En la foto, Dana cuidando los árboles. Lo único que realmente cuidó en su vida.

Llegó a la casa siendo cachorra, la trajimos de la playa y lloró todo el camino en el auto. Siguió llorando cuando la instalamos en su primera casa, una caja de cartón con un peluche viejo y un reloj; según la veterinaria eso hacía pensar a los cachorros que estaban junto a su mamá. Ante semejante idiotez, ahora, a más de 10 años de distancia, me pregunto dónde habrá estudiado esa doctora, y entiendo un poco más el carácter que siempre tuvo esta Pastora Alemana. Miedosa, llorona, nerviosa. Según tres tipos que lo intentaron, imposible de adiestrar.
Al no poder salir mucho de casa, el patio se convirtió en su reino. Creció rápido, como crecen los Pastores alemanes, quizás tan rápido como crece uno mismo cuando es chico y ni se da cuenta. Dana tuvo embarazos sicológicos, intentamos traer unos machotes alemanes pero ella los rechazó, les ladró y los dejó amurrados. Fue todo un fracaso.
Le gustaban las galletas para perros, el cariño bajo la garganta y en la frente, tomar el sol del otoño. Tuvo algunos novios escurridizos, perros flacos, vagos, que entraron por las rejas, compartieron su lecho y escaparon a la mañana siguiente.

Ya no vivo en la casa de mis viejos. Llevaba una semana afuera cuando me llamaron y me dijeron que iban a tener que ponerla a dormir. La displacia; clásico mal de estos perros, la había dejado inmóvil. Ya me había tocado algunas noches del verano tener que ir a sacarla de debajo del auto porque no se podía levantar.
No alcancé a despedirme. Había trabajos, reparaciones en mi departamento. Me dijeron que la noche anterior a que llegara la veterinaria lloró mucho. La taparon con una frazada, le dieron todas las galletas de perro que quedaban. Después la inyección, y el sueño eterno de los perros buenos. La peor parte de tener mascotas. Despedirse. Darse cuenta del mismo destino que compartimos todos. Nos conocimos cuando yo era un adolescente. Ahora estoy a las puertas de los 30, tipeando estas líneas desde la productora donde trabajo, intentando que las lágrimas se queden en su lugar. Pensando en cuántas veces escuché decir a la gente que alguien que conocían había muerto, y me dio lo mismo. Mi buen perro. Nunca entendió mucho el mundo en el que le tocó vivir.
Pero en días como hoy pienso que fue mejor así.
Descansa en paz.