se convierte en una extensión de uno, de su casa. La gente, con el tiempo, empieza -erróneamente, según creo- a pertencernos, de ahà muchas disputas que derivan de la nefasta frase de que “ella es mÃa, ella me pertenece”. Es curioso porque al final no somos dueños de nada en realidad, no nos llevamos ni siquiera los recuerdos, y pareciera entonces que lo único que importa realmente es lo que dejamos en los otros, básicamente el haber hecho la vida de otros más sencilla en este mundo. Y claro, curiosamente también es lo que menos suele importar.
Por eso tenemos gente con sueldos que son un 4.000% de lo que ganan sus empleados y les parece bien, es mejor quedar como un avaro de mierda con mucho dinero que como un tipo decente pero sin lancha, casa en el lago, playa, montaña y otras porquerÃas. Porque como dirÃa el gran filósofo Tyler Durden, las cosas que tienes terminan teniéndote a tÃ.
Y es la pura verdad.



