Bitácora de Viaje. Cascada 2005. Día 8.
Tras un día tan movido, este fue, al menos para mí, un día a medias. La historia de terror es cierta y los tipos que la contaron parecían sinceramente asustados. Cada vez quedaba menos viaje, pero los días siguientes no iban en ningún caso a ser menos intensos.
Día 8: Lunes. Siesta. Completos. Historias de terror.
Como decía antes, este día comenzó complicado, pero ahora, a las 5:30 de la tarde, comienza a mejorar. Arreglamos las carpas, con unas bolsas de plástico, y antes, Sole y yo intercambiamos teléfonos. El único problema fue que tuve que tomar cuatro ravotriles para poder justificar la falta de sueño, lo que me hizo perder la tarde. Este día mucha gente se fue, algunos a quienes el frío y la lluvia no les parecieron graciosos. Nosotros, en un momento de tomar decisiones, le dimos al clima un día más y fuimos a pasar este día bajo techo, con una fogata y unas cervezas, de las cuales tomé un vaso antes de ir a dormir.
Horas más tarde, gracias al clonazepam, desperté y el panorama era el mismo de antes, fuego, sillas, y otro grupo unido a nosotros. Fui a un restaurante a eso de las nueve a comer un par de completos y regresé. Como queda poco alcohol, tuvimos que racionar, y esta fue una noche sobria.
Así que nos quedamos hasta muy tarde, hablando de viejos computadores, viejos juegos, y viejas cosas en común. Entonces, de una de las carpas, llegó un tipo medio ebrio, contando una historia bastante terrible, precisa para la noche, aunque ninguno le creyó demasiado por mucho que jurara sobre la tumba de toda su familia que había sido verdad. La historia va así: estaban tres minas y tres hombres acampando la noche anterior en Puerto Octay debido a la tormenta eléctrica, cuando de pronto sintieron que les movían la carpa. Pasó lo mismo varias veces y salieron a mirar. No había nada. Entonces llegó un milico, chuchillo en mano, preguntando si ellos les habían remecido la carpa. Resumiendo, volvieron a las carpas y sintieron esta vez que les tiraban piedras. Salieron de nuevo y vieron a tres pendejos, que les preguntaron al toque si ellos estaban lanzando piedras, porque les habían rajado la carpa. Y aquí se acaba la historia.
A eso de las cinco, Calleja, Jorge, Jaime y yo nos fuimos a dormir, a contar historias de grises y a pedirle a gritos a Paula que nos abriera el auto, que desde que había llegado más gente, apuntaba a las carpas, pero no quiso, así que luego de unas historias medias fomes, nos dormimos, totalmente sobrios.




como que me acabo de acordar de esta wea…. si no entendieron por qué queríamos que paula apuntara las luces del auto a la carpa, es porque queríamos sentirnos “abducidos”.
Jajaja que idiotez