Los teléfonos de mi vida
Yo llegué tarde al asunto de los teléfonos celulares; nunca me interesó mucho y hasta que no comenzó a convertirse en una necesidad por cosas de trabajo o fiestas imperdibles, tenía una teoría sobre los teléfonos: si alguien quiere ubicarme, o sabe donde estoy, o sabe a dónde voy. Pero luego resultó que el círculo de personas que conocía se agrandó y bueno, fue un despelote. El primero que tuve duró un mes, solo recuerdo que era smartcom (o la marca que hubo antes, ¿chilesat?- recuerdo que empezaba con 6 y que lo perdí en una fiesta donde le propuse volver a una ex y me dijo que andaba todavía con su novio, y tras eso, bebí mucho y lo perdí.
No fue una gran pérdida, por lo que demoré en tener mi segundo teléfono, el Nokia azul que ven en la foto, carne de perro total. Soportó muchas caída, recuerdo que varias veces me dije “ahora si que cagó” pero nada. Una vez, en el Pancho’s Bar, estaba con Jaime y afuera llovía mucho, por lo que andaba con mi sombrero, el que dejé en la mesa, y sobre un ala, aquel celular. Un borracho de la mesa próxima volteó y me dijo “déjame ponerme el sombrero”, le dije que no tres veces y a la cuarta lo tomó igual, botándo el teléfono. El muy saco de weas me dijo “no compadreee, si estos son carne ‘e perro, resisten todo”.
Tenía razón. Pero las fallas empezaron a hacerse más graves, durante enero noté que cerca de mi trabajo no funcionaba, no podía emitir ni recibir llamadas, solo mensajes. Era un radio pequeño, digamos que llegaba a Pedro de Valdivia y funcionaba. Pero esa “área de falla” fue expandiéndose como un cáncer, ya ni siquiera en mi casa podía llamar, ni mandar mensajes, ni nada. Era una lata, perder tanto teléfono anotado, fui incluso a Movistar y me dijeron que, de partida, no podía conservar el número porque le pertencía a la compañía y lo que yo quería hacer era cambiarme de compañía. Le intenté explicar a la señora que si quería cambiarme de compañía era porque mi teléfono no funcionaba, y me dijo que hiciera un reclamo. La fila era gigante así que me marché y reclamé por teléfono. Ante la respuesta de que “vamos a ver”, decidí mandarlos a la mierda y optar por Entel. Me tienta el hecho de poder cambiar de chip y seguir usando el número y la agenda.
Sobre el Nokia… lo tendré hasta que pase los contactos. Ya me había acostumbrado a su horrenda alarma, a quedarme dormido con él cuando lo seteaba en 15 minutos extra para dormir y lo ponía bajo la almohada, era un buen amigo, sin lugar a dudas. Pero si un amigo con cáncer terminal te pidiera que te cambiaras de amigo… bueno, no sé. Por un amigo mejor, con una camarita integrada incluso, por si ves situaciones interesantes en la calle, poder tomarles foto… bueno, quizás matarías de un balazo a tu amigo terminal.
O quizás no, no sé. Son teléfonos. Pero uno que es medio “shinto” para sus cosas, no puede evitar sentir un poco de pena al cambiar algo tan propio, y que duró tanto tiempo.
Ah, y si preguntan qué teléfono es, es un Samsung C406. Se ve bueno. Veremos que tal se porta.




