Bitácora de viaje. Argentina 2005. Día 1.
Acá vamos de nuevo. No habíamos estado ni 24 horas en Santiago después de la aventura anterior cuando se nos ocurrió que ya que teníamos auto, carpa, un poco de plata, y sobre todo ganas de aventuras, había que volver a salir. Y para no pagar peajes, qué mejor que escapar de este angosto país. Señores, a la aventura. Al viaje más emocionante que se puedan imaginar, donde pueden incluso arriesgar las vidas. Esta bitácora no se trata de grandes ciudades ni de cómodos hoteles, ni siquiera tiene un destino claro, es un diario de viaje de cuatro amigos que se dedican a de tomar mapas y decidir rutas. Se trata de llegar donde los mismos Argentinos no han llegado antes. Es decir, al medio de la nada, perdidos en ningún lugar.
Bitácora de viaje. Fecha espacial: Sábado 19. Día 1.
Un mensaje de texto a las 7:05 me despertó por primera vez. Luego fue mi vieja, a las 10, diciéndome que Jorge ya estaba en la casa. Mierda. Una ducha rápida, algo de orden y una llamada de Víctor. Las cosas estaban funcionando, al menos ya teníamos transformado todo el dinero en pesos argentinos.
Anotación anexa: viernes, 10am. Jaime y yo esperamos al viejo de Jaime, para ir a buscar un permiso especial para sacar el auto, un Ford EcoSport blanco, fuera del país. Una semana después de Cascada, el nuevo viaje se veía venir, Argentina, por tierra, hasta que nos diera el dinero, y con un plazo de tiempo preciso: desde el sábado, una semana, máximo hasta el domingo, para regresar cuando el viejo de Jaime necesitara el auto. Luego de un breve webeo -que por un segundo creímos que arruinaría el viaje- ya teníamos el permiso y luego a Agustinas, a cambiar 30 mil de Víctor y 25 mil míos. Jorge, el cuarto hombre, se uniría al día siguiente.
Así, el sábado, era tiempo de ponernos de viaje, temprano, en el cómodo auto del viejo de Jaime. De todas formas, el Kia Pop de Víctor era la otra opción. Como fuera, nos íbamos a ir. Con la misma carpa de Cascadas, aunque con menos dinero, ya que el cambio nos favorece. Cargamos el auto con comida, los sacos, poca ropa, y partimos cerca del mediodía de esta asquerosa ciudad.
La tripulación: Jaime, Jorge y yo (de Cascadas) más Víctor. Jaime y Víctor son los conductores designados.
El plan para el día 1 es llegar. Simplemente llegar, salir de Chile y llegar a Mendoza. Luego, y cada cierto tiempo, sentarnos junto a la guía rutera y decidir destinos. Llenamos el estanque y pagamos los peajes de Santiago.
Anotación anexa: a todo esto, este viaje inició porque teníamos la carpa, y queríamos evitar los últimos días de febrero en la ciudad. El problema es que en Chile hay que pagar peajes hasta para respirar, por lo que pensamos en Argentina, yo tenía un mapa y un par de días luego de Cascadas, ya trazábamos la ruta.
Tras estar un poco perdidos cerca de Los Anders, por fin tomamos la ruta correcta, adelantando camiones, viendo como la cordillera crecía. Entonces, casi sin darnos cuenta, llegamos a las subidas. Ya íbamos por la tercera b otella de agua mineral y los sándwiches de jamón y queso, cortesía de mi madre, se iban bastante rápido. Jaime manejaba, Víctor iba de copiloto y Jorge y yo atrás. Paramos un rato a tomar fotos a unas luces en el cielo, y llegamos cerca de la frontera. Pasamos los carteles, y uno advertía del peaje de 3.300 que se pagaba solo al regreso. Cosa a considerar. Seguimos, nos dieron más papeles, y a eso de la 1:30 (¿o 2:30?) tomamos el túnel, en cuya mitad comienza Argentina. Ya estábamos afuera.
Al otro lado del túnel, entre vítores, vimos como los colores cambiaban, desde la cordillera, rojiza, hasta los gendarmes, la policía, las patentes, etc. Unos 15 kms después llegamos al control fronterizo de Argentina, donde estuvimos parados bastante raqto, algo así como media hora o algo más.
Consultamos por la “la laguna diamante” y nos dijeron que era increíble. Por otra parte, leyendo los productos que no se podían pasar, aprendimos que no se puede llevar semen. Pensamos en corrernos la paja pero entendimos prontamente que no se trataba de eso.
De pronto, un camarógrafo y un reportero de TVN nos preguntaron los nombres y nos hicieron unas preguntas sobre por qué salíamos del país y cosas así, si el cambio era conveniente, y Jaime dijo “es la mano”. Quizás -no lo sabemos todavía- salimos en las noticias de las 9. “Jaime Baeza” y abajo entre comillas, “es la mano”. Luego de eso, otros autos, otros trámites, y por fin salimos. Un auto a toda raja casi nos choca -no hubiera sido nada grato- y comenzamos el viaje. Jaime ya había perdido el temor a que algo pasara en la aduana. Jorge había visto en weather.com que en Mendoza iba a haber tormenta eléctrica (al momento de escribir estas líneas, Jorge dice que para mañana hay lluvia anunciada para San Rafael)
Anotación del día 2: es complicado comer -hay bichos por millones- mañana a primera hora nos marchamos de acá.
Así, seguimos camino a Mendoza, y nos fuimos metiendo de a poco en unas nubes que traían lluvia, y que la noche anterior, según leímos en el diario, había sido granizo. El paisaje estaba espectacular, a lo lejos caían algunos rayos. Se hizo un claro de sol y llegamos a Uspallata. Paramos a echar bencina: 60 pesos el estanque lleno. Cambiamos de chofer Víctor pasó al volante y seguimos rumbo, pasando túneles, con la enorme cordillera rodeándonos. Fue un viaje más largo de lo presupuestado pues solo a eso de las 7pm llegamos, por fin, a Mendoza. Y ahí, los primeros problemas: el balón de gas de 2kg había que llenarlo, y primero tuvimos que lograr hacernos entender: el “gas” es la bencina y lo que nosotros llamábamos “balón” aquí era “garrafa”. Tras varias instrucciones, seguíamos buscando. Jaime y yo recorríamos las calles y las tiendas de camping, apurados porque era sábado, era ceca de las 8, y sin gas estábamos en problemas.
El otro problema importante era la imposibilidad de virar a la izquierda en calles de doble sentido (“doble mano”), lo que tenía ciertamente locurizado a Víctor. Preguntamos en una YPF. Luego en una ferretería, y nos mandaron a otra ferretería. Solo ahí, un tipo nos dijo muy amablemente que sí, y se demoró 15 minutos. ¿El precio? 8 pesos.
GUÍA ÚTIL PARA EL TURISTA: Para recargar gas licuado en Mendoza, diga “gas licuado para camping”, así entienden. Y tome la calle Perú, suba hasta que las vías del tren -a su izquierda- se acaben. Pasado ese semáforo, 20 metros, hay una ferretería. Ahí cargan.
Mientras esperábamos, comenzamos a hojear unas revistas de modas, que empezó de a poco a convertirse en un preludio de lo que sería parte de este viaje: minas ricas por doquier. Pero sigamos. Pasamos a un locutorio a avisar que estábamos vivos, pero a Jorge y a Víctor no les contestó nadie, por lo que eso tuvo que esperar. Le dimos al tipo que cuidaba el auto 1 peso se volvió loco de felicidad. Ya empezábamos a entender el sistema de cambio.
G.P.T.2: Para hacer la conversión, de manera fácil, multiplica por dos y añade dos ceros. Si es 2,50 (“dos con cincuenta” o “dos pesos y medio”) es igual a $500. Así de fácil. A esta fecha, todo es muy barato.
Anotación anexa: escribo estas líneas desde el día 2, dentro del auto, con una pequeña linterna que sostengo en la boca. Los bichos casi no nos dejan en paz. Los demás están preparando los fideos para la noche.
Seguimos por Mendoza, para pedir información turística. Jaime y yo -que nos bajábamos a todas estas weas- no podíamos creer la cantidad de minas ricas que pasaban por las calles. Llegamos al asunto de turismo cinco minutos antes de las 9, hora en que cerraban, y ahí nos indicaron las zonas de camping de la ciudad. El único problema fue que por una cosa de política no nos quisieron decir cómo eran. Así que, con las tres áreas de camping marcadas en el mapa de la ciudad y mientras Víctor y Jorge compraban copete en el Carrefour, hice las averiguaciones de rigor. Me dijeron que la mejor zona era la de la “bajada del cerro”. Así, partimos allá, de noche.
Llegamos al camping bastante tarde y con la ropa pegada al cuerpo por la humedad. Hablamos con Ariel el cuidador, quien fue algo agresivo al comienzo, pero según dijo después, es porque “hay que ser así de entrada”. Estacionamos por fin en un lugar, nos sentamos en la mesa y abrimos unas latas de cerveza “Andes” para brindar. Armamos la chara, la carpa, y Jorge no armó su colchón inflable: era claro que al día siguiente partíamos de ahí. El calor húmedo era insoportable. Comimos unos fideos con salsa y queso, con jugo. Ya más descansados abrimos un “Doble-V”, un licor con 20% de whisky. El 80% restante es un misterio. Sentados ahí, como dijo Jaime, éramos 100% felices. A la mierda del mundo, solos, por una semana.
Más tarde, aunque lo habíamos saludado antes, llegó el “Chileno José”, un gordo de Villa Alemana con una personalidad de -yo se me todas las papas y soy el weón más bacán del mundo- digna de chileno, ya que realmente no era mucho. Traía cosas de Chile y las vendía en Mendoza. El tipo llevaba años viviendo ahí, así que el acento se le había pegado. Estaba con un amigo, se iban a ir a Reñaca el viernes. Quedamos de hacer un asado, si es que volvíamos, el jueves, siempre que consiguiera que no nos cobraran el camping. Eso no quedó en nada muy claro aunque Víctor anotó su teléfono. Habrá que ver. Cabe consignar el indigno auto que traía, un “Fiat” o un “Seat” del año del pico, hecho bolsa, que prendía echándole bencina al carburador.
Bastante tarde, se fueron a dormir. Nosotros también, aunque el calor, la humedad, el poco de lluvia que cayó y las carreras de auto por las cercanías hicieron complicado conciliar el sueño.




