Cuando era niño y sentía que iba a dormirme, cerraba los ojos, pensaba en el león de la Metro Goldwyn Meyer y decía “hoy voy a soñar con vaqueros”. En serio. Nunca funcionaba. Ayer, luego de una cerveza, tuve un sueño increíble, en el que estaba muy feliz con una mina que no conozco. Y recordé durante todo este día un tema que me gusta, un lugar recurrente al que voy en sueños. Sicólogos que puedan leer esto, atentos, que quizás acá va un enorme cliché onírico. O quizás no. Quién sabe. Es increíble soñar.

Hay un lugar al que siempre voy en sueños: es un pequeño pueblo montañés donde no pasa nada importante, lo interesante en realidad es lo que hay cerca de él. En realidad “cerca” no es la palabra: todo queda lejos, a todo se llega por lo menos a medio día de camino, así que en realidad lo interesante es lo que queda “alrededor” de él. Viajando a través de varias montañas -se parece al parque nacional “El Morado” pero con mucha más vegetación- y avanzando varias horas, se llega a una meseta muy amplia, donde las veces que he ido hay varios autos, y al final de la meseta, un enorme precipicio. Al otro lado hay otra meseta pero está muy lejos y al parecer nadie se ha dado la molestia de ir a ver que hay más allá. He estado realmente muchas veces en esta meseta sentado sin hacer nada, sin mochilas ni equipajes, no es un “viaje a algún lado”, es poder salir de la ciudad y estar sentado ante la nada mirando el paisaje. Y el fondo es como un telón que puede ser sacado de mi vida diurna: la vista desde el volcán Villarrica, sola y únicamente montañas. Nada más que montañas.

A este pueblo se llega por un camino muy complejo, que una vez recorrí a dedo, en un invierno muy rudo, lo se porque nevaba mucho y la gente, cuando llegó, me lo recordó mucho, como que supe el día que llegué, que había sido uno de los inviernos más duros que habían pasado. Fue un viaje muy largo, que no recuerdo bien, y que terminó en una pensión en el mismo pueblo donde pasé mi primera noche, frente a una estufa.

Para el otro lado del pueblo, en otra ocasión, caminé junto a mucha gente del pueblo hacia algún lugar indeterminado, por más de un día. Curiosamente no he visto a mis amigos en este pueblo, no conozco a nadie, no estoy apegado a nada, vivo saliendo de él, no tengo ataduras pero cuando estoy en este lugar me siento tranquilo, porque no hay responsabilidades acá. Es increíble. Tampoco tengo novia, eso es lo malo.

El título de este post, “un lugar solitario para morir”, no es mío, para que quede claro, es de una saga de Batman. Pero junto a Batman con Borges, de quien recuerdo haber leído una teoría de que morir mientras uno sueña permite escoger qué quieres seguir haciendo, por lo que si uno elige seguir como es, no notaría simplemente haber muerto.

Yo iría a mi pueblo, a descansar un buen rato. A caminar por los alrededores y a intentar descubrir, por ejemplo, a la chica con la que soñé hoy, con la que paseé mucho rato y por sobre todo con la que era sumamente feliz, me reía mucho con ella y no sentía ningún peso sobre los hombros, no cargaba ninguna cruz, ni las mías ni las de ella, era simplemente esa agradabe y liviana sensación de felicidad. Estábamos en una especie de estadio, con mucho espacio abierto, donde había clases de educación física en algunas partes. Si me muriera en sueños me tomaría unas largas vacaciones de mis cortos 25 años y descansaría de malos ratos, de no sé, de todo. Esperaría que llegara gente que conozco, caminaría por las montañas, eventualmente haría mapas, me gustaría ser un montañés al punto de empezar a descubrir qué hay más allá de esa meseta, pero eso lo haría definitivamente mucho después de aburrirme de pasar las tardes con la chica que todavía no conozco, que quizás no alcancé a conocer en esta vida, que quizás murió durante la fuerte lluvia que comenzó a caer ayer a las 4am y que decidió irse antes al lugar al que viajo en sueños, a esperar y recorrer un poco antes de que yo llegue.

Total, si me conoce tanto, sabrá que me gusta ahorrarme un poco de trabajo. Total, voy a llegar a descansar.

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