Por fin dejé el colegio, y entré a la universidad. Lo que había esperado desde aquel primer día en Kinder por fin se hacía realidad. Era la Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades. Habría que aprender a quererla. Porque no era fácil de partida. La primera impresión era algo así como la facultad de Lobotomía de “Chancho cero”, el comic de Peirano… una facultad venida a menos cuyos tiempos de gloria claramente habían quedado atrás y lo que sobrevivía hoy en día era una gran estructura de cemento con profesores que darían cualquier cosa por estar haciendo otras cosas. Enemigos rendidos ante la batalla. Pero enemigos al fin y al cabo.

La universidad tiene varios aspectos nuevos. La gente -no digo que no pase en colegios, pero aquí es más normal- es más proclive a “dormir con el enemigo”. Para qué estamos con cosas, un compañero que se metió a pedagogía me dijo que era esperable que durante su vida como profesor llegara a acostarse con ojalá más de una alumna. No es que me parezca malo el hecho, pero… es un profesor. Alguien por quien claramente podrías deslumbrarte a buenas y a primeras, total, está ahí adelante, dice cosas que parecen inteligentes, en fin, todo un personaje. Pero dentro de cualquier profesor se esconde un “wannabe“, alguien que quiso ser otra cosa y no lo logró, ese es el gran secreto que intentan ocultarnos. Gente frustrada en posiciones frustradas. Y en la Chile habían por montones. Claros ejemplos de vidas que pudieron haber sido mejores pero que el tiempo se encargó de apolillar y esconder en estantes y oficinas sucias y llenas de papeles. Así, día tras día, aguantando estoicamente, por lo que ellos llaman “amor a la pedagogía”, las condiciones de trabajo más miserables. Como bien dijo una profesora, “cuando tengan cualquier duda, suban al cuarto piso. No los esperaremos con galletas ni café, ni tampoco con estufa porque nos cortaron el gas, pero suban igual”.

Me parece necesaria una aclaración, nunca ha sido un problema que un profesor me evalúe, quizás algunos piensan que lo de “enemigo” va por ahí; para nada. Una profesora dijo una vez que la responsabilidad de la universidad con la sociedad era entregar gente capacitada y que por eso tenía que evaluarnos. Un discurso hermoso para los años ’50, pero absolutamente innecesario. Todos sabemos a lo que vamos cuando entramos a estudiar. Por eso que la universidad fue particularmente… “interesante”, no conocí a nadie durante cuatro años, casi únicamente a gente pedante que creía estar salvando el universo leyendo libros. Eso me molestó mucho. No hice muchos amigos. Pero volvamos a lo que nos reúne. El enemigo. Recuerdo a viejas glorias como la profesora Cuneo, de poesía. Una vieja que estaba casi muerta, la tierra la llamaba a gritos. Ana María Cuneo, sus mejores días habían pasado hace demasiado tiempo, con un amigo que conocí por esos años la llamábamos “el robot”, y jurábamos que lo que tomaba en su taza era aceite para mantener los engranajes. Impactante. No sé, honestamente, si seguirá viva.

Me encantaba leer pero el desgano transmitido por los profesores hacía insufrible los días. Linguística, Teoría Literaria, ¡Latín! Cuatro semestres de Latín, interesantes para saber cómo se construye el idioma, pero enseñado por gente sin ganas. Profesores derrotados de entrada, maestros sin ganas de educar. Recuerdo un ramo que me eché tres veces, Teoría Literaria 2, con Vaisman, el “Colo Legrand”, un tipo que se paraba a contar chistes malos y que me rajó siempre. La cuarta vez tenía dos opciones, hacerlo en grupo y dar un examen oral o hacerlo solo y esperar la nota. Por supuesto hice trampa. Usé un examen viejo y le puse mi nombre, eso provocó una “paradoja” en sus sistemas operativos, un error de sistema que me permitió pasar. No podía ponerme mala nota, porque ese examen ya había sido calificado, la primera vez que lo hice -o que mis compañeras lo hicieron- con un 7, y no podía hacer un examen oral porque lo había entregado solo con mi nombre. Cuando me dieron la nota salí con una sensación de victoria en la boca.

Pareciera escribiendo estas líneas que no me interesaba para nada la carrera; no es así. Me interesaba leer, me encanta leer y analizar textos, pero cuando todo es paja semántica y análisis que no llevan a ningún lado, no soporto el asunto. Realmente. Así que me dediqué a leer todas las novelas que pude, todo el teatro, escribir por mi cuenta, buscar un estilo, llenaba cuadernos con cuentos en clases, me dedicaba a describir con lujo de detalles al profesor, narraba sus movimientos. Cuadernos y cuadernos de historias que todavía conservo. Aprendí lo que me interesaba más que nada. Pero la relación con el enemigo tuvo que volverse más inteligente, por ejemplo recuerdo un último ramo… cómo se llamaba, algo relacionado con linguística. En fin, había un tipo llamado Victor, muy inteligente pero con un talento que parecía que no iba para otra parte que para quedarse eternamente en el casino bebiendo café y analizando Latín. Victor era muy amigo del profesor. Entonces estudié siempre con él para que notara que me esforzara y que transmitiera eso al enemigo respectivo. Tiempo después me dijo que yo había “tenido suerte, porque en realidad me había echado el ramo pero el weón sabía que me había esforzado”. Eso no se llama suerte, se llama estrategia, es lo que nos permite ganar las guerras.

Destacto a un tipo llamado Fabio Salas, un rockero de corazón, que tenía dos electivos que toda persona debería tomar, “Historia de la música rock” e “historia del underground”, de lo mejor. En fin. Sigamos. Recuerdo el departamento de Teoría Literaria, el olimpo de la universidad, recuerdo a Gotschlich, el profesor de seminario de título, que decía que académicamente hablando la literatura chilena de los 80 en adelante no existía. Que lindo. Eso se llama PAJA, no tiene otro nombre. Estaba Federico Schop, en cuya clase me pasaba durmiendo -debe haber sido algo en la cadencia de su voz-; éramos cuatro alumnos y me dormía toda la clase. Al final le pedía disculpas. Siempre sonreía, “no importa”. Y así uno tras otro, siempre con estrategias, buscando la parte que me interesaba y desechando lo que claramente jamás me importaría. Y llegó el examen de grado, no era CLARAMENTE el mejor alumno ni nada por el estilo. Así que fui vestido de “reservoir dog”, de perro de la calle, un asesino a sueldo. Eso me dio algo de confianza y mientras hablaba y exponía me imaginaba a Michael Madsen cortando una oreja y asesinado a los profesores. Siempre he imaginado eso, saco una katana y corto cabezas. Salí airoso y una semana más tarde estaba entrando a estudiar cine. Ahí ya era otra cosa, “profes buena onda”, en vez de viejos sabios, se habían acabado mis años académicos, este enemigo no representaba ninguna dificultad, no era el tiempo de aprender a derrotarlo sino de prepararse para el mundo.

El enemigo se vendría convirtiendo en realidad. El enemigo ahora sería tu jefe. Y creo que de cierta manera todos quienes se hicieron amigos de los profes, pueden en algún momento llegar a confundir las relaciones, y malentender cualquier jerarquía empresarial donde no eres amigo de tu jefe, pero quizás te parece que sí, porque se llevan tan bien, etc.

Todo un mundo. Siempre pienso en “qué pensaré cuando esto haya pasado”. Siempre, con prácticamente todo. Debo haberlo hecho aquel primer día de clases… “qué pensaré cuando esto haya terminado”.

Ahora lo sé. Se siente bien.

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