Una noche cualquiera para la Kournikoba Chilena.
Hace ya más de un mes mi amigo en segundo grado Willy tuvo una hija, Matilda, asunto extraño pero que dicen que sucede para que la civilización avance. En fin, no solo las cosas envejecen. Willy ha cambiado, ya no toma, fuma menos y carretea menos. Entonces a él le dedico esta historia, de un paseo a su casa en Reñaca, con la artista invitada de la semana: Candy, la Kournikova chilena. Y por supuesto, Pablo. Imperdible. La historia que siempre prometí escribir, por fin está acá.
Este blog tiene en sus comienzos una bitácora de viaje en el sur de Chile, en Cascadas. Bien, algunos días antes estuvimos Jaime, Víctor y yo -personajes habituales de la sección de viajes- en Reñaca, en casa de Willy, para calentar motores. Días de relajo, piscina, discotecas, en fin, Willy estaba solo allá así que tomamos el auto y partimos sin pensarlo demasiado, allá estaba además Pablo, que es… no sé cómo decirlo. Hay palabaras para casi todo, pero una que reúna tantas cosas me cuesta encontrar. En fin, veremos si sale una que no suene a insulto. O si alguien, leyendo estas líneas, puede aportar con alguna. El hecho es que estando en Viña no quedaba otra opción más que carretear, Willy se ponía con las entradas a las discotecas -asunto que no me gusta mucho- pero a dónde voy, en especial si hay un show tan de nivel internacional como el de Candy, la famosa Kournikoba Chilena.
Pero no nos precipitemos. La noche anterior habíamos salido -auspiciados por Willy- a una discoteca llamada Puerto Madero, una soberana mierda donde una gorda con evidentes problemas de autoestima bailaba sola en una traje blanco fosfórico, ideal para fetichistas. Jaime y yo nos fuimos, a ver tele y comer papas fritas. A eso de las seis de la mañana llegaron Pablo con Willy y con dos minas. Venían los dos ebrios, Pablo dijo “me voy a acostar” y fue a la pieza. A los dos minutos volvió sin camisa y preguntando por su billetera. Mientras Willy había prendido el pc y le mostraba a sus invitadas fotos de su ex polola por la cual andaba destrozado (saludos a Tamara, by the way). Lindo panorama. Entre los sollozos infantiles de Willy, la guata de Pablo al aire y las dos minas que no entendían bien que ocurría, las dos minas se apestaron. O creyeron estar en una cámara escondida, no lo sé.
Pasó ese día y al día siguiente había free pass para “el” evento: la kournikova chilena. No sé si deba explicar de qué se trata el show… alguna vez planeo ser un escritor serio y este tipo de descripciones pueden corromper mi intento de entrar a las grandes ligas. En fin. Veremos que pasa. Ah, pero antes de eso, a Pablo le teníamos un castigo: por jugoso, no iba a ver el show. Estaba “vetado por los amigos”. Alegó, alegó, y al final fue, cosa de la cual hasta el día de hoy debe arrepentirse. Willy y él, antes de salir, le pusieron algo de gasolina al cuerpo, con unas piscolas estilo “tecito” y entonces partimos.
La socialización en lugares como discotecas es extraña, no puedes hablar con nadie, hay que comunicarse bailando, como si no hubiéramos superado esa fase, como si fuéramos pavos reales mostrando las zapatillas con más neones y los pelos más en punta posible. Y si eso les parece raro, escuchen esto: en algunos eventos separan a los hombres de las mujeres -creo que en algunos colegios siguen haciendo eso- y hay show femeninos y masculinos, tras los cuales ambos sexos se reúnen y hablan… de algo. O quizás con sus hormonas a tope solo tengan que mirarse y el efecto maravilloso de ver a dos tipos bailando desnudos -y eventualmente introduciéndose cosas- se haya realizado. Sea cual sea la opción, ahi estábamos, en un gallinero de tipos nerviosos, con risitas torpes, como haciendo algo malo, como escondiendo el suplemento de ropa interior de la mamá, y todo por el show de tres chicas que nos iban a deleitar con sus esculturales cuerpos.
No me malentiendan: no soy homofóbico ni nada de eso. Es solo que el desconocimiento a veces pasa por temor, odio el roce con otros tipos de mi sexo y fue por eso que me puse de espaldas pegado a la pared para ver el show. Victor estaba igual que yo, quizás el pensamiento fue parecido. Llegó la primera bailarina, luego la segunda. Si quieren la verdad, no me acuerdo como eran. En fin. Si quieres hacer fama en este mundo, tienes que hacer algo diferente. Eso lo sabía muy bien Candy. Y cuando llegó su turno, los hombres de la discotecas, ya convertidos en masas adolescentes de acné, gritaban al por mayor. Si hay algo que me encanta del sexo es la naturalidad que puedes llegar a alcanzar con alguien, cuando te paseas desnudo por la casa, no sé. Cosas así. Lo contrario a la discoteca que les cuento. Para ese entonces ,se subía el animador -un argentino pelotudo- y advertía algunas cosas: que lo que íbamos a ver rozaba lo sublime. Y que no tomaran fotos con sus cámaras digitales.
El tema “Nothing else matters” de Metallica, con su cruel video y todo lo que me recordaba de mi infancia, cambió radicalmente de sentido cuando la Kournikova empezó a bailarlo. Quitándose de a poco la ropa, descubriendo los misterios de su cuerpo de 1,50 de altura al ritmo de la música… y fue entonces cuando sucedió. Cuando el animador dijo “vamos a sacar a un weón del público”.
Víctor y yo nos miramos…
-¿Te imaginai que sacaran a Pablo?
Dicho y hecho, Pablo había caminado hasta la primera fila del lugar y se encontraba golpeando el escenario con ambas manos, vuelto loco, cuando el animador lo agarró de la polera y lo subió al escenario. Los efectos del alcohol se notaban en su rostro, Pablo saludaba a la multidud y sonreía, feliz. Candy comenzó a sobarlo, Pablo intentó -pobre- tocarla y el animador colocó la regla de oro, “sin tocar, sin tocar”, por lo que Pablo alzó las manos, se dejó llevar y ella le quitó la polera. Pablo estaba feliz. Quizás, viéndolo ahora, con la sabiduría que entrega el tiempo, podría decirse que Pablo tenía pico idea de lo que pasaba. En fin. Con su polera afuera. Kournikoba empezó a quitarle el cinturón. Tras eso, le bajó los pantalones y…
Nada. No pasó nada, qué quieren que diga. Pablo tenía tres testículos, la mitad superior del cuerpo estaba feliz por el alcohol, pero por la misma razón la parte de abajo no se sentía muy bien. Nada. El cacho de paraguas. Pablo era la impotencia en persona ante una muchedumbre de hombres desilucionados. Con el tiempo, y tras las veces que hemos recordado esta historia, hemos coincidido en que quizás a ninguno de nosotros se nos habría parado con 150 personas mirándonos arriba de un escenario. Pero eso no importa, era Pablo y había que disfrutarlo.
Y el animador le gritaba: “¡Qué mierda de hombre! ¡Qué mierda de hombre!”. Y no tienen que creerlo si no quieren, pero Pablo… sonreía.
Candy se paseó por su cuerpo, intentó que se levantara… pero no ocurrió nada. y lo bajaron, como a una basura humana, al hombre que había denigrado a todo nuestro género. Candy siguió con su show, todos se volvieron locos cuando se introdujo la raqueta… pero había otro tema del que conversar. Pablo. Y la noche recién empezaba, Pablo fue el webeo generalizado de toda la discoteca, lo veían y lo señalaban, quizás muchas parejas tuvieron tema de conversación gracias a él, y empezaron lindas y sendas relaciones.
Pero Pablo estaba destrozado. Al día siguiente, temprano, hizo sus maletas, después de que lo webiaramos hasta el cansancio.
-Me voy a Santiago.
-No Pablo, tu “viajas”, tu “tomas un bus”, pero tu “no te vas”.
Y así pasó el tiempo, lo webió toda la universidad y todo el mundo. Y empezó, como buena historia, a ser olvidada y amontonada en el baúl de los buenos recuerdos, donde caen historias como esta. Seguro que Candy no lo recuerda. Para ella fue solo otra noche de trabajo en el Puerto, como en tantos otros lugares, como en tantos otros veranos.




Desaprovechaste el tema, Bendrix. Vargas Llosa escribe una novela entera con lo que pasó con tu amigo. Por lo menos esperaba una sabrosa entrevista con Kurnikova. Pero bueno, lo sé, hay vida más allá de los blogs. En defensa de Pablo puedo decir que he visto cosas parecidas en un par de despedidas de soltero. Pero supongo que cualquier tipo lo suficientemente borracho como para subirse al escenario en esos eventos está buscando la inmolación.
Ah, y publica tu novela antes de los 30. Fritz es anécdota, no excusa.