La dieta del joven escritor

La dieta del joven escritor soltero. Pichanga surtida, Fanta, leche para los caracoquesos -de las pocas weás que se cocinar- y una cerveza destinada a celebrar, pero que quedó cerrada por esta vez. Destaco lo de escritor “soltero”, es obvio que no ando impresionando a nadie con este refrigerador.

Hacía frío anoche. Mucho pero mucho frío, y cuando volví a mi casa, después de tomar una sopa para uno, me tiré a ver las noticias. Fue el comienzo de una letargo feroz que me atacó de manera impresionante, y que junto con el frío, me obligó a llevar la tele a la pieza, y poner la estufa en el pasillo apuntando hacia dentro. Eso, por supuesto, junto con un buen guatero, y me eché a ver tele… primero vi “Amango” (una porquería atroz pero que hubiese disfrutado mucho a los 14) y después Grey’s Anatomy, y después… nada. Después escribí hasta la penúltima escena, y me empecé a cabecear pensando que necesitaba un mejor clímax, por lo que empecé a meter mano a varias escenas previas. No tenía ganas de escribir sino de leer, así que seguí con Asimov hasta eso de las 3 de la mañana. La escena final me tenía complicado, no parecía un clímax, había que llegar de otra manera ahi… y decidí dejar eso para el día siguiente. Sin considerar, claro, que despertaría igual tarde, tipo 10. Con Belisario Velasco en la tele. Entonces entendí una cosa fundamental: estaba en la playa para escribir, y con la tele en la pieza, me sentía en mi pieza. Apagué la tele, y empecé a cocinar unos caracoquesos.

El tiempo pasaba, empecé a ordenar y me dí por vencido: escribiría aquella última escena en el bus. No se me ocurría nada. Así que guardé la cerveza que tenía por si quería celebrar -miré la fecha de vencimiento, durará 12 meses más- y una vez cerrado todo, me dirigí al terminal de buses. El siguiente era a las 17:18 (así de preciso) y eran las 17:11, todo perfecto. Partimos y me senté con el laptop. Entonces, camino a Algarrobo, me iluminé y tipeé aquella escena final. Por fin. No les voy a contar de qué se trata, para que sea sorpresa. Y el resto del camino fue de correcciones al guión, anotaciones al margen y dejar todo listo. Así casi ni noté cuando llegamos a Santiago. Todavía me quedan anotaciones, pero fue un fin de semana bastante provechoso, con el que podremos enviarle el guión al asesor, Rodrigo Cuevas, para que lo lea y el sábado nos cuente qué onda.

Quedé con ganas de volver a la playa… pero hace mucho frío. Hay que aprender a ser más productivo en la ciudad parece. Sin embargo no hay nada como escuchar el rumor del mar de fondo, hoy en la tarde también soplaba un agradable viento marino y me quedé ahí un rato, sintiéndolo.

Lo echo de menos ahora, tipeando esto desde mi cama.

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