El peor y a la vez el mejor día de este viaje. Esos días en los que si solo un par de cosas hubieran salido mal, no estaríamos contando esta historia, y el cuaderno de la bitácora hubiera sido encontrado en el auto, junto a nuestros cadáveres devorados por buitres. El día más bridigo del viaje; si el domingo fue la calma antes de la tormenta, este lunes fue, literalmente, la tormenta. En la foto, el primer momento de felicidad, luego de haber sobrevido al granizo.

Día 3 – Lunes.

Dormimos un poco mejor que en Mendoza, al salir de la carpa los bichos habían sido reemplazados por una horda de moscas. Desarmamos la carpa de inmediato, Víctor había ordenado antes el auto, que durante las noches se desarmaba entero. Partimos, pagamos las sillas y salimos pronto, al que sería uno de los días más fuertes de, al menos en lo que respecta a este narrador, de todos los viajes que he hecho.

Empezamos a subir montañas, pasar por centrales hidroeléctricas, cruzar por túneles hechos de piedra, más montañas, y de pronto, llegamos al embalse del Nihuil, un lugar gigante donde paramos a tomar fotos.

Prontamente tomamos rumbo sur, por la 180, un camino que en la guía no aparecía como pavimentado, sino como “consolidado”. En fin, anduvimos por ahí un buen rato, a 110 por hora, esperando un lugar llamado “Puesto Marfil”, donde debía haber una bifurcación hacia “Mina Ethel” o hacia “Agua Escondida”. El problema comenzó cuando esa bifurcación jamás apareció, y estábamos seguros de haber recorrido los 100 kilometros que decía el mapa. Un antiguo cartel de carretera tampoco nos guió, y de pronto empezaron los problemas. El camino se fue angostando y convirtiendo en una huella, los 20 kms que decía el mapa hasta el “Puesto el Peralito”, cerca de Minas Ethel, se convertían en 30 o 40. Y además estaba el asunto de la bencina, porque una vez en “Mina Ethel” había que comenzar a subir, sabíamos que hasta Malargüe podíamos ir sin problema, siempre que el mapa estuviera en lo correcto.

Pero el camino seguía avanzando lento, lleno de piedras, ya no era el “camino de tierra”, que prometía la guía rutera, y las empezábamos a ver feas. Casi no avanzábamos, había que bajarse para que el auto no topara, y mientras seguíamos esperando que apareciera algo, el estanque iba bajando de a poco.

Viaiar es constantemente tomar decisiones. Todavía podíamos volver a San Rafael con el estanque que teníamos, pero dijimos que mientras hubiera camino, seguiríamos. Total, tendría que llegar a alguna parte.

Pero de a poco, el camino se fue perdiendo. La huella por la que sospechábamos ir yendo se confundía a ratos con el lecho del río, y había que maniobrar para encontrarla nuevamente. Todo se complicaba, y no había nadie cerca para preguntar. Había vacas, caballos -en abundancia cuando tomamos inicialmente ese camino- cabras, y varias casas abandonadas, en las que paramos a preguntar, y solo salieron animales, perros,gatos. Jaime dice que en un momento dejamos de bromear; yo recuerdo más bien que empezaron las chuchadas y que las bromas iban bastante en serio, porque el peor escenario de todos era pinchar dos llantas, quedar varados en el medio de nada, y a partir de eso, tomar decisiones. Sin celulares, sin nadie a la vista, y casi sin camino. Lo único que podíamos hacer era avanzar por la mínima huella -la que sospechábamos era la correcta- y esperar llegar ya no a Mina Ethel sino a Agua Escondida, a unos 20 kms más al este. Paramos un momento para desinflar un poco los neumáticos; aunque hacía viento, el calor era fuerte, eran las 3pm y no habíamos ni tomado desayuno, solo algunas galletas, y de vuelta al camino. Con los neumáticos más ligeros perdimos un poco el riesgo de pinchar rueda y seguimos, con la esperanza de al menos ver a un ser humano donde cresta estábamos. El problema es que cada poco de esperanza se traducía en una pequeña arbolada desolada, hasta que por fin vimos a alguien. Jaime y yo fuimos a preguntarle a una señora hacia dónde llegaba este camino, y nos dijo que estábamos recién a 27 km de Agua Escondida.

Volvimos al auto, andando muy lento, buscando los caminos, por lo menos un par de horas, hasta que el camino empezó a arreglarse, y apareció un río, un huella más clara, un camino, que aunque a veces se perdía era fácil de retomar. La nave madre, la Ford Ecosport, sin ser un 4X4, aperró demasiado, y pensábamos qué mierda diría el viejo de Jaime si nos viera andando por esos parajes. Seguimos viaje, hace poco habíamos pasado unas rejas y a lo lejos Jaime vio pasar un auto.

Anotación Anexa: hace un rato, cuatro buitres nos miraban desde lo alto. Uno para cada uno.

Seguimos la huella hasta que pronto hubo que entrar a un río y ahí decidimos parar a preguntar. Una cosa era andar por el lecho de un río, seco, y otra andar por el río mismo. (A todo esto, estábamos viviendo un episodio de “La tierra en que bebimos”) Habíamos cruzado piedras, fango, arena, arena, huellas sin destino, y ahora parecía casi inhumano seguir.

Jorge y yo bajamos a preguntar, había un caballo atado y unas telas, un tipo muy amable, Don Gonzalo, nos dijo que estábamos a 5 km de Agua Escondida, donde había nafta, gas, etc. Nos despedimos y seguimos por el río, unos 300 metros hasta que retomamos el camino, y vimos autos pasar. El camino se arregló y por fin llegamos a Agua Escondida. Entonces bajamos a preguntar a la YPF cómo cresta salir de ahí. Había cuatro tipos parados, y bastante amablemente nos hicieron un mapa. El problema es que teníamos que volver por donde habíamos venido, y eso ya era complicado. Luego pasar 3 gomas (neumáticos, al borde de los caminos, para separar fundos), encontrar un molino y virar a la derecha. Unos 100 kilómetros en total. Echamos bencina y nos aforraron, como buenos turistas, con 23 pesos los 10 litros de Súper, en un bidón con una manguera porque la tormenta del día anterior había roto los surtidores.

Con 10 litros más de confianza, retomamos el camino, alejándonos de Agua Escondida. Habíamos estado casi a punto de entrar en la provincia de La Pampa, en la puerta misma, pero no queríamos turistear. Así que emprendimos rumbo norte, y al poco andar entendimos que habíamos tomado desde el comienzo un pésimo camino, porque nos desviamos unos cien metros, y por otro camino bastante mejor, seguimos adelante. Pasamos la primera verja, luego lasegunda, y los problemas volvieron a surgir.

Anotación Anexa: todo ese camino fue sin música, en silencio, ya que la radio se saltaba los discos. Ni hablar de las estaciones de radio, eran un horror.

Pasamos un par de pozas bastante grandes y cerca del camino a la laguna El azufre, vimos una que creímos no podríamos pasar. Entonces, tras evaluar la situación, volvimos y tomamos otro camino, una desviación a la izquierda, que nos llevó a la misma poza. Víctor quien manejaba desde Agua Escondida comenzó de a poco a mover el auto hacia adentro, el terreno era duro y una vez dentro, le gritamos que siguiera camino, que ya no retrocediera. Así, pasamos la primera gran poza. Y seguimos, rápido, porque rumbo a nosotros venía una tormenta eléctrica, y lluvia. Los problemas iban in crescendo y esperábamos el clímax para por fin empezar a arreglar el día, que aunque emocionante, había sido tenso y cansador. Especialmente para los dos choferes, que en total iban cumplir cinco horass al volante.

El climax por fin llegó. Una poza enorme, en curva, con terreno fangoso, muy resbaladizo, sin huellas recientes de auto, solo de camiones, y nada de rutas alternas. Y ya llovía sobre nosotros. Así que tuvimos, por primera vez, que entrar donde no había camino, aventurarnos por entre los matorrales, esquivando las espinas, de a poco, buscando un regreso a la vía principal, que simplemente no existía. Tuvimos que hacerlo, patear la tierra bajo la lluvia que venía hacia nosotros muy rápido. La Nave Madre de a poco, retirando las pierdras, logró volver al camino. Ahora sí, pasada la poza, nos enfrentábamos a la tormenta, directo hacia ella. De pronto, antes de introducirnos, vimos por fin el molino. Avanzamos y la lluvia se convirtió en granizo, muy fuerte. Cualquier poza, ahora, en medio del granizo y de la tormenta eléctrica, significaría parar. Quizás definitivamente. Pero el camino estaba recto y tras la granizada seguimos, esta vez más tranquilos, rumbo a Llancanelo. Ojalá. Avanzamo y vimos carteles y guanacos, sin saberlo estábamos cruzando la reserva provincial El Payén, hasta que encontramos la ruta consolidada. Tras una consulta a un camión de verduras supimos que estábamos bien. El día comenzaba a mejorar drásticamente. Tanto que, consultando a un ciclista por el parque, nos dijo “es en la arboleda. Yo soy el guardaparque”.

Le preguntamos por el precio y nos dijo que era gratis. Lo esperamos en la arboleda y vimos un quincho para asados y un lugar para acampar, todo vacío. El cuidador, Martín Palma, nos dijo que nos instaláramos, y que usáramos los baños y si queríamos cocinar, se podía dentro de su casa.

Instalamos casi sin fuerzas la carpa, y empezamos a cocinar un arroz con lo que quedaba del salame que habíamos comenzado a comer en el auto tras la tormenta. Eso y atún fueron nuestra cena. Más tarde, Martín llegó a tomar un trago y conversamos con él un buen rato, le contamos las aventuras vividas y nos fuimos a dormir temprano, a eso de las 3 A.M., tras seguir viendo la tormenta eléctrica que se alejaba cada vez. Todo en el medio de la nada.

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2 Comentarios en “Bitácora de viaje. Argentina 2005. Día 3”

  1. papion dice:

    ajajajjajaj alo recuerdo como si fuera ayer……dificil olvidar algo asi, fue lo mas caotico del mundo……

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  2. papion dice:

    se te olvido anotar la medida de emergencia , que consistia en dar el gas y cerrar los vidrios……eso en caso de no llegar a ningun lado

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