Nada que agregar. Uno de los mejores y más completos días de la bitácora.

Día 7 -domingo, día de sorpresas.

Alguna hora cerca del mediodía.

Ayer, mientras estábamos en la fogata, creímos ver unos flashes, yo pensé que era una cámara de fotos, pero eran raros, más fuertes. Relámpagos. Rayos y centellas. Salimos al camino a verlos, caminamos por la ruta a ensenada hasta que no vimos luz, y nos paramos un rato a ver los rayos caer. Una fabulosa tormenta eléctrica. (Jorge, ahora, afuera de la carpa, dice “está empezando a llover”) De pronto, los rayos se hicieron más cercanos y preferimos no ser blancos tan fáciles, así que acercamos al puente y al camping, donde estuvimos hasta que sentimos que caía la lluvia. Afirmamos bien la “chara” y la carpa chica, con los bolsos. Sacha hizo lo propio con la de ellos, todo en un ambiente de tensión totalmente innecesario, pero una situación así con Calleja gritando, le da cierto toque de película.

Al final la lluvia no fue más que un par de gotas, por lo que regresamos a la mesa, a unos cinco metros de las carpas, a piscolear, Jaime tocaba la guitarra y Sacha armónica. Debido al frío, y a que mi garganta no andaba para nada bien, hasta ahí llegó la noche para mí. Salvo porque Jorge llegó bastante ebrio, y hablando a gritos, cosas sobre la vida en general que Calleja y yo nos encargamos de callar. En fin, ahora domingo estamos dentro de la carpa, con un clima frío, esperando qué será de este día.

Anotación anexa del día 8: se está haciendo complicado continuar con esta bitácora de viaje, la carpa está mojada y la gente se está marchando. Primero, a resumir el día de ayer.

El día 7 fue simplemente genial, a pesar del horrendo comienzo, un enorme plato de fideos nos dio el ánimo suficiente para, solo nosotros seis, sin el grupo enorme de gente, ir a la cascada. Fue una buena decisión, aunque el auto de Paula sufrió bastante. De hecho, partimos tras varias objeciones de ella sobre el peso de los tripulantes y la altura del auto. Tomamos el camino del pueblo “Cascadas” hacia un bosque que habían quemado, una quema controlada bastante fea. Avanzamos por el rally sureño, muy lento, con Calleja de copiloto. Tuvimos que bajar para evitar las rocas del camino, llegamos al estacionamiento del lugar, donde Jorge había estado un par de días antes, cuando nosotros bajamos a la playa. Comenzamos a subir y de a poco, por el gélido río, el follaje comenzó a aumentar, a parecerse a Vietnam o a Jurassic Park, siempre junto a los tábanos. Cruzamos unos puentes hechos de troncos caídos, avanzamos por senderos fangosos, vimos una rata muerta, tuvimos que entrar varias veces al río, donde las sandalias sufrían bastante. De pronto, a lo lejos, vimos la Cascada. Un enorme salto de agua que todavía no era nada desde donde lo vimos. Caminábamos por el río, a duras penas, para Jaime especialmente era un problema, avanzábamos Jorge, Calleja y yo, mientras a ratos llegaba Jaime, Paula y Sacha iban un poco más atrás. Hacia arriba, el follaje era grandioso, ya estábamos cercados por el bosque. Entonces, subiendo una pequeña cuesta, llegamos a la cascada, el ruido que hacía era impresionante. Pero eso no era todo, comenzamos a caminar con Calleja a la cabeza, para pasar por detrás de la cascada, donde podíamos ver el sol a través del agua cayendo. Estábamos felices, gritando a pesar de las gargantas hechas mierda, con el agua golpeando nuestras caras, volteando para poder respirar; luego de pasar volvimos por ahí mismo para disfrutar una vez más, y luego emprender, con las poleras mojadas, pegadas al cuerpo, el largo camino de viaje. Nos las quitamos y pusimos en la cabeza. La gargante me dolía, pero ya no importaba nada. Habíamos disfrutado de un lugar impresionante, un lujo, que validaba lluvias, tormentas, enfermedades y demases.

De tanta felicidad -y luego de que Paula nos advirtiera en términos bien claros que la próxima vez que quisiéramos ir en auto a alguna parte nos podíamos ir a la chucha- decidimos ir a tomar un schop artesanal donde “Don Pancho” antes de ir al camping. Pero antes de eso, un arroz, sopas para uno y cafés. Entonces salimos por completos, pan y el famoso schop. El problema es que, como era domingo, no había, simplemente, nada. Comimos un strudel de guinda y regresamos al campamento base. Jaime y yo bajamos de inmediato a poner en práctica “El plan”. A todo esto, Sacha nos había dicho que estaba la famosa “Sede Social”, donde seguramente habría carrete.

Bajamos a seguir a las chicas, a ver donde vivían, pero la playa estaba casi vacía, y en un cartel se anunciaba la semana de Cascadas. Seguimos a la población flotante de quinceañeras que se dirigían al gimnasio municipal, donde, la noche anterior, mientras yo dormía, los demás habían ido al gran bingo bailable, a verlo por fuera, claro, porque no los dejaron pasar. Camino al gimnasio municipal vimos un anuncio que decía “Pehuén: “schop, pizzas,pool”. No podía ser nada peor, así que entramos. Sobre la barra, un par de viejos borrachos. Preguntamos y la cerveza de litro costaba luca. Habíamos llegado al lugar donde pertenecíamos. Bebimos una cerveza y luego, sin nada que perder, fuimos al gimnasio, donde se realizaba la elección de reina y rey de cascada. Una soberana mierda donde descubrimos que las famosas chicas en bikini, las “madres de mis hijos”, con un poco más de ropa y sus papás al lado, no eran buen prospecto. Volvimos al bar, charlando de lo horrendo que eran nuestras vidas. Preguntamos por poner música, hace un rato nos dijeron que tenían “de todo”. El símbolo, Arjona, Arjona de nuevo, pura mierda, lo más decente que encontramos fue una corridas mejicanas. Con unas letras que hablaban todas de mujeres que se van con tu mejor amigo, de matarse entre las copas de un bar, etc, y pensamos que quizás no todo eran tan malo al fin y al cabo.

Mientras tanto, en el campamento base, comían choclos y barajaban dos teorías: que habíamos hechos “la mano” máxima o que habíamos sido abducidos.

Nada de eso. En el bar, un tipo realmente doblado, llamado Alvarado, nos resumía en términos bastante inentendibles, la historia de su vida. Era auxiliar de buses, loro de los pacos, y andaba con un pendejo, un “pariente” según dijo, que le llenaba el vaso de cerveza. Nos preguntamos dónde llegaría ese chico. Claramente, no muy lejos de las puertas de aquel bar.

Pagamos y aunque barajamos la idea de la sede social, era de noche, sin liternas, y llovía un poco. Así que por el camino principal regresamos al camping, donde “Uñas” había abierto la casa naranja para que todos se refugiaran ahí del frío. Ahí fue la primera vez que hicimos vida social en serio, bueno, mucha opción no había. Con Jaime nos pusimos a tono y empecé a charlar con una chica de Santiago llamada Soledad, que estudiaba canto lírico, hasta eso de las cinco de la mañana, tras varias ridículas maniobras de todos para dejarnos solos.

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