Charles Bukowski

El siguiente texto es de la novela Factotum (1975), donde el alter ego de Bukowski, Henry Chinaski, deambula entre diversos oficios, chicas, y muchas borracheras. La imagen del taller de bicicletas entre resacas del capítulo 36 es deliciosa, así que me hice un tiempo y la transcribí para ustedes. De más está decir que con Bukowski pasa lo mismo que con Kerouac, quizás no tienen un valor literario demasiado grande, pero creo que nadie debería llegar a los 30 sin haber leído sus novelas. Vamos entonces:

36

Filas y filas de silenciosas bicicletas. Estanterías repletas de repuestos de bicicletas. Filas y filas de bicicletas colgando del techo: bicicletas verdes, bicicletas rojas, bicicletas amarillas, bicicletas púrpura, bicicletas azules, bicicletas para niñas, bicicletas para niños, todas colgando allí arriba; los radios relucientes, las ruedas, los neumáticos de goma, la pintura, los sillines de cuero, luces traseras, luces delanteras, los frenos de mano; cientos de bicicletas, fila tras fila.

Teníamos una hora libre para almorzar. Yo comía rápidamente. Como me pasaba levantado casi toda la noche y me despertaba muy temprano, estaba siempre cansado, con todo el cuerpo dolorido. Había logrado encontrar un rincón retirado bajo las bicicletas. Me arrastraba hasta allí, bajo las nutridas hileras de bicicletas inmaculadamente ordenadas. Me tumbaba allí de espaldas, y suspendidas sobre mí, alineadas con precisión, colgaban filas de relucientes radios de plata, llantas, cubiertas de caucho negro, brillante pintura nueva, pedales. Todo en perfecto orden. Era inmenso, correcto, ordenado… 500 o 600 bicicletas en formación encima mío, cubriéndome, por todas partes. De algún modo aquello estaba lleno de significado. Sólo tenía que mirarlas para saber que únicamente tenía cuarenta y cinco minutos de reposo bajo aquella selva cíclica.

También sabía por otra parte de mi conciencia que si alguna vez me dejaba llevar y caía en el torbellino mecánico de aquellas bicicletas nuevas y relucientes, estaba listo, acabado para siempre, y nunca podría salvarme. Así que sólo me tumbaba de espaldas y dejaba que las ruedas y los radios y los colores me calmaran de algún modo.

Me tapaban. Y es que un hombre con resaca nunca debe tumbarse de espaldas y ponerse a contemplar el techo de un almacén. Las vigas de madera al final se apoderan de ti; y los cielorrasos de cristal —puedes ver la jaula para gallinas en los cielorrasos de cristal— esos barrotes a un hombre le recuerdan de algún modo una jaula. Entonces viene la pesadumbre en los ojos, el morirse por un trago; y luego el sonido de la gente moviéndose, los puedes oír, sabes que tu hora ha llegado, y no se sabe cómo te ves levantándote y moviéndote y rellenando y facturando pedidos…

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