Llevar a la pantalla algo es muy parecido a ese juego infame donde uno golpea el ritmo de una canción y la otra persona tiene que adivinarlo, casi suponer lo que uno está cantando en la mente. Es casi como eso de “adivina qué número estoy pensando”. Por eso es que hacer cine es complicado, porque cada persona tiene sus visiones de mundo, sus teorías sobre como son o sobre como deberían ser las cosas. Por eso argumentos como “es ficción” son tan poco relevantes cuando hay que empezar a discutir sobre un universo que ya no es ficción sino que de a poco cobra forma. Vamos por partes a aterrizar ese universo en esta entrada.

Hace cerca de un mes, quizás más, empezamos la búsqueda de locaciones para este cortometraje, cuya primera escena describía una “cafetería abierta las 24 horas en una bencinera cerca de un aeropuerto”. Bueno, eso no existe. Así que salimos a encontrarla. Así fue que, casi por casualidad, llegamos una mañana de domingo a Colina, a una YPF Servicompras que ni siquiera tiene el logo de YPF afuera. Estaba cerrada, así que un bencinero me pasó una boleta vacía en cuyo reverso estaban los números de todas las concesionarias. La cosa fue más o menos simple: el concesionario me dijo al teléfono que era IMPOSIBLE cerrarla por una noche porque era cuando más vendían. Era mentira obviamente, la gente arriba de ellos, de Marketing YPF se encargó de hacerme entender que durante las noches y los domingos, ese local permanece cerrado. Y accedieron muy amablemente a prestárnoslo por una noche. El primer escollo estaba listo. El segundo era un centro comercial. Una bronquitis que me tuvo en cama casi cinco días me hizo pegarme al teléfono esperando las respuestas de la gente de Marketing del shopping La Dehesa, quienes finalmente me dijeron que cobraban 200 UF las 6 horas de grabación, y no solo eso, sino que esa era su tarifa para estudiantes, y que otros la habían pagado antes. Maldita UNIACC. No puedo pensar en nadie más. Mall Panorámico fue impresionante, jamás me atendieron. Drugstore fueron más directos, para bien o para mal, tendrán remodelaciones durante nuestras fechas de rodaje. Seguimos viaje. Apumanque… desconfíabamos de la iluminación pero la habían mejorado mucho, así que me puse en contacto con un tipo muy amable de marketing que accedió sin ningún problema a dejarnos grabar ahí. Cosas del cine. Nos faltaba una Iglesia… me gustaba el exterior de la parroquia Nuestra Señora del Carmen en la Plaza Ñuñoa, pero el Párroco me dijo que no, y una vez aceptado eso, le pregunté por qué. Guardó silencio un momento y dijo que si fuera por él, que la gente se casara en lugares habilitados para matrimonios, no en iglesias. Que le cargaba cuando llegaba gente que nunca había visto en misa y quería casarse porque le gustaba el frontis y eso. Toda la razón. Le dije que mis personajes eran ese tipo de gente.

Seguimos y encontramos la Parroquia San Pedro de Las Condes, en Isabel la Católica, con un Párroco que tiene muchas novelas de misterio en su oficina, y que se mostró muy dispuesto a prestarnos su iglesia. Sin cobrar. Sin ningún problema. Solo quería saber de qué se trataba este corto. Le conté la historia y no hubo problemas. El toque macabro lo puso cuando le dijo a la secretaria “No me ponga funerales para ese día, ¿ya?”

Es agradable cuando las historias pasan en el mismo mundo en que uno vive y no en otra dimensión donde los templos tienen las paredes rojas y weás así, porque no hay que entrar a maquillar mayormente los sets, que más que sets son lugares reales donde quizás algo de esto pudo haber llegado a pasar.

Sobre la YPF, y su “maquillaje”, o decoración, tengo que empezar a hablar del equipo. En este caso de Samantha, la directora de arte, y de por qué mi desconfianza hacia directores de arte, especialmente mujeres. La cosa es así: siempre he tenido la sensación, apoyada de hechos factibles, de que a las directoras de arte -directores en menor caso porque conozco menos- les fascina llenar los sets de cosas. De pequeñas cosas. Que no haya nada vacío, que el tipo que se dedica a ver películas no tenga una cama y una tele grande, no, sino además una colección de chapitas y posters y weás porque si no se ve la pared. En fin. No es el tema con Samantha, o en realidad no sé si lo es. Lo que pasa es que ella es partidaria de quitar “el mundo real” de, por ejemplo, mi locación favorita, la YPF. Quizás en el mundo de los personajes, de Germán y de Anita, tomán otra marca de café, pero digo yo, si tenemos una máquina de Nescafé, usémosla. A Samantha no le gusta mucho eso pero sabe que hay cosas a las que adaptarse y otras a las que no. Por ejemplo sabemos que las máquinas de bebida tienen que estar apagado porque emiten un horrendo zumbido eléctrico que Cris, nuestro sonidista estrella, no soporta. Pero eso le quita onda a las máquinas de bebidas y hay que inventar un sistema para iluminarlas, y claro, para eso hablo con Danny Boyle, el dir. de foto, que lo ve medio complicado pero le digo que lo piense. Y todo eso, y va pasando el tiempo y es solo un espacio por diseñar, y quedan dos más.

Con la gente del equipo de Introfilms ya hemos trabajado antes, salvo Danny y Samantha. Y es suficiente por esta fría mañana, porque tengo -rayos- que irme a clases. Pero la historia continuará, es una promesa. Y con Jorge Roa a la partida.

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