Ya se sienten los primeros días de diciembre, con el calor seco de la temporada y por otro lado las ofertas navideñas que confluyen en las horrendas fiestas de fin de año. ¿Lo bueno? Las vacaciones, que ya se asoman en el horizonte. Siempre he pensado que si este país viviera sus navidades en invierno, las tasas de suicidio serían brutales. En fin. Ya no queda nada. Y no hay nada peor en esta época que darse ánimos con los mismos papeles que uno tiene que estudiar.

La teletón es de partida ilegal. Cada institución de beneficencia tiene por ley un día al año para hacer colectas. Un día son 24 horas, la teletón tiene 27. Esas 3 horas extra el dinero puede por ley ir a los bolsillos de cualquier persona. No soy de los que creen que todo va para Don Francisco, ni que lanzan al aire acusaciones sin poder probarlas, soy de la gran masa de desconfiados a quienes les molesta no saber bien cómo funcionan las cosas, cuánto cuesta una rehabilitación, o cómo es que otras fundaciones funcionan un año con lo poco y nada que deben recoger en sus siempre livianas cajas de cartón.

Instituciones como la Teletón ponen en el tapete un temazo: el de la solidaridad nacional. “Somos un país solidario, que a la hora de ponerse, siempre está ahí”. Mentira, somos un país de malcriados con un gobierno que soluciona los problemas a punta de bonos, el “papito gobierno”, que cada vez que hay lluvia o frío o hambre, soluciona las cosas con parches, con bonos para el invierno, para el gas. Nunca hay medidas concretas, nunca hay soluciones a largo plazo. Es, simplemente, como si la pobreza fuera una calle por la que pasan camiones todos los días, se puede parchar pero a la larga va a ser imposible de arreglar.

¿Y qué pasa cuándo acostumbras a un país a vivir a punta de la política de la solidaridad? Se te malacosumbran, por supuesto. Y comenzamos con las campañas para hacer sentir mal a todo el mundo. “Si usted no coopera morirá un niño”, y ese tipo de cosas -no es del todo broma, el nivel es el mismo- para que en tu hermoso barrio te sientas obligado a cooperar. Y ya no es solidaridad, caemos en el otro lado de las cosas, en la solidaridad a la chilena, en el “cómo te ves si no ayudas”, “oye fulano de tal no coopera con la teletón”, y se convierte en una obligación porque tienes que mostrar, y todos tienen que saber que cooperaste. Un amigo me contaba que la publicidad de Un techo para Chile la hace la agencia donde trabaja él, y que los weones no pueden ser más malagradecidos, que nunca les gusta nada, que se quejan por todo, etc. Y le decimos “y para qué mierda la hacen”, y la respuesta es siempre una evasiva “no… es que no sé, son ‘Un techo para chile’, no se puede no hacer”.

El otro problema de la política de la solidaridad es lo facil que se difumina, los bonos dejan de llegar, el dinero deja de entrar, y al no ser un problema mediático, deja de ser un problema para nuestros gobiernos de encuestas. De seguro la mitad de los bonos no llegan, no importa mientras no sea un problema en la prensa, y si lo llega a hacer, bueno, alguien saldrá, alguien será el culpable. Pero claramente no es una política seria, no es una forma de hacer crecer a país.

¿Soluciones? No sé. En días como estos parece que la solución fuera cosas del tipo “Locos por el baile”, dinero para fundaciones por medio de eventos televisivos, donde todos ganan. Cooperar por entretención. Mediatizar la tristeza o la miseria de los demás ya no es suficiente, hace falta algo más radical. ¿27 horas de amor? Van a tener que reinventarse, cooperar por teléfono o por internet no es suficiente.

En fin. No sé. Parece otra inestable forma de vivir este país. Nada es para siempre, nada es de verdad. Ni siquiera las buenas intenciones o la misma solidaridad. No hay causas por las cuales comprometerse, héroes para seguir o motivos que defender. De seguro que hubo tiempos mejores.

Y diciembre solo está empezando.

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