Muchas veces me preguntan por qué no me gusta el fútbol, o los deportes en general. Y en realidad sí me gustan, me aburre verlos y me empelota que me llenen las noticias de fútbol “profesional” que más parece pichanga de barrio. Me gusta jugar fútbol, me gusta el básquetbol, lo que no me gusta de ninguno de estos deportes es cuando se tornan competitivamente idiotas. ¿Han visto ese comercial de desodorante que empieza con unos espermatozoides y una voz gritando “¡los hombres tienen el deseo de competir desde que nacen, siempre!”.
Bueno pues a mi no me interesa ser tan competitivo. Me da lo mismo y si alguien me quiere adelantar en la ciclovía, bienvenido sea. El asunto es que esta falta de ganas de competir tiene claramente que ver con el colegio -uno de mis sueños frecuentes- y la historia detrás de tantos y tan frecuentes fracasos deportivos. Que claro, suenan divertidos ahora cuando los recuerdo pero para qué estamos con cosas, en el momento fueron detonantes para que no creciera en mí un interés por el deporte.
Vamos por el principio. Yo solía ser de la UC, de la católica, era hincha de un equipo de fútbol, imagínense. Mi viejo aportó para la construcción del estadio San Carlos de Apoquindo y fuimos a la inauguración contra River Plate… donde perdimos. Y luego fuimos a otros partidos.. donde también perdimos. Y curiosamente cuando yo no iba, la Universidad Católica ganaba. Entonces mis hermanos aplicaron su lógica y claro, pasé a ser el yeta. Recuerdo que incluso fuimos al estadio Monumental, recién inaugurado, y aparte de perder, resulté con un horrendo dolor de cabeza por los tambores, que sonaban demasiado fuerte.
Y en una escena de miedo, estaba viendo un partido de la católica en el estadio nacional cuando mi en aquel entonces equipo favorito convirtió un gol, un hincha enfervorizado saltó y me abrazó a mi hermano y a mí, gritando como loco. Recuerdo su rostro, la barba, y la cara de demente.
Una mierda el fútbol. Pero todo aquello siempre podía ser peor. Porque si aquel fútbol profesional era los fines de semana, de lunes a viernes habia que asistir al colegio. En aquel bello palacio de ladrillos llamado Aconcagua, mi curso, el B, se batía siempre contra el A, los campeones. Y siempre perdíamos. Recuerdo algunos momentos, contra el Notre-Dame, donde tras un pase aéreo de Alfredo Díaz recibí el balón y lo incrusté en el costado derecho, pero los momentos buenos serían ese… y para de contar. Por lo general eran derrotas vergonzosas, una vez me llegó un pelotazo en la cara, con el que detuve un gol, y todos alegaron que era mano. Yo dije que miraran mi cara, roja, y miré al fiel Alfredo, como buscando su apoyo, y solo atinó a decir que me había cubierto la cara con las manos. Mentira. Jamás hice eso.
Pero las derrotas pequeñas pasaron a ser grandes. Yo solía jugar al arco, y tras atajarle un penal al mejor chuteador de los dos cursos, un tipo llamado Hernán Pérez -que ahora debe estar en alguna prisión- me designaron como arquero oficial, y así fuimos a jugar, no contra un equipo cualquiera, sino contra las divisiones inferiores de Colo-Colo.
¿Les parece una idiotez? Por supuesto que lo es, perdimos unos… 17 a cero. Por supuesto, es Colo-Colo, son los mejores, son tipos que sacan de la calle y los ponen a jugar fútbol todo el día para evitar que les llegue alguna bala perdida, por dios, era imposible ganar. Y yo ahí, al arco, soportando estoicamente los goles, los gritos, viendo como mi defensa caía ante el poder del “indio”, y recuerdo muy bien a un apoderado gritando como loco “¡ataja, ataja!”. A mi me costaba ver por un par de lágrimas que no conseguían que el tiempo pasara más rápido.
Pero el tiempo pasó y nos comenzó a gustar el básquetbol. Y el colegio Aconcagua, o como solíamos decirle, Rasconcagua, nos apoyó y nos puso a un… “profesor”, que era el inspector, Pedro Millán, para que nos guiara. Y así, cada sábado en la mañana, nos juntábamos a rebotar la pelota, tras lo cual comprábamos bebidas grandes y subíamos al puente Pedro de Valdivia, ahí en la esquina de Bilbao, a tirarle escupo a los autos, -no piedras, no éramos tan idiotas- e intentar acertarle al parabrisa. Era difícil. Buenos tiempos, debo decir.
Y no tenía nada de malo jugar, pero claro, para el colegio la lógica era que si había un equipo de básquetbol, era para enfrentar a alguien. Y organizaron un match contra el Kent School, casi cruzando la calle.
Teníamos esperanzas. Mi amigo Juan y yo éramos una gran dupla, y teníamos una carta en un tipo cuyo nombre no recuerdo, que era mayor que nosotros. Ah, lo olvidaba. Además el papá de una compañera, Tania Mejías, nos había entrenado un poco. Podíamos salir airosos de ahí. Así que aquel sábado partimos con la esperanza de dejar aquellos tristes años de fracasos deportivos atrás……
Continuará.





