Volví de Reñaca hace poco, al llegar a Santiago la tos me volvió casi de inmediato. Aunque la otitis se fue, el resfrío no pasa del todo y a eso se le suma un dolor de estómago infernal, producto de que volví a tomar ácido Valproico y olvidé tomar Omeprazol para contrarrestar los efectos sobre el estómago. Aún así fue un muy entretenido fin de semana, parecido a los viejos tiempos que de pronto uno se da cuenta que ya pasaron y empieza a tener más y más recuerdos. Es una cosa que me pasa muy a menudo con la infancia. Si, hubo un tiempo en el que yo fui inmensamente feliz, y creo que a pesar de haber sido siempre un “viejo chico” alegón, disfruté a concho todos esos años. El otro día se me ocurrió esta columna, mientras veía a una jueza en televisión que retaba a un niño, y le preguntaba si era acaso consciente de que muchos de sus actos estaban reñidos con la ley.

Si estaba consciente de que era un criminal.

Siempre que se trata de hacer idioteces he sido algo impulsivo, me encanta hacer el ridículo, gritarle cosas como PEDERASTA o TORTURADOR a la gente en la calle, cuando era chico recuerdo muchos episodios de falta de respeto a los mayores, a las leyes… o a ambas. Recuerdo aquellas veces en las que abríamos correspondencia ajena, la llenábamos de escupo y la devolvíamos a los departamentos que correspondían. Eso era en Elvira Garcés, donde vivía mi amigo Juan, un lugar sumamente tentador para probar suerte, ya que estaba al lado de la Escuela de Carabineros, por lo que cuando mayores nos gustaba sentarnos en la vereda a tomar cerveza frente a la guardia de carabineros, era un lugar tan bueno como cualquiera. El alcohol detonaría muchas situaciones reñidas con la ley más tarde, pero para eso habría que esperar. Otra cosa que nos gustaba hacer más o menos en séptimo básico era lanzar escupo a las micros desde el puente Pedro de Valdivia, y cuando nos aburríamos tomábamos bebida e intentábamos achuntarle a los parabrisas de los autos. Una idiotez desde donde se la mire. Pero qué bien lo pasábamos, esa era una condición siempre para hacer idioteces, pasarlo bien. Aunque claro, la adrenalina siempre estaba en juego. No sé por qué si mis viejos me criaron tan bien, desde chico me gustaba robar cosas en los negocios para probar mi capacidad; debo confesar que era muy cobarde de mi parte, pero prefería hacerlo en lugares “seguros”, onda negocios chicos atendidos por viejos, especialmente cerca del colegio Aconcagua. Era más… seguro. Tampoco me importaba mucho llegar y saltar rejas, hasta el día de hoy un cartel de “no pasar” es una fabulosa advertencia a ver qué cresta hay más allá. Allá en los ’90s la calle Bustos pasado Pedro de Valdivia hacia el oriente no tenía salida, y el parque Inés de Suárez era un hermoso peladero con pantano incluído. Para llegar a él había que cruzar por toda una casa y saltar una reja bien alta. Yo no estuve ahí pero contaban que una vez salió un viejo con un rifle.

Cerca del colegio Aconcagua estaba también el Almac de Pedro de Valdivia, desde donde sustrajimos elementos más de una vez. Recuerdo que había unos dulces, como chupetines. Sacamos casi todos y salimos corriendo, luego fuimos lanzándolos, ya chupados, a las peluquerías de las Galerías Madrid, ahí al lado. Ahí cerca estaba también el Cine Pedro de Valdivia, una vez que descubrimos la salida de emergencia, la usamos para entrar a las películas. Eran definitivamente buenos tiempos.

Aunque no era “ilegal” ni nada de eso, todo un tema tenía que ver con la pornografía. Recuerdo haber estado en segundo básico cuando con Sebastián Elgueta veíamos revistas con mujeres livianas de ropa. Después arrendabamos videos en el Errol’s, una vez rentamos “Orquídea Salvaje” pensando que era porno y con suerte salieron un par de tetas. Con mis amigos tuvimos varias revistas, las comprábamos en el centro y las intercambiábamos.

Pero volvamos a los actos reñidos con la ley. Le lanzábamos agua a la gente desde las micros, recuerdo una vez a un tipo que se enfadó mucho y amenazó con pegarnos. Siempre era igual. Amenazas y nada más, quizás por eso nunca me castigaron por nada serio. Ya un poco más grande, en tercero medio, creo, le llenábamos todos los sábado por la noche la parte trasera de la camioneta con basura a un tipo cualquiera, cerca del colegio Calasanz, siempre la misma camioneta… hasta que un sábado vimos a un tipo afuera de la casa y no quisimos seguir haciéndolo.

Pero años antes, cuando mi amigo Bati viajó a Australia, a veces nos colábamos a fiestas y yo pedía el teléfono… para hacer llamadas al extranjero, a Australia. Sólo una vez funcionó, aunque lo intenté varias. Recuerdo haber llegado de paracaidista a varios carretes, y haber sido echado de varios también. Pero hubo algo que pasó muchas veces, destrucción de propiedad privada. Años más tarde en una conversación, los viejos de un amigo me decían qué sacaba la juventud con patear basureros, robar señales de tránsito y romper paraderos. Sólo pude defender a esa gente… dije que vivíamos en un país tan de mierda, increíblemente fome y latero donde los sábado por la noche la única respuesta a casi todo era patear y botar cosas.

Sólo una vez me llevaron los pacos. Estábamos en el colegio, como cabros chicos, tirándonos sobre las ligustrinas, pasándolo bien, y compramos una cerveza. A los dos segundos de haberla abierto, llegó un radiopatrullas. Fue una idiotez y lo peor es que los carabineros se tomaron la cerveza.

Cerveza. Tantas cagadas ocasionadas por el alcohol. Yo ya no bebo pero recuerdo muchas de ellas. Solo algunas se toparon con la ley, hace años atrás, y tuvieron más que ver con conductores que no conocían sus límites. Pero eso sería años más tarde.

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