Mis accidentes en bicicleta.
Eran un poco más de las seis y media cuando venÃa en mi bici por Alcantara llegando a Colón en dirección norte-sur, cuando noté que se hacÃa un taco por lo que disminuà mi velocidad para acercarme a la luz roja. He notado que los automovilistas son tan estúpidos sensibles que prefiero no adelantarlos a todos en las luces rojas, todo para incentivar la paz entre quienes compartimos la calle, ya que, como imaginarán, después de sucesos como el video de la pelea entre un ciclista y una automovilista la semana pasada, uno intenta hacer su parte para que los ánimos no se calienten más de la cuenta. La cosa es que voy bajando mi velocidad cuando de pronto la puerta trasera de un taxi se abre, alcanzo a frenar y me golpeo la mano, entre el Ãndice y el medio contra la puerta. Llegué a gritar de dolor. Adelanté y me sobé para callado. Detrás mÃo me alcanza una vieja de mierda señora.
-Uy, disculpa, no tenÃa cómo saber que venÃas -me dice.
Yo no le digo nada y sigo mi camino. ¿Es tan cierto eso? ¿Que no tenÃa cómo ver que yo venÃa? ¿O era cosa de mirar el espejo retrovisor del taxi, o mirar hacia atrás, en otras palabras estar más atento a lo que pasa fuera del pequeño mundo interior de cada uno?
Seguà pedaleando y empecé a pensar en los accidentes que he tenido en bicicleta a lo largo de mi vida.
Cuando era muy niño, quizás unos cinco años, mi hermano mayor y yo jugábamos en la plaza cerca de mi casa. Él tenÃa una bicicleta, yo no sabÃa andar. Me pidió que me tendiera en el piso e intentó saltarme, pero sólo logró pasarme la bicicleta encima.
Luego, años más tarde, mi vieja caminaba por Emilia Téllez, yo iba en bicicleta a su lado. Era difÃcil manejarla a poca velocidad. De pronto la vereda se fue angostando, en medio de ella un perro durmiendo, al otro lado una de esas plantas enormes, llenas de espinas, donde por supuesto caÃ. Mi vieja pasó el resto de la tarde sacándome espinas de todos lados.
Por lo que más veces pude haber caÃdo, las mioclonÃas, sólo terminé en el piso una vez, camino a la Universidad de Chile, donde estudié tantos años.
Esas veces todavÃa andaba por las veredas, no me animaba a ir por la calle. Una vez, de noche, iba por PrÃncipe de Gales, el sector era medio oscuro y en la vereda habÃa un tremendo hoyo, caà en él con la rueda entera, salà volando. Fue una lata, quedé tendido mirando los árboles, permanecà asà unos diez minutos y luego seguà mi camino.
Cuando bebÃa también terminé en el piso un par de veces, por borracho. No volvà a tomar el volante con trago.
La penúltima caÃda fue graciosa. Hay un local en Plaza Egaña de un argentino estafador que arregla bicicletas. Me habÃan dicho que no la llevara ahi, pero estaba cerrado mi taller, el de Javier Gallardo en Nautika. QuerÃa ponerle una parrilla, cambiar las cámaras y arreglar los frenos, cosas relativamente simples para el viaje a Lo Vásquez. Se la dejé al argentino. Al dÃa siguiente la fui a buscar, y cuando volvÃa, noté que ambas ruedas estaban frenadas. Se los prometo, las dos. Yendo de bajada, casi no avanzaba. De pronto miré el plato y estaba medio chueco, se enredó la cadena y me saqué la cresta. No lo podÃa creer, o sea aparte de dejarme mal las dos ruedas, me habÃa doblado el plato. La llevé a mi taller de siempre, donde con un caimán Javier dejó la cleta más decente.
Recuerdo que esa vez le querÃa pagar al argentino con RedCompra, porque andaba corto de plata. Le pregunté si tenÃa y me dijo “no, no tengo. Se usa poco eso….”
Jaja.
La última vez que el asfalto me quitó centÃmetros de piel fue a fines del año pasado, entre pascua y año nuevo. Fui a las 9 a la Biblioteca de Ñuñoa y pasé por una calle pequeña, Augusto Villanueva. Cuando volvÃa, a la hora de almuerzo, la calle tenÃa algo… gravilla parece. Como buena hora de almuerzo, me gané las chuchadas y bromas de los maestros que usan los antejardÃnes para descansar. Fue una lata. Esas heridas casi están sanas. Y bueno, lo de hoy, esta tontera de choque. El otro dÃa le decÃa a un guardia del Parque Arauco que a veces pienso que, dado que ando todos los dÃas unos 15 kilómetros, eventualmente me va a tocar algo fuerte, un topón, o terminar inconsciente en el piso, que más que nada por eso ando con casco. Porque creo que, como a otros ciclistas, algo malo me va a pasar. Esperemos que no, y que lo del taxi, la señora y la puerta, que ahora, a la una y media de la mañana todavÃa me duele, haya sido como mi propio gran terremoto, tras el cual viene un largo perÃodo de calma.






Es bueno encontrarse con la opinión de un ciclista sobre el tema. Hace 2 semanas iba cruzando Bustamante (en la esquina del parque, con Grecia) y un ciclista me atropelló. Mi brazo quedó morado y el tipo se cayó de la bici, pero no le pasó nada. Le pedà disculpas pues de verdad no lo vi (y miré, estaba cruzando la calle en una esquina, como se debe), pero al otro dÃa una sra. se bajó por ahà de un taxi para tomar el metro y un ciclista chocó con la puerta abierta. Siempre veo accidentes de ese tipo en el sector.
Desde ahà me puse a pensar y creo que sÃ, hay cierta responsabilidad en mirar si algo viene o no, pero por otro lado creo que esos accidentes son en su mayorÃa culpa de ciclistas. El Sr. que a mi me atropelló, aparte de agarrarme a puteadas como lo hizo, podrÃa perfectamente haber andado por el parque en vez de la calle y si querÃa tomar la avenida podrÃa haberlo hecho como todos, en la esquina y respetando el paso de peatones o el flujo de la calle, no cruzarse de la nada sólo porque no es un auto.
Además me parece que si alguien va tan expuesto como en una bicicleta es su responsabilidad (por seguridad propia) ver qué sucede tanto a su lado como adelante.
Entiendo que las ciclovÃas no están en muchos lados y todos sabemos que, como las calles, no están muy bien diseñadas (y las veredas no son cómodas para compartir entre ciclistas y peatones), pero la libertad que permite una bicicleta tampoco significa que tengamos que fijarnos si pueden venir de cualquier lado.
Saludos, esperemos que no tenga jamás un accidente grave!.