Una historia personal de la Fe. Segunda Parte.
Viernes ya. Cómo pasa el tiempo. Sigo con otitis pero el horizonte se ve despejado y estamos con mis amigos preparando una sorpresa que ojalá resulte. Sería bien bueno. Mientras continuamos con esta historia de encuentros, desencuentros y desazones relativas a la Fe.
Tal como la historia de los deportes y los profesores, la Fe también tiene una separación en antes y después de la educación media. Porque cuando me marché del colegio Aconcagua, nunca sopesé al seleccionar el Calasanz que la religión sería algo importante; de hecho no pensé en eso cuando entré: pensé en que me quedaba cerca de la casa y en que tenía una gran cancha de pasto. El primer día nos hicieron rezar, en mi vida había hecho eso. Recuerdo que cuando era chico me molestó mucho ver a mi abuela hacer eso de “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Si había alguien en el mundo que no tenía culpa de nada, esa era mi abuela. No recé. Y me negué a leer las lecturas, fue mi primer roce, no me interesaba la religión, como a casi todos, pero la diferencia es que yo estaba dispuesto a demostrarlo si era necesario. El Calasanz era un mundo raro: las agresiones físicas no eran mal vistas, en el Aconcagua si un tipo quería mirar por debajo de la falda, era reprimido, castigado. Acá no. Acá el macho alfa, el idiota que pegaba cachamales, apenas era reprendido. Era un colegio machista donde el tipo que se acostaba con cien minas de la Villa Frei era el mejor, pero si quedabas embarazada, podían expulsarte. Todo lo físico era bueno. Lo intelectual, en segundo plano. Eso era llamativo y desagradable, pero en rigor no tenía mucho que ver con la fe.
Recuerdo tras volver unas vacaciones de invierno, que un cura nos empezó a preguntar por qué no habíamos ayudado al curso para la semana del colegio. Como sorprendido, dije “son mis vacaciones… quiero ver a mis amigos…”. El colegio se vivía dentro y afuera, y también la religión. Pero no esa religion sincera, sino esa ficticia que consiste en ir a misa pero ignorar a los pobres, en rezar pero desviar la vista cuando alguien requiere tu ayuda, en responder rezos como idiota pero pegar cachamales a tus compañeros.
Yo viví la Fe de diferentes manera, una era el colegio y la otra se conformó a partir de mi experiencia en la parroquia “Nuestra Señora de la Paz”, ahí en Echeñique, donde conocí a un montón de gente, formamos un grupo de teatro y conocí a mi primera polola. Los misteriosos caminos del Señor.
Pero antes, todavía seguía en mi casa obligado a ir a misa. Y a rendir ante mi viejo una serie de exámenes que tenían que ver con memorizar cosas, sacramentos, cosas así. Nada muy interesante ni muy inteligente, pero si muy repetitivo, y cada domingo era la misma estupidez, ya me salía barba y mi viejo insistía en que hasta los 18 años iba a tener que ir a misa.
Y decidí aprovecharlo. Observar a la gente. Mirarlos. Me convertí en un observador, durante una hora todos los domingos miraba a alguien, pensaba en sus preocupaciones, escribía mentalmente sus problemas, era un buen ejercicio. Y conocí a un grupo de personas con las que formamos un grupo de teatro llamado… a ver.. “Apeiron”. Hicimos una obra de teatro llamada “La princesa Panchita” (sigh) y dicen que salió bien. Ahí conocí a Carolina, mi primera novia. Cuando se invente la máquina del tiempo volveré a intentar hacer las cosas mejor, era un pendejo y para variar arruiné todo, pero eso es harina de otro costal. El teatro no afectaba la fe. Pero recuerdo que cuando había que darse la paz en la misa, no me quería besar en la boca. Ah, acabo de recordar otra cosa. Ella había hecho algo así como una… a ver… se había consagrado a la vírgen María, en Schoenstat. No me pregunten ahora de qué se trataba eso, porque no me acuerdo. Una vez ella me dijo que quería que pasáramos un mes sin besarnos o tocarnos -nada pasado de un inocente primer grado- yo me reí, no entendí en ese entonces que era una forma de decirme “quiero estar seguro de que me quieres”, algo que me esforcé en no demostrar. Vaya dios a saber por qué.
A propósito de Schoenstar, una vez Pancho nos llevó al Bati y a mi a unas reuniones… dijo que habían minas muy ricas y que fuéramos y weás. Estuvimos un buen rato hablando con un cura, comiendo papas fritas, y de pronto nos dice “bueno es por eso que los grupos son separados en hombres y mujeres”. Y le preguntamos por qué. Luego le dijimos la verdad: no creíamos en Dios -Bati y yo, Pancho sí- y veníamos a conocer minas. El cura no lo tomó a mal. Le habremos servido como ejemplo para algo.
En el Calasanz, mientras tanto, había retiros religiosos a los que varias veces me negué a ir. Una vez nos lanzaron a Diana -una amiga- y a mí a prekinder como castigo por faltar. Estábamos atracando frente a los pendejos cuando una tía nos dijo que no hiciéramos eso y no volviéramos más. Recuerdo que asistí a un sólo retiro, y participé como para “ser del grupo”. Pero me estaba traicionando y lo sabía. No tenía la culpa, todo el clima era propenso para que cedieras, las velas, la oscuridad, la compartida intimidad. Recuerdo los textos de “estudio”, todos escritos en primera persona: “YO soy pecador por eso YO me arrepiento”. No los leí. Me dediqué a escribir ese tiempo.
Los curas y los profes dormían en el pabellón de mujeres. Ellas contaban que cuando estaban cambiándose de ropa, de la nada y sin avisar entraba un cura y decía “¿todo bien?”. Luego cerraba la puerta. Qué horror.
Yo nunca creí. Y me negué a mentirme, no podían obligarme, después de hacerme tanto leer y pensar, a creer que había un ser etéreo, grande y poderoso. Nosotros somos los que hacemos naves espaciales. Siempre pensé que esto de la fe se trata simplemente de creer o no creer. Y no es “yo quiero creer”, es CREES o NO CREES. Ningún lado es mejor que otro. Son simplemente diferentes. A veces pienso que debe ser agradable tener una razón para vivir más allá de la inminente y terrible muerte, a veces cuando estoy triste pienso que debe ser interesante consolarte en algo menos helado que la propia soledad. Pero a la vez eso te forja un carácter. Una forma de ser. En la mía, quejumbrosa y apestada, pocas veces está Dios presente. Tengo una confianza enorme en la capacidad humana, en la amistad, en el talento, en la gente, incluso tengo fe todavía en la gente, no soy un descreído a pesar de todo lo que he visto y he tenido que vivir.
Sigo creyendo en la gente… a pesar de todo.
Y si eso no se llama tener Fe, que me lleve el diablo.




“Los misteriosos caminos del señor”, me suena a “que si Dios quiere”… No hay fe más perfecta que la que uno puede tener consigo mismo y los demás, sobre todo porque es la más dificil de explorar y mantener. No se trata de darle a los pobres o hacer obras sociales para llenar el espíritu… eso sirve para conseguir polola, es verdad… la fe es lo que uno quiere que sea, siempre que te haga sentir bien.
Viva el demiurgo…
A todo esto… con barba tienes pinta de cura…