17 hasta morir.

11 ene 2006

Esta debe haber sido una de mis primeras columnas publicadas en la Zona, se que no es la primera pero la recuerdo con cariño porque me salió del alma y porque recibí una carta de felicitación de un lector. La primera de pocas, para ser sincero, aunque en una que otra ocasión hubo cartas de chicas emocionadas por cuentos. Tema para otra ocasión. De todas formas, releyendo esta columna, siento lo ingenuamente agresivo que se podía ser a los 18. Curioso.

Originalmente publicado en Zona de Contacto de El Mercurio, sección “Primera persona singular”.
Fecha desconocida, Marzo o Abril del ’99.

17 hasta morir

Durante los primeros 17 años y 364 días de mi vida soñe con tener 18, ser todo un ciudadano y cumplir con mis responsabilidades cívicas. Incluso llegué a pensar que aquella mañana de mi cumpleaños me sentiría mayor y más fuerte. Pero no ocurrió nada de eso, y ahora que veo desde una perspectiva más amplia a lo que me empiezo a enfrentarme, me gustaría no haber llegado nunca a la mayoría de edad. ¿Para qué? Con 17 podía entrar a ver películas para mayores cuando se me diera la gana, me vendían alcohol en todas partes y nadie me decía que votara, que sacara licencia de conducir o que me presentara al servicio militar.

Hace unos días fui con un par de amigos, Macarena y Raúl, a inscribirme a los registros electorales. Era un edificio horrible en construcción y los trabajadores no dejaron en paz a Macarena. En el segundo piso, tras subir una escalera infecta, se encontraba la oficina. Solo Raúl pudo inscribirse, porque a mí me informaron amablemente que tenía que ir a la siguiente oficina, varias calles más lejos, porque vivía una cuadra más allá de los límites de inscripción.
-Con razón los jóvenes no votan -le comenté a la funcionaria encargada.
-Bueno, son ustedes los jóvenes los que tienen que alegar para que las cosas cambien.
Y partimos a la otra oficina, donde el trato era horrible y una anciana no quería creer que era yo el que aparecía en el carné de identidad. Le tuve que explicar que tenía 13 años cuando me tomaron esa foto, y que a la gente le crece la barba y el pelo. Ella me preguntó si mi firma era la misma y yo le respondí que sí, pero con la letra un poco distinta.
-Va a tener que hacerla igual, porque si no no lo van a dejar votar.
Finalmente pude inscribirme y ahora sé que tengo que votar en un liceo al que los alumnos le dicen el Gallinero, porque la anciana no se sabía el nombre verdadero. Supongo que tendré tiempo de averiguarlo y esperar que el día de las elecciones haya un poquito más de organización, para no perder otra mañana.

Y a propósito de perder el tiempo, el pasado martes 16 tuve que ir al Estadio Militar para cumplir el trámite relacionado con el servicio idem. Afortunadamente fui con amigos, porque sino habría caído desmayado ante aquella elite intelectual que ni siquiera entre ellos se respeta. Recuerdo que un uniformado se me acercó y gritó: -porque parece que no hablan, solo gritan-algo incompresible como “yvohtebucahtenlalistaonó? Supuse que se trataba de una jerga interna y le pregunté qué había dicho. Obviamente respondió gritando y hablando peor que antes.

Estuvimos desde las ocho de la mañana hasta casi las doce y media, escuchando bromas como se van a ganar los pasajes pa’ Arica… o van a quedar todos pelaos los giles, y viendo las caras de pavor de quienes eran acuartelados y tenían que presentarse dos días después para comenzar el servicio.
Ejemplos como los anteriores sobran: fui a dar el examen de manejo y el inspector, uno de esos tipos que no se toman la molestia de disimular que odian su trabajo, ni siquiera se dignó a saludar. Hasta las máquinas de bebidas son más amables.

¿Para qué cumplir 18? ¿Para pasar malos ratos y conocer la burocracia y negatividad de la gente? Lo único bueno es que te ven como adulto, aunque a veces eso ni siquiera sea cierto. Con 17 me sentía igual que ahora. Solo espero que el mundo no acabe por cambiarme como lo hizo con tantas personas que ni siquiera tuvieron tiempo de pensarlo -o de elegir- antes de verse convertidas en todo eso que ellos mismos habían detestado hasta el día antes de cumplir la mayoría de edad.

Nota final: tengo 25 ahora. Y el mundo sigue sin destrozarme. Pero como diría Felipe (de Mafalda), viendo una estatua en cuyo pedestal una inscripción reza “Luchador incansable de pleclaras ideas”: “así cualquiera. El mérito es estar cansado y seguir luchando”.

 

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2 Comentarios en “17 hasta morir.”

  1. carlos dice:

    buena historia las prespectivas de los jovones son percepciones de conceptos “nuevos” y que van desencadenando al final en lo burrido de la vida de los adultos. bien

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  2. Diego Ortiz dice:

    Cumpli 21 hoy.

    A los 18 me ocurrio algo similar, salvo que quede en el servicio y no me inscribi. Me ocurrio algo parecido, me senti mas atrapado por la porqueria de burocracia, status y demases que se esperan de un prospecto de ciudadano, y al verme rodeado de esto, me prometi no seguirle el juego, llevo 3 años y he triunfado a medias, creo que por eso el cumpleaños no me es feliz. Siento que voy perdiendo pero creo que al darme cuenta de eso todavia estamos bien, hay tiempo para cambiar.

    Es increible como en internet se encuentran estas cosas, justo en el momento indicado.

    saludosss

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