Colega y Amigo.
Hoy me hicieron una endoscopÃa en la mañana. Fue una lata. En fin, tengo gastritis y debo guardar una dieta estricta por un mes. Será. El siguiente texto fue publicado cuando tenÃa 21 años, en el Mercurio. Todos los cuentos llevaban una pequeña reseña del autor, que prefiero no ponerlas acá, no sé bien por qué. Quizás porque la mayorÃa son planes que no se cumplieron, como el de la reseña que venÃa en este: decÃa que al año siguiente me irÃa de intercambio a Sydney a estudiar. Era una genial idea en ese momento, mi amigo Bati andaba por allá y estaba harto de esta ciudad de mierda.
Pero nunca me fui.
De todas maneras recuerdo como se me ocurrio este cuento, arriba de una micro 641 -recorrido que por el TranSantiago ya no existe- y yendo quizás a dónde. Leyendo a Keroac me identifiqué un poco con cierta parte, donde recordaban que él tenÃa una excelente memoria, escribÃa todos los recuerdos ya fueran de hace un año, o de la infancia. Yo hago otra cosa: tipeo en la cabeza, Por eso me se algunos cuentos de memoria. ¿Raro, no? En fin. Ah, se me iba… es el último dÃa de febrero.. quien lo dirÃa.
Colega y amigo
Originalmente publicado en Zona de Contacto de El Mercurio,
viernes 31 de agosto de 2001, #527
-…Londres no es tan bacán como el resto de Inglaterra, pero lo que sà es demasiado bacán es ParÃs. Me traje unos libros de Kant que acá ni siquiera existen. Yo cacho que ni los profesores los conocen.
Subimos a toda la velocidad que un martes a eso de la seis de la tarde permiten las calles, y afortunadamente tengo todo el breve espacio que necesito, mientras escucho la conversación entre quienes, supongo, son dos extraños que se acaban de conocer. Puedo ver incluso los ademanes que él hace con las manos. Supongo que se conocieron hace poco, que iban caminando en dirección al paradero y que él la abordó con alguna excusa difÃcil de imaginar. No conozco ParÃs y tengo la impresión de que ellos tampoco.
-¿Libros de Kant?
-Si, los conseguà allá y un amigo con una imprenta me los pirateó para venderlos y pagarme la U.
No veo los tÃtulos y creo que no los he escuchado antes. No importa, tampoco sé mucho de Kant.
Alguien sube a vender algo, creo que lápices. Hay bastante gente de pie, y logra vender algunos.
-¿Donde te bajai? -pregunta él.
-En la Escuela Militar.
-Ah, yo bajo más acá. En Provi.
Él está sentado hacia el pasillo, asà es que puedo ver incluso sus facciones. A ella no puedo verla, sólo escucho su voz, delgada, y supongo que es un poco curiosa, o incrédula. ¿Le habrá pasado esto antes? En todo caso se nota que es tÃmida y que este tipo de encuentros no es su especialidad.
El tipo que está sentado junto a mà se baja y una mujer ocupa su lugar. Se produce un incómodo silencio, que por un instante me siento compelido a romper, preguntando por los libros, quizás. Pero él es más rápido que yo.
-Oye, ¿y dónde me dijiste que estudiabas?
SonrÃo y pienso que quizás los vea juntos nuevamente en el mismo bus. ¿Por qué no? Un tipo sube a tocar su guitarra y quito por un par de minutos mi atención de su conversación. No parece que hablen nada interesante, pero tocan los libros, ella los abre, los hojea. Él los mueve hacia arriba, como bromeando, aunque sinceramente no conozco ese gesto. El guitarrista se baja.
-…Si, puede ser -dice ella.
-De ahà te lo van a pedir y no lo vas a poder encontrar en ninguna parte. En serio -ella recibe el libro y hace el ademán de abrir la mochila, luego se detiene y le pregunta algo que no escucho, pero que interpreto como un “¿en cuánto me lo dejas?”, por la respuesta de él.
-Luca y media. Y valen dos lucas y media. Por ser a tÃ.
De pronto pienso que harÃan buena pareja, y que quizás sea cuestión de tiempo para que, antes de llegar a Provi, intercambien teléfono.s Si es que no lo han hecho ya. Ella busca en su bolso y saca mil pesos. En el semáforo alguien sube a vender bebidas y agua mineral, pero no se da cuenta de que por atrás ingresa otro vendedor. Con el gentÃo no se nota, lo que demuestra que en una micro pueden perfectamente concentrarse dos productos al mismo tiempo. Ella casi ha terminado de sacar las monedas y las está contando de nuevo, aunque se nota que tiene la cantidad justa, cuatro de cien, una de cincuenta y cinco de diez. Las revisa y se las entrega.
-¿Agua mineral?
Me altero con la pregunta del vendedor y le respondo con un seco “no gracias” mientras recupero mi atención en la pareja.
-Están heladitas, socio.
Levanto la cabeza y niego nuevamente, molesto. Supongo que debe ser la sensación de una vieja que recibe un telefonazo mientras sigue con atención la teleserie.
La micro acelera un poco más y alguien toca el timbre. Faltan dos cuadras para Provi. Ella recibe el libro, lo mira una vez más y él guarda el dinero. De pronto alguien le coloca una mano en la cabeza. Me sorprende el gesto y cuando levanto la mirada, el vendedor ya está detrás mÃo, bajando en una esquina.
Volteo y cruzamos miradas, justo cuando la micro pasa con amarilla. Bruscamente miro hacia adelante y él se está levantando, despidiéndose con un beso y con un nos vemos mañana, y ella dice que sÃ. En Providencia con Los Leones baja todo el mundo y la micro queda con varios asientos disponibles. Me llega un poco más de sol.



