Esto lo publiqué hace un tiempo en el foro de TábanoTv, pero me gusta tanto releerlo que voy a colocarlo acá. Es la brillante y certera descripción del escritor norteamericano Jack Kerouac, sobre un delirium tremens. Si no están familiarizados con ninguno de esos términos, mejor no sigan leyendo. En cambio vayan a alguna librería y compren “On the road” (En el camino) y tracen el suyo propio.

Originalmente publicado en “Big Sur”, de Jack Kerouac, 1962.

Toda esa noche cantamos a los gritos canciones junto al farol, y está muy bien, pero a la mañana ya no queda nada en la botella y me despierto otra vez con los “horrores terminales”, exactamente como me desperté en la habitación de ese callejón en Frisco antes de escaparme hacia aquí, estoy atrapado de nuevo, puedo escucharme llorando ¿Por qué me tortura Dios? – Pero quien no haya tenido delirium tremens aunque sea en su primer estadio no podrá entender que no se trata tanto de un dolor físico como sino de una angustia mental indescriptible para esa gente ignorante que no bebe y acusa de irresponsabilidad a los bebedores. La angustia mental es tan intensa que uno siente que ha traicionado su propio nacimiento, el esfuerzo y los dolores de parto de mi madre cuando me trajo al mundo, he traicionado el esfuerzo que hizo mi padre para alimentarme, permitirme crecer y hacerme fuerte y Dios mío también educarme para la “vida”, se siente una culpa tan profunda que uno se identifica con el demonio y Dios parece muy lejano, abandonándolo a uno de su estupidez enfermiza. Uno se siente enfermo en el máximo sentido de la palabra, respira sin creer en ello, enfermoenfermoenfermo, se queja el alma, uno se mira las manos como si estuvieran en llamas y no pudiera moverse ni hacer nada, se contempla el mundo con ojos muertos, hay en el rostro una expresión de incalculable desconsuelo como un angel constipado encima de una nube – es en realidad una mirada cancerosa la que uno arroja sobre el mundo, a través de los flecos de esa lana gris o amorronada que cae sobre los ojos. La lengua es blanca y repugnante, los dientes están manchados, el cabello parece haberse secado de la noche a la mañana, hay enormes legañas en los ángulos de los ojos algo grasiento en la nariz, espuma en las comisuras y en los costados de la boca: en otras palabras, esa deformidad asquerosa conocida por todo aquel que alguna vez haya caminado borracho por una calle de la ciudad en los Bowerys del mundo . Pero no existe en absoluto alegría o diversión, la gente dice “Oh, bueno, está borracho y feliz, dejémoslo dormir tranquilo y que se reponga”. El pobre borracho está llorando. Llora llamando a su madre y a su padre, a su hermano y a su amigo, llora y pide ayuda, intenta actuar coordinadamente acercando un zapato a su pie pero ni siquiera puede hacer esto bien esto, dejará caer el zapato o golpeará contra algo, invariablemente pasará alguna cosa que lo hará llorar otra vez. Querrá sepultar la cara entre sus manos y llorar y gemir rogando una piedad que sabe que no existe – No solamente porque no la merece sino sencillamente porque de todos modos no existe. Porque levanta los ojos al cielo azul y no ve otra cosa que el espacio vacio haciéndole una gran mueca. Mira al mundo, éste le está sacando la lengua y cuando retira esta máscara el mundo lo observa con grandes ojos vacíos y enrojecidos como sus propios ojos, puede ver el movimiento de la tierra pero no hay sentido alguno que se lo haga conferir. Un ruido impereptible a sus espaldas lo hará gruñir de furia, estirará su camisa manchada y descolorida, siente como si estuviera frotando el rostro en algo que no es.
Sus medias son un barro espeso, húmedo y blando, la barba hace que el sudor pique en las mejillas y fastidia a la boca torturada – hay un sentimiento retorcido de ya basta, nunca más, ay- todo lo que ayer era limpio y hermoso se ha transformado irracional e inexplicablemente en un enorme y triste balde de mierda. Los pelos de sus dedos lo miran como cabellos del sepulcro, la camisa y lso pantalones se han adherido a su cuerpo como si fuera a estar borracho para siempre – el dolor del remordimiento se incrusta y se hunde como si alguien estuviera empujando desde arriba, las nubes blancas y bellas del cielo lastiman sus ojos, lo único que puede hacer es darse vuelta, bajar el rostro y llorar. La boca está tan marchita y anestesiada que no hay posibilidad de apretar los dientes, no hay fuerza tampoco para arrancarse el pelo.

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