Noviembre, las tardes y Ariatna [Cuentos]
Cuando iba como en sexto básico llegó un profesor de castellano nuevo, alto, de abrigo negro y con cara de vampiro. Lo primero que hizo fue decirnos que nos paráramos en los pupitres. Ninguno de nosotros había visto “La sociedad de los poetas muertos”, pero parece que él sì, y demasiadas veces. Rudyard Fuster hacía clases en un colegio para niños deficientes mentales, tocaba el saxofón, escribía poesía, y por alguna extraña razón había llegado a mi cuico colegio. Nos hizo ver películas de terror y casi no tuvimos clases, lo que provocaba que de un día a otro encargara pruebas de como 100 páginas. Al final, Carolina López, la siempre mojigata Carolina López, lo acusó con su mamá, que estábamos viendo “La profecía” y weás así. Fuster se fue. Y dejó una sarta de consejos del tipo “usar condón es como lavarse las patas con calcetines”. Habían pasado años de aquella época cuando recordé al viejo Fuster y me salió este cuento, de un tirón. Así salen a veces.
Originalmente publicado en Zona de Contacto, de El Mercurio. Fecha desconocida.
Noviembre, las tardes y Ariatna.
El profesor Fuster sospechaba que algo andaba mal desde mediados de año, porque el invierno había sido demasiado frío, su resfriado no parecía ceder y el té de ciboulette le estaba cayendo mal por las noches. Tuvo la certeza, sin embargo, cuando llegó la carta del municipio anunciándole que la feria del libro que se realizaba cada tercera y cuarta semana de Noviembre sería cancelada. Luego de varias décadas, el servicio de ferrocarriles volvería a andar y la vieja estación necesitaba reparaciones urgentes. Por primera vez en 35 años no tendría que preocuparse de organizar a sus alumnos, de convocar a la prensa y a sus conocidos intelectuales, de pegar afiches por la ciudad.
-Esto no parece Noviembre -se dijo- incluso hace un poco de frío.
El recuerdo de Ariatna llegó después, mientras preparaba unos fideos en la cocina e imaginaba una protesta estudiantil exigiendo la feria, como en las películas. Mientras echaba el queso rallado lo pensó mejor y decidió no decirle nada a sus alumnos. Tal vez ni siquiera lo recordaran. El Sr. Fuster se tendió en su cama a leer y a beber un té, desde hacía algún tiempo no usaba el sillón de la salita de estar, pues le causaba dolor de espalda y la luz del atardecer le cansaba los ojos.
No se habló del asunto en clases, y así pasó casi la mitad de Noviembre, sin mucha bulla y con la generación del ’27 siguiendo a los alumnos hasta sus casas, con las células reproduciéndose a toda velocidad y las máquinas trabajando en la estación, con menos frío que en el resto del año pero aún sin calor, y el resfriado que no terminaba de mermar al Sr. Fuster. Durante un recreo, en el baño de profesores, perdió el equilibrio y cayó de rodillas frente al lavamanos, con una mano en el pecho y la sensación de estar envejeciendo sin siquiera haberlo imaginado. Afortunadamente nadie pudo verlo. Esa misma noche, mirándose en el espejo del baño, le pareció ser más pequeño que antes, y estarse llenando definitivamente de pliegues en la piel. Incluso creyó en un momento escuchar que Ariatna se reía, viendo desde la puerta como había pasado el tiempo sobre él.
Sabiendo que era casi imposible, consiguió licencia médica un par de días para volver a plantearse ante la vida, para ver si podía cambiar. Aquella idea rondaba su cabeza desde hacía años atrás, el deseo de olvidarla de una vez y para todas, el creer en dios,
el de jubilar, eran todas situaciones que le causaban temor de sólo pensarlas. Olvidarla significaba desdecirse de la mitad de su vida, creer en dios significaba reconocer que todo estaba mal, y jubilar era como aceptar que ya no podía más. Además conocía historias de profesores que morían el lunes siguiente de dejar su colegio un viernes en la tarde por última vez. No, una persona orgullosa como él, que difícilmente aceptaba sus errores en las correcciones de pruebas y que negaba el instinto gregario colocándose como ejemplo, nunca habría aceptado la posibilidad de cambiar, y si aceptó al menos pensarlo, fue porque estaba apreciando desde la primera fila como parecía acabarse su vida. El primer paso fue cambiar el ciboulette por el café.
Soportó la licencia sólo un día: el jueves. Se despertó a las siete y media, un poco más tarde, y por más que intentó no pudo volver a dormir, así que revisó algunos de sus textos y corrigió pruebas. A las diez ya no tenía nada que hacer excepto recordar, por lo que salió a caminar por el centro, a ver como estaban las cosas desde que las cosas ya no eran como solían ser. No vio ningún cartel de la feria del libro, no respondió las preguntas de la prensa, no encontró a nadie conocido, y regresó a casa con la seguridad de que aquel mes no era noviembre, que noviembre tenía siempre el sabor a ciboulette por las tardes y el recuerdo de Ariatna emergiendo de entre el vapor del agua, del horno, de cualquier parte, como para recordarle que por más que lo intentara había algo que no podía cambiar, que no dependía de él: no podía olvidarse de ella.
-Realmente esto no parece noviembre -se dijo.
Y tanto insistió aquella idea en su cabeza, que acabó por convencerse de que estaba en otro mes, uno nuevo dentro de los doce que se repetían siempre, al que bautizó “Ariatna” a falta de cualquier otro nombre en su cabeza. Entonces, al regresar al colegio comenzó a poner en la pizarra 20/A/98, y por sobre el “Noviembre” tachado con tinta azul en el libro de clases podía leerse aquel nombre. Sus alumnos no hicieron mayor caso al cambio. Era común que el Sr. Fuster se desconcentrara en clases y llamara sin querer Ariatna a cualquier niña de la sala. Era el sentido, su razón de vivir, y sin embargo nadie sabía porqué, y nadie querría tampoco tomarse el tiempo para detenerlo en los pasillos y hablar de mujeres con un quincuagenario al que incluso algunos alumnos temían, por sus extraña manera de ser. Vestía siempre de negro, rara vez bromeaba y jamás miraba a los ojos a ninguna mujer. Si tenía amigos nadie los conocía, lo único seguro era que vivía sólo desde los 20 años en el mismo lugar, frente a la vieja estación de trenes, y que se interesaba solamente en su gran obra: la feria del libro de las dos últimas semanas de Ariatna, que lo lanzaba a la fama una vez al año.
El mismo día que pidió en el ministerio el formulario para la jubilación, se acabó el café en su casa y un agudo dolor de pecho lo obligó a acostarse más temprano. Eran los últimos días del mes más extraño de su vida. Encendió la radio y escuchó las noticias: no decían nada de él. A las diez y media unos fuertes temblores sacudieron su cuerpo, intentó ponerse de pie pero cayó de espaldas, sudando. Se sintió mareado y corrió una de las frazadas para cubrirse, dispuesto a pasar la noche sobre la alfombra. Maldijo no tener a nadie a quien abrazar, a quien aferrarse durante su agonía.
Ya no era el protagonista, aunque fuera por dos semanas, ya no estaba dirigiendo su feria y le hacía falta el sabor del ciboulette en la boca. Se prometió en susurros permitirse algunas licencias, asistir a la iglesia, llenar el formulario de jubilación. Y si por primera vez en tantos años todo era diferente, si ya no estaba en la televisión ni en la radio, si a nadie le importaban sus libros, si todos esos tópicos habían desaparecido, Ariatna también, y junto con ella la amargura en su rostro, el cansancio en sus ojos, la tersidad de sus labios.
Al haberse ido Ariatna llegó diciembre, como de costumbre, con los exámenes finales, los ruegos por pasar de curso y la negativa del ministerio al formulario de jubilación. Las máquinas ya no estaban y en un par de días el intendente inauguraría la estación remodelada. El Sr. Fuster, ya recuperado y con una cruz colgando de su cuello -aunque oculta por la ropa- continuaba su rutina, la misa, el cansancio de las mañanas y el resfrío que desaparecía lentamente, mientras pasaba las tardes con un café cargado y el recuerdo de Ariatna apareciendo como siempre de cualquier parte.




no quiero pensar que este cuento esta basado en tu vida, pero si es asi quiero ser la que te abrase. te de compañia, me es interesante saber que podemos tomar experiensas de nuestras propias vidas para escribir,me parece que necesitas confiar mas.un beso
JA, QUE VUELTAS DA LA VIDA, NO SABES LA ALEGRIA QUE ME DIO CUANDO LEI TU CUENTO DESPUES DE TANTOS AÑ?OS.
SIGO ESCRIBIENDO, SOÑANDO Y ENSEÑANDO COMO DICES EN TU CUENTO, AUN NO JUBILO Y MENOS AHORA QUE LOS ESTUDIANTES DE CHILE LE HAN DADO UNA LECCION A LOS VIEJOS POR HACER LAS COSAS FOMES Y A MEDIAS ESTOY CON LA REFORMA DE LA REFORMA ESPERAND0 QUE NO SEA UN NUEVO SUEÑO NI OTRA QUIMERA PARA JUSTIFICAR LO INJUSTIFICABLE.
UN ABRAZO FRATERNO DE TU ANTIGUO MAESTRO
no puedo creer que el profe fuster haya aparecido luego de tantos años……es lo mas freak que a pasado
Y no desaparece, ni te cuento cuentos.
Es interesante,será el mismo profesor Fuster que era director del colegio montessori de san Bernardo en los finales de los 80…ME HIZO CLASES EN ESE TIEMPO!!!….SALUDOS A ÉL SI LEE ESTO.
saludos.
mmmmm veo que tiene referencias de lo que habla dia a dia reconozco que cada ves me sorprende con algo nuevo supongo que debe ser el mismo maestro mmbueno eso se sabra dspes. saludos a todos menos a uno.se despide un nuevo alumno en su trayectoria
hola profesor
… mientras leia recordaba al profesor que vestia un largo abrigo negro y su impecable traje.
quien luchaba contra el tabaco fumando un cigarrillo sin encender o saboreando un caramelo.
es la idea ¿verdad?
Es la idea Ingrid, es la idea…
saludos.
Rudyard:
No puedo más que fascinarme con el cuento y reconocerte una vez más. Esa creatividad, esa chispa, esa agudeza… siguen siempre vivas. Recordé también, al igual que tu alumno, el detalle: El largo abrigo negro y el impecable traje.
¡Me ha tocado una varita mágica! Me he vuelto a reencantar en el camino de la poesía.
¡Felicitaciones!