Desde finales del año pasado que emprendimos el rumbo de lo que será el largometraje con el que pretendemos como equipo, Introfilms, salir de la escuela de cine. Es una revisión ficcionada de lo que fue el documental “La comiquería”, la historia de Jorge David y de Editorial Dédalos, un intento por hacer cómic en Chile. Pero el cómic nacional parte mucho antes, de un lugar donde nosotros no lo agarramos por desconocimiento o porque simplemente es complicado conseguir material más antiguo. Por eso cuando llegó a mis manos el libro “Maximo Carvajal: maestro de la aventura”, libro póstumo de este gran dibujante y guionista chileno, recordé haber visto las portadas de “Asteroide” en las viejas “Cucalón”, y disfruté con la mezcla de ciencia ficción y fantasía que propone Carvajal en sus historietas.

Hace dos años, cuando hicimos el documental “La comiquería”, tuve el placer de conocer al ilustrador Christiano, un tipo sumamente amable y aterrizado, y por lo demás muy gracioso. Cuando leí sus historietas, del “Antipoeta Sanhueza”, o en especial el número del Pato Lliro de “Recuerdos de Cabro Chico”, me reía como idiota, solo, en un café del centro. El texto siguiente aparece en el final del libro de Carvajal, lo escribió Christiano y representa lo que fue Carvajal para muchos de ellos, los que estuvieron antes de nosotros, un gran ilustrador y gran amigo. Lo reproduzco aquí porque según leí en la columna de Álvaro Bisama (El comelibros) en la revista de libros de El Mercurio, lo de Carvajal es un libro difícil de conseguir.

Y es un punto final que sirve de punto de partida para empezar a contar, otra vez, la historia personal de un rodaje. Allá vamos.

“Todo se dio de forma espontánea, y ciertamente algo extraña; la mayoría de nosotros, jóvenes aspirantes a dibujantes, conocíamos tu trabajo de dibujo en revistas diversas, la mayoría sabía que podías contar historias coherentes y que tus personajes dialogaban con soltura, tantos nombres, tantos títulos, “Dr. Mortis”, “GAE 13″, “Guerra” y un eterno etcétera , viñetas de temas variados siendo la ciencia ficción tu favorita, esa donde te sentías a tus anchas. Y así, como que no quiere la cosa, con aires de noche desgarrada sobrevinieron los ochentas, y el ambiente se hizo irrespirable, los agentes llegaron a tu casa y caíste preso, pero haciendo honor al guerrero incansable que eras seguiste dibujando, tuviste suerte y te dejaron vivo, y muchos de esos aspirantes mencionados vieron en tí al maestro, al brujo voluntario que les mostraría la nomenclatura mágica del dibujo de las historietas.

¡Claro!, muchos nos dimos cuenta de tu disposición y accesibilidad, no cualquiera podía explicar con tanta paciencia como poner correctamente los puntos de fuga, o cómo dibujar mujeres bellas huyendo de mosntruos interplanetarios. En eso nadie te ganaba, en abrirle la puerta a dibujantes desorientados; y tomamos once contigo, y preparabas con dedicación ancestral esos deliciosos huevos con tomate.

Para los que insistimos en esas visitas, que incluían tertulias incomparables, porque deja decirte querido amigo, que nos enseñaste el placer secreto de una buena conversación, y ahí la cosa podía ser histórica, o de ciencia ficción ¡cómo no!, lo cierto es que te codeabas con los temas y dabas tiempo para la fábula, las anécdotas hilarantes de los historietistas, alguna que otra mentirilla piadosa de humorista conpulsivo, y aunque esa tertulia se acabara siempre quedaba la posibilidad de tus pitanzas teléfonicas, o donde con talante de comediante perfecto hacías voces, o pretendías suplantar a otro dibujante, y el aire se hacía respirable otra vez, y por pequeños instantes el mundo parecía ser un gran lugar.

Creo que cada uno de nosotros, que somos protagonistas indirectos de esta historia, sentimos una tremenda congoja a la hora de esta despedida, una pena por la deuda de que vieras un libro compilatorio de tu trabajo, no se pudo, sentimos también una gran satisfacción de sentirte tan vivo entre nosotros, de mirar tus historietas de siempre y decir “yo lo conocí, yo me reí con sus chistes y tomé once en su casa”, porque esta nueva odisea que emprendiste en tu nave imaginaria, conquistando planetas y galaxias desconocidas, es solo el preámbulo para clavar la bandera de la esperanza, la misión y el emisario (tú) para preparar los pinceles, las plumas y tintas, herramientas indispensables para hacer la historieta definitiva, esa musa, en cuyos cuadros se dibujan la amistad, el abrazo fraterno y el inmenso amor por el trabajo.

Adiós querido amigo, nunca te olvidaremos.”

Este texto fue leído por su autor en las exequias de Máximo Carvajal

Christiano (Dibujante) Santiago de Chile, 22 de Agosto de 2006.

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