Fue un despertar agradable. Estábamos a salvo. Pero el instinto llamaba a moverse. Es jueves, es tarde, y tengo ganas de estar allá. Basta de introducciones y vamos a los hechos.

Día 4 – Martes. 2:00 pm

Viajar es tomar decisiones. Evaluar, moverse, quedarse; pero siempre, tras el calor, un lago que parece desierto, bichos sedientos de sangre y carne de chivo, hay que tomar decisiones.

El día comenzó temprano, al menos para mí, antes de que amaneciera, con ganas de mear, pero con una sugestión increíble de salir de la carpa y ver un gris. Una idiotez a esta hora. A las 9 en punto estábamos en pié, salvo Jaime que se tiró a dormir en el auto. Dejamos las cosas y partimos rumbo a la laguna Llancanelo. Martín nos había dicho la noche anterior varias cosas: que la laguna era muy baja, que había pozas para bañarse, y que podríamos hacer un asado de chivo, que Jorge se ofreció a costear durante la noche pasada.

Así, partimos con tres objetivos: laguna, chivo y pozas. El primero fue lindo pero poco útil, una enorme extensión de nada tras la cual venía un enorme fango por el cual se avanzaba… unos 4km para hundirse un poco. Al pisar, salía un barro negro y fue una visita corta. Al menos no tendríamos que recorrer esos 14 km desde el campamento base a la laguna a cada rato, pero por otro lado el calor aumentaba y no teníamos donde bañarnos. Seguimos camino y preguntamos por la carne de chivo; nos dijeron que fuéramos donde Doña Esmeralda, esposa de un chileno del sector, Don Miguel, que según Martín era un “ídolo”, porque era el único que tenía huerto por esas zonas. Llegamos y saludamos, Doña Esmeralda nos dijo que no tenía chivos porque andaban muy lejos, que solo tenía una pierna. Le pregunté cuánto salía y me dijo que no nos podía cobrar por eso. Agradecidos, recibimos la pata, que se veía bastante suculenta, y la dejamos en el campamento base, en el refrigerador de Martín. Seguimos viaje por la ruta en que veníamos ayer buscando otra arboleda, donde vendían carne de vaca y de chivo. En un lugar tenían para consumo personal, y en el otro “como favor especial” nos vendieron a $15 un costillar de chivo bastante grande, que dejamos donde Martín. Finalmente salimos a buscar las pozas. Siguiendo unas huellas llegamos a un lugar donde las vacas bebían agua, en una hora de calor realmente infernal. Vimos pasar un gran pez y sacamos las cañas. Tras una hora de lanzamiento, tos, picadura de bichos, fango y caca de vaca, nos retiramos indignados sin un pez, con los pies picados -al menos yo- y con un calor que pegaba demasiado fuerte. Jaime se tiró un chapuzón en una especie de mini playa donde las vacas claramente meaban, según nos dijo Martín después. Comenzamos a barajar la posibilidad de movernos mañana. Llegamos a calentar el sartén, lo poco de arroz que quedó de ayeren la noche, y a descansar. Víctor en la carpa, con un mosquitero dañado, Jaime encima de una de las mesas, y Jorge y yo en el auto, en los asientos en que no llega el sol, el del copiloto y el de atrás. Jorge lee y yo termino de escribir y pongo música.

6:30

El sol ha bajado y tras las respectivas siestas -personalmente, no he podido dormir bien en todo el viaje- Víctor y Jorge han ido a buscar leña. Víctor también ha sacado cuentas con respecto a la bencina, y vamos bien encaminados. El viernes se elige una reina de la vendimia en Mendoza y esperamos estar allá para entonces. A la espera de comenzar a tirar leña para echar a ese chivo a asar, cierro esta anotación.

Guía útil para el turista: las arboledas significan seres vivos, los tábanos son más rápidos e inteligentes que acá, hay arañas pequeñas, medianas, grandes y rojas como las de Santiago.

Anexo: en Argentina los asados no se hacen con carbón, sino con las brasas de una pira encendida hace bastante rato. Así es como penamos cocinar hoy.

Comimos el asado de chivo junto a Martín, mientras una tormenta parecía dirigirse hacia nosotros, pero que de a poco se fue yendo hacia el oeste, así que no hubo problema. Mientras comíamos, Martín nos explicó que el lago donde estuvimos antes tenía fango podrido y que en las pozas no se podía pescar, pero bueno. Cuando le preguntamos, alzó los hombros. El chivo sabía bastante bien, era algo grasoso pero rico. Fileteado por Víctor y cortado en pedazos chicos, comimos la pierna y la costilla, junto al pan. Según dijo Martín la idea era meter la carne en el pan. Tenía su lógica.

Luego de comer, y ante una asombrosa tormenta eléctrica, la más grande que nos tocó, fuimos a intentar sacar al “General Sherman”, pero sin éxito, y siempre con la posibilidad de que la tormenta girara hacia nosotros. Al menos no hacía un calor infernal, como en la tarde. Antes, entramos la carpa al lugar donde comíamos por si acaso llovía, y al volver, tomamos unas sopas para uno y fuimos a dormir bastante temprano y sin copete.

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