Seguimos con la historia. Aquel sábado llegamos al Kent School y nos encontramos de inmediato con una mala noticia: nuestro mejor jugador había tenido un accidente de tránsito y no sé que mierda le había pasado en el pié, pero no podía jugar. Además, la dupla que hacíamos Juan y yo no pudo estar presente en la cancha, porque a pesar de que él iba en nuestro curso, era menor en edad, por lo que le correspondía otra categoría. Una mierda. Entramos a la cancha y estoicamente perdimos 70-2.

Yo hice el único punto para nosotros.

Fue una verguenza, una terrible derrota, imagínense que hasta el día de hoy recuerdo el marcador. El tiempo pasó y me cambié de colegio, esta vez la oportunidad de demostrar mis habilidades -pocas, para qué estamos con cosas- en la cancha de básquetbol, era en el colegio Calasanz, que tenía un equipo serio y competía en el campeonato que la Universidad Católica todavía debe realizar entre colegios. El entrenador era Felipe Reyes, un tipo que apareció una vez en la tele comentando la NBA. Todo pintaba bien.

Entré de inmediato al equipo y así entrenábamos, no éramos muy buenos, teníamos algunos créditos como Freire y Bobadilla -otro de los que debe llenar las prisiones chilenas- también el Pato Bravo, en fin. Pero hay cosas más fuertes que las ganas de ganar, en especial un “hado deportivo” que si tienes encima, yo creo que no te puedes sacar. Curioso. Acabo de escribir “hado” refiriéndome al destino y en la tele dieron un comercial de ADO (la asociación de deportistas olímpicos… no creo que sea coincidencia).

No éramos un mal equipo, pero teníamos mala suerte. Pésima suerte, de hecho un año tuvimos una horrenda racha en la que perdimos muchos partidos seguidos por un punto, siempre en el último minuto. Ni un ejército puede soportar tantas humillaciones. Volvíamos siempre con la sensación de que si el partido hubiera durado un par de minutos menos, estaríamos celebrando. Recuerdo un partido en el que ibamos perdiendo por dos puntos, de locales. Y Felipe Reyes nos llamó y su mirada recorrió nuestros, en aquel entonces delgados cuerpos, cansados, exhaustos, y nos dio unas instrucciones que básicamente eran muy simples, Pato Bravo saca el balón, pásaselo al Negro Morales, y el Negro Morales se lo pasa a Freire y Freire anota. Muy simple y fácil de llevar a la práctica.

Sacó Pato Bravo, hizo lo que debía, se la pasó al Negro Morales que se encontraba en un ángulo muy complicado, fuera de “la bomba” (donde puedes caminar 3 pasos para hacer los puntos), casi perpendicular al aro, listo para dar el pase… pero en vez de hacerlo, el Negro Morales debe haber pensado que era su opción para llenarse de gloria… se preparó y lanzó un tiro de 3 puntos, sin ángulo, que por supuesto llegó a cualquier parte menos al aro. Una mierda. Era otro partido perdido. Al Negro lo subieron y bajaron, con justa razón.

Una vez un equipo, creo que el SEK, tenía un jugador… a ver, esta historia es algo freak pero les juro que es verdad. Un jugador con muletas, y lo que hacían era que todos se iban adelante y dejaban al seudo paralítico jugando en la defensa. Era cosa de poner un tipo ahí para que le llegara el balón y anotara. Adivinen a quién pusieron. Me daba pánico recibir el balón, pensaba que el tipo se podía quebrar si lo tocaba, era horrendo, era una táctica sicológica de mierda, que les funcionó bien. Claro, me retaron por no pasarlo y anotar como debía, pero qué mierda, tenía mi mente puesta en la Teletón en ese momento.

Empecé esta crónica hablando sobre la competición. A nivel profesional se vuelve de mierda, hay tácticas sucias, ya a nivel escolar, como, mientras te están marcando, te presionan dándote besos en el hombro -es horrendo- y ese tipo de cosas dignas de entrenadores que no tienen nada mejor que mostrar y que deben pasarlo la raja cada vez que tienen que justificar sus salarios y la existencia de un equipo deportivo que no hace nada más que perder. Jugar por jugar es entretenido, ganar es divertido y cuando pierdes y estás con amigos, también. Yo he perdido muchas veces, pero en partidos organizados no por profesores o gente que tenía la necesidad de verme jugar, sino por puras ganas. Y también he ganado partidos de ese tipo, que son los que importan.

Una vez, en el estadio nacional, un tipo que venía a lucirse con sus dos hijos, nos desafió a mi y a un amigo a un 3×3, y le ganamos, duramente, fue muy entretenido.

Pero volvamos a los fracasos. La Universidad Católica hizo una vez un campeonato de 3×3 (por si no lo entienden… tres jugadores por lado), Juan Miguel, Freire y yo fuimos y nos inscribimos. Nuestro primer partido fue contra unos tipos llamados “Los gigantes”. No era broma. Fueron los campeones de ese año y nos volaron la raja.

Que horror.

Sin embargo esta historia tiene un final alentador. Decían los rumores que era imposible dejar el equipo de básquetbol, que si lo hacías, Felipe Reyes te cagaba, y peor aún, si lo hacías por unirte al equipo de fútbol, era probable que nunca más volvieras a tocar una redonda de 32 cascos. Pero llegó el momento en el que tuve que dejarlo, para hacer teatro. Y fui a hablar con él, esperando una discusión enorme. Le planteé mis argumentos, me miró y me dijo:

-Yo también quise dedicarme al arte una vez. Dale, buena suerte.

No recuerdo bien si me dijo que había intentado con el teatro, o el arte, en fin. Pero fue una especie de redención ante tantos años de fracasos deportivos que por fin llegaban a su fin, porque claramente no volvería a entrar en competencias, en universidades o en ningún otro lugar donde la necesidad de ganar fuera de otros y no mía. No me interesa correr más rápido que alguien, sino ser más inteligente. Me interesa ser más feliz que llegar más lejos en la vida.

Solo una vez me inscribí en un curso de acondicionamiento físico en la Universidad de Chile. Fui a una sola clase. Hacían fútbol, por lo que claramente aquel no era mi lugar.

-¡Rosental, agárrala!, escuché que alguien gritaba.

Sonreí y corrí a buscar la pelota. A hacer el ridículo por última vez.

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