El enemigo. Segunda parte
Así llego la educación media. En mi vida pensé que me cambiaría de colegio, así como siempre he pensado que muchas cosas estables lo serían para siempre. Hasta que lo hice, no pensaba que se pudiera… era así de simple. Pero mi hermano estaba determinado y había un colegio cerca de la casa, así que lo acompañé junto con mi vieja a verlo… era impresionante de entrada. Tenía cancha de fútbol, era mil veces más grande que el Aconcagua, quedaba a dos cuadras de donde vivía… era perfecto. Pero a a la vez encontraría en ese colegio los enemigos más increíbles que hubiera conocido hasta entonces. Con un gran colegio viene una gran responsabilidad. Se llamaba Calasanz, era de los Padres Escolapios. Un día fui con mi amigo Juan, el 31 de diciembre, a ver la lista de los aceptados en el examen, que era bastante fácil. Ahí estaba yo. Me felicitó y nos marchamos. Casi cada noche de ese verano soñé con cómo sería el nuevo colegio.
Y una vez que salí de ahí, seguí soñando.
Pero vamos a lo que nos lleva, los profesores. Los enemigos. Estaban ahí, por montones, esperando. Y había un par de razas nuevas: los curas y los viejos vetustos. Habría que aprender a lidiar con ellos.
No me pregunten su nombre, pero era una vieja de mierda. De castellano, que estaba a punto de jubilar y ya no le importaba nada. Una vez, el director, cuyo apellido era Pértica, iba a venir a inspeccionar salas. Entonces la vieja, en un arranque de lata, dijo “abran los libros y hagan como que están haciendo algo hasta que llegue el director”. Impactante.
Estaba también el “Chubi”, de física, un tipo que sabía cómo hacer que su ramo te desagradara, era un viejo sumamente de mierda que solía llamar a las alumnas más privilegiadas -de físico, no de física- hasta su asiento y empezar a preguntarles cualquier cosa mientras sus piernas se movían rápidamente. Todos pensamos que se estaba pajeando, hasta hoy tengo mis dudas. Que horror.
Un gran enemigo era Flores, de química. Corría el rumor de que no tenía olfato. Una vez hicimos en un agujero en la pared una “fogata” con papeles y liquid paper. Empezó a salir un olor asqueroso, todo el mundo estaba asqueado menos Flores. Fue la comprobación de un hecho. Años más tarde le pregunté si era cierto eso de que no tenía olfato. Me dijo que efectivamente, tantos experimentos sin la protección adecuada le habían dañado ese sentido, pero que como químico era más sensible a olores y sabores. Será. Los rumores dicen que le echaba mucho azúcar al café.
Pero sigamos, la lista es grande. Estaba Tío Mario, de Educación Física, un tipo que jamás en 4 años se cambió el buzo con el que hacía clases. Estaba el gordo Orrego con sus “resúmenes” de historia, un tipo que se dedicaba a leer un libro, escoger párrafos y darse el lujo de llamarlos “re?umenes”. Todos lo amaban por alguna razón. No sabían que era un enemigo. Orrego pasó la segunda guerra mundial en dos clases. Todo un lujo. Era el que protegía a los alumnos en las fiestas donde los raperos de la Villa Frei llegaban a armar escándalo. Un compañero de cine que vive por el sector del colegio me cuenta que le parecía curioso que cada vez que pasaba por fuera, había algo: “Cantar familiar”, “Kermesse”, “Alianzas”, etc. Inventos del enemigo para distraerte.
Y estaban los sacerdotes. En vacaciones de invierno uno se supone que tenía que ir a armar cosas y ayudar en las alianzas, pero yo jamás fui. A vuelta de esas vacaciones, me dijeron “¿Y por qué no vino a ayudar”? Yo respondí que no tenía por qué hacer nada en mi tiempo de vacaciones. Así de simple. Era lo mismo que cuando me negué a rezar, solo me levantaba pero el rezo de todas las mañanas, olvídenlo.
En el Calasanz había gente que odiaba su trabajo. Santibañez, el inspector de Primero y Segundo medio. Un tipo al que imagino levantándose cada mañana con odio, mintiéndo sobre su “vocación educativa”. Enemigos de todo tipo. El inspector de tercero y cuarto medio, que posteriormente fue rector, era peor. Se llamaba Aravena y era lo más cercano a un idiota, no razonaba, y cuando un argumento lo superaba, tenía que gritar. Una vez me agarré a gritos con él, en todo el pasillo, fue lo más cercano a una pelea.
Estaba también Leiva, el “buen profe”. Leiva, el que cuando le robaban la radio del auto, pensba “ya, te la regalo, llévatela” -esto es cierto, lo dijo él- Leiva, el que bebía café, leía a Benedetti y estaba escribiendo un libro llamado “por qué dejé la pedagogía”. No sé si seguirá haciéndolo. No creo. Leiva era el consejero para todo el mundo, un enemigo camuflado, muchos creían poder llegar y contarle sus más profundos miedos, secretos y ambiciones. A un PROFESOR, perdónenme. Leiva era el que iba a los reitros espirituales en Malloco, una profunda instancia de reflexión donde te pasaban textos en primera persona (“yo” tengo miedo a tal cosa porque “yo” me siento menos que otros, etc). Una instancia de reflexión donde los curas -esto lo contaban las compañeras- abrían de par en par las puertas, muchas veces mientras se estaban cambiando, para ver “si todo estaba ok”.
Y entre un cura y profesor estaba Ernesto Morgado. “Funesto Amargado” lo llamábamos. Tenía como 10 hijos. Adoptados. Quiso ser cura pero las ganas de tener sexo lo hicieron retirarse de eso y casarse.
El que era cura pero los rumores decían que se había metido con una apoderada en “Las Brujas”, la desaparecida discoteca, se llamaba Calvo, (los recuerdo por sus apellidos), la historia era que para calmar las cosas lo habían mandado a España a perfeccionarse. Calvo sabía mucho de libros y me guió un poco en el mundo que me interesaba meterme. Era un enemigo en potencia, pero enemigo al fin y al cabo.
Tuvimos muchos, una rubia que duró un mes y se fue al Nido de Águilas, a quien llamábamos “DIU”, muy idiotamente porque después de que se sacaba todo… ya saben, “la polera, la polera, el pantalón, el pantalón…” solo le quedaba el Dispositivo IntraUterino. Que mierda más fome, pero no saben cómo nos reíamos de esas cosas en el colegio.
Tuve una enemiga de teatro. Había uno de Artes plásticas al que le podías presentar un cuadro de mierda y te ponía un 7.
Y Benegoni, por supuesto. Benegonni, no sé cómo se escribía, un viejo al que le veías poco la cara, porque era del laboratorio de inglés, su ramo era un chiste, se sentaba y hablaba mierda de todo, de la chicha que le echaban al gato, de la mierda que eran las fondas, de los huasos, de todo lo que odiaba. Benegoni odiaba todo, todo, y eso lo hacía muy gracioso.
Eran enemigos. Cuatro años de enemigos, incluso uno de “Técnico Manual” -el ramo que más detesté en la vida- en cuya última clase contó una historia muy emotiva. Debe haberlo sido, porque cuando desperté, casi al final de su clase, estaba diciendo que por eso todos sus ex alumnos lo querían, y todos lo rodeaban y parecían querer abrazarlo. A él. Al enemigo. No sin un juicio previo, no sin un Nuremberg de profesores.
Y por fin salí del colegio, por fin, contaba los días, las horas, para entrar a la universidad.
¿Para qué? Para toparme con más enemigos, desafíos más poderosos, esta vez más en serio, con enemigos que realmente podían destrozarte si les caías mal, y tengo un talento especial para eso. Así que sería toda una aventura.
Concluirá
Parte 2 de 3




hasta el dia de hoy recuerdo estar en una pequeña capilla del calazans donde nos llevarona horar por quien sabe que motivo, el asunto es que estabamos con olivares (un amigo con el cual hablabamos de pamela anderson y tetas y sexo todo el dia) hasta que el cura dijo en un momento (con todo el curso presente) “y llegara el gran dia en que el consolador vendra” comprenderan el ataque de risa que nos dio…….raya pa la suma nos hecharon de la iglesa…….ajajajaa lo mejor del mundo
Como no recordar la fogata en la pared, despues vino Orrego y penso que habia un “corto” y por eso la llama, iluso, jamas hubo un cable que pasara por alla.
Creo que mi relación con el enemigo no era tan traumática, yo no me metía con ellos y ellos no se metían conmigo excepto en media que por echarme una vez filosofía empezaron a hinchar las huevas, y ahi cacharon mi super sistema de no estudiar nada en el año, solamente para los exámenes. No les cabia en la cabeza que me fuera bien ahi, una vez saque la mejor nota en fisica, un ramo que tenia en rojo. Ahi el señor leiva se encargaba de molestar a mi vieja en el mejor estilo del abogado que amenaza, bueno, solo se quería sacar un peso de la pega que odiaba. Creo que hoy está mas enfocado en otras areas académicas lejos de estudiantes que no estan ni ahi con el y que el no está ni ahi con ellos.
Comentario aparte de los pantalones de “tio mario” un simio que usaba unos shorts dignos de España ’82, que no dejaban mucho a la imaginación. Cuentan los rumores que un grupo de apoderados ejercieron presión a los curas los que obligaron al “tio” a ponerse un buso acorde a la decencia y buenas costumbres.