En 2011, de la mano de Steven Spielberg y Peter Jackson, debiera llegar Tintín: El secreto del Unicornio, que según entiendo junta los libros El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham, el rojo. Ya tendremos tiempo para hablar de Tintín, a medida que se acerque la película y vayan saliendo “fanáticos” de este gran comic francés.
Este artículo es sobre otro tema, que aparece en uno de los mejores tomos de esta historieta: Tintín en el Tibet. Antes, un poco de historia, sacado de la página de la Editorial Juventud:
Tintín en el Tíbet coincide con una época de graves turbulencias en la vida de Hergé, y su creación constituyó una verdadera terapia que le ayudó a salir adelante. Según nos cuenta el propio Hergé en aquella época, (año 1958), atravesaba una verdadera crisis y sus sueños y pesadillas eran casi siempre blancos. Estos sueños se repetían siempre y el autor se vio en la necesidad de acudir a un psiquiatra que le aconsejó que abandonara este trabajo porque nunca lo acabaría. Cosa que por suerte Hergé no hizo. No solo acabó Tintín en el Tibet, sino que, en la opinión de muchos, es una de sus obras maestras. El color blanco reina también en casi toda la obra, pero esta vez no como una pesadilla sino como una depuración. Vemos aquí a Tintín en su vertiente más humana, muy preocupado por su amigo desaparecido y que emprende un larguísimo y peligroso viaje siguiendo un sueño donde lo ha visto con vida. Hergé da rienda suelta a su fascinación por Oriente y por los fenómenos paranormales: sueños premonitorios, telepatías, levitación…
En muchas aventuras de Tintín hay recompensas al final del camino, a veces se llevan oro de los incas, puede ser la fama, puede ser el castillo de Moulinsart, puede ser llegar a la Luna. Es el premio al final del viaje, que muchas veces enfrenta a los protagonistas contra mafiosos, revolucionarios o conspiraciones internacionales.
Sin embargo ningún viaje es tan peligroso como el del Tibet, y ningún enemigo es tan poderoso como la naturaleza. Tintín y su inseparable amigo, el Capitán Haddock, emprenden un viaje basados tan sólo en una corazonada de Tintín: su amigo Chang, quien viajaba en un avión estrellado en las montañas, se encuentra con vida. No es razonable ni lógico pero es el poder de la amistad el que mueve montañas. Cuando todo está en contra, cuando incluso los propios Sherpas y los monjes de la Lamasería les piden que abandonen su búsqueda, pues es imposible que Chang esté vivo, Tintín y Haddock persisten y lo logran. Es entonces cuando los monjes salen a recibirlos. El diálogo es conmovedor:

PRECIOSO MAESTRO: ¡Te saludo, Corazón Puro!… Permíteme que como manda la tradición, te ofrezca esta bufanda de seda. Rayo Bendito nos advirtió de tu llegada, y he acudido a tu encuentro para inclinarme respetuosamente ante tí (…) Pocos hombres habrían osado lanzarse a una empresa semejante. Bendito seas, pues, por el fervor de tu amistad, por tu arrojo y tu tesón.
Luego el precioso maestro se dirige al Capitán Haddock:
PRECIOSO MAESTRO: Y bendito seas tú también, Trueno Rugiente, porque pese a todo, has tenido esa fe que mueve montañas.
La gente siempre anda buscando cosas que no necesita: blackberrys, ipads, mejores televisores, amigos por internet. Tener más dinero, tener un segundo auto, tener más contactos. Recompensas. Comprar cosas se convierte en un premio. “Logré tener un computador nuevo”. Mucha de esa gente ni siquiera subiría al Cerro San Cristóbal por un amigo. Menos por una… bufanda.