Para no olvidar.

18 mar 2006

Mañana vuelvo a clases. Muchos ya lo hicieron y otros no volverán a hacerlo nunca más. Y a veces veces pienso que la memoria traiciona en lo que a tiempo se refiere. Doce años en un par de flashazos, miles de días olvidados porque simplemente no aportaban nada nuevo, y otros pocos para recordar.

Escribí la siguiente columna en estado de trance. No sé qué pasó.

Siempre he pensado que cuando tenga hijos voy a dejarles faltar de vez en cuando al colegio, a mi nunca me dejaron y jamás entendí por qué. Como pendejo puntudo que era, intentaba a las 7 y media de algún día jueves convencer a mi viejo, medio dormido, que realmente no tenía nada que ir a hacer, que hoy no tocaba nada importante. Nunca funcionó. Así que tuve que resignarme a, de primero a octavo básico, salir en auto y de primero a cuarto medio caminar las cinco cuadras que me separaban del infierno. El último año lo recuerdo bien, contando cada día, llegando con treinta segundos de antelación, corriendo las últimas cuadras con Calleja quien apenas se movía para que no se le notara el peinado de Darth Vader con el que llegaba todas las mañanas, peinado que al secarse se expandía rápidamente. Tres cuadras y al fondo se veía el colegio, enorme, macizo, sepulcral, tumba de sueños y perdición de personalidades condenadas a no tener una segunda chance gracias a la mala suerte -no hay otra expresión- de tener compañeros pelotudos. Al fondo se veía el colegio, y sus letras de empresa fracasada que solo pide y pide dinero a cambio de un concepto global de educación que nadie supo realmente si funcionó o si fue el milagro de la televisión por cable por el que uno sabía más que el profesor de historia. Al fondo, siempre lo recuerdo, mientras Calleja y yo queríamos correr pero no se podía, el estúpido pelo de Calleja, y mi barba que otra vez no había alcanzado a cortar, porque siempre he tenido una máquina que mete demasiado ruido por lo que no la uso ni en las mañanas ni muy entrado la noche. Y el colegio. El padre rector odiado por todos y que de pronto aparecía en el segundo piso lanzando caramelos, y mis compañeros recogiéndolos y perdiendo el poco orgullo que te puede dejar el tener que usar ese gimnasio con duchas para presidiarios que solo se decidieron a cambiar cuando un alumno tropezó y se quebró varios dientes.

Y al fondo, el colegio. Tres cuadras, 8:58, hay que apresurarse o no llegaremos. Y yo siempre con alguna excusa para no hacer educación física, y siempre con la angustia de cuándo se va a acabar esto, de cuándo voy a dejar de estar tras las rejas, volviendo a una prisión que no pedí, y soportando cada 45 minutos una y otra idiotez, a los 17 años, mierda, en otras épocas podría haberme hecho cargo de un país. Pero no, ahí estaba yo, a 500 metros de la entrada, con Calleja sufriendo por el pelo y por el acné, y parece que no llegamos y vamos a tener que apurar el paso, pero Calleja no va a querer, por el pelo. Y no quiero ir, quiero dedicarme a escribir y principalmente a estar tranquilo, lo recuerdo como si no hubiera pasado un día, estar tranquilo y dejar de lado todas las preocupaciones, única muestra fehaciente de vidas pasadas, porque no creo haber nacido de la nada con tanta mierda en la cabeza, y ahí vamos caminando, y no llegamos, y en cualquier momento va a sonar el timbre, y todos llegan tarde, y son miles y no hay trabajo para todos ellos así que no se que va a pasar, en fin, avanzamos. En mi pieza hay un calendario en el que marco los días que quedan, son cerca de dos meses. Ya no quedan feriados y Septiembre se ha ido, otro más. Tengo diecisiete años y ya sufro de la crisis de los 40, me siento viejo, medio muerto, lleno de procupaciones, lo recuerdo, es como caminar ahora por esas calles, en horario de oficina, con una lucha de más de diez años por hacerle entender al mundo que NO SOY UN OFICINISTA, que quiero dormir hasta tarde, que no tengo porque usar uniforme ni vestirme igual a todos, mierda, no quiero ser un punk, solo quiero estar cómodo, las camisas no me gustan y creanme que ya aprendí que no volveré a usar una camisa celeste nunca más. Nunca, no sé si eso quedó claro.

Y suena el timbre. Y no hemos llegado. Apuramos el paso y el sol se asoma por la cordillera, el pelo de Calleja se mueve, me da lo mismo la anotación, pero no quiero ver tan temprano al idiota de Araneda, el sucesor del idiota de Santelices. Y ahí están cerrando la reja, riéndose en nuestras caras, vivimos a 10 minutos y llegamos tarde todos los putos días y no quiero más guerra, en serio que no, y cruzamos la reja grande solo para enfrentarnos a la reja chica, donde están todos los atrasados. Es el comienzo de otro día de presidio diurno y ha comenzado nuevamente de una forma tan traumante que de una una u otra forma lo recordaré a mis 25 años, cuando en un estado de trance y por haber tomado tantos fármacos, escriba casi automáticamente esta columna. Quizás en qué estaré entonces. Mientras tanto, saca la agenda, cierra los ojos y que no se te vaya a olvidar nunca esta mierda de mañana.

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2 Comentarios en “Para no olvidar.”

  1. Batio dice:

    Pasmado el sentimiento escolar en esas líneas…

    Nose como tengo compañeros que se van a asomar a fuera del colegio…

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  2. cj dice:

    y pa la crisis de los 40 vas a recibir algun telefonazo para la reunion de los viejos compañeros de curso que van a querer recordar lo bien que lo pasaron y de como esos fueron los mejores años de sus vidas….que locos y que rebeldes que eran, lo pienso y no se si sentir pena por su mala memoria o rabia por o haberlo pasado igual de bien que ellos

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