El problema es olvidar.
Buscando entre revistas viejas encontré esta sorpresa, una columna que no recordaba haber escrito. Leyéndola, me acordé de inmediato de la situación y me arrepentí de haber usado el nombre real de la chica. Luego, mientras el día fue avanzando recordé otros momentos pequeños, situaciones que parecen idiotas pero de las cuales uno aprende y que a través de los años se vuelven importantes. Dejaré eso para una siempre eventual segunda parte.
Originalmente publicado en Zona de Contacto #415, 30 de abril de 1999.
El problema es olvidar.
En Octubre del año pasado, tal vez por los últimos suspiros de mi vida escolar, intenté, al más puro estilo de Emile Zola, escribir una novela sobre mis días de colegio. Quería hablar de mis amigos, de quienes me caían mal, de las cosas que hacía, de cómo era todo. La ilusión me duró poco; me rendí luego de escribir casi doce páginas hablando solamente de un amigo. Desde que nos conocimos en 1º básico hasta el día de hoy. Mientras más narraba, más recuerdos regresaban a mi mente. Terminé botando el proyecto, aunque revisándolo días atrás, noté en el prólogo una frase interesante: “el problema es olvidar”.
Dejé el colegio en diciembre, sin asistir a mi graducación ni a la fiesta. Fue mejor así. Nunca me han gustado las despedidas. El asunto es que hace una semana me encontré con una compañera y no pude recordar su nombre. No es que me interesara, pero me preocupó el hecho de que han pasado tan sólo cuatro meses y ya no recuerdo a la gente con la que estuve tantos años.
Entonces recordé una charla que tuve con una amiga una noche de invierno en que hacía tanto frío que su pequeña figura se perdía dentro de su enorme abrigo. Estábamos en una pequeña plaza y el rocío congelaba todo. No solíamos conversar mucho, en realidad era la primera vez que conversábamos en varios meses.
Ella tenía problemas. Bueno, todos los tenemos, pero los de ella eran más serios que los del resto, o al menos, más serios que los míos. Se trataba de un amor imposible, una patología poco estudiada pero bastante frecuente, en la que un individuo ama a otro, pero este otro no ama al primero. No voy a definir “amar”; no viene al caso. A veces a Gaby le daban ganas de matarse. Bueno, a todos nos dan ganas de matarnos a veces, pero ella tenía las marcas de cuchillos en su brazo. Esa noche me preguntó si lloraría si ella muriera.
-No creo -respondí- no me gusta llorar.
-Mentiroso-. Seguro que llorarás.
Seguimos hablando, ella me contaba que había adoptado un gato y yo que detestaba estar de cumpleaños.
No es fácil hablar con alguien luego de siete meses de silencio: no hay temas en común ni cosas que recordar. Se puede hablar de cine, de teleseries, y con un poco de suerte, de cosas más interesantes.
-¿Te acordarás de mi cuando salgamos del colegio? -preguntó.
-No creo -contesté- tengo mala memoria. En las vacaciones de verano se me olvida la mitad del curso.
-Tienes que acordarte. Me tienes que llamar para mi cumpleaños.
-¿Cuándo es?
Y hasta ahí recuerdo. No lo anoté en ninguna parte, ni se me ocurrió volver a preguntarle. Sé que era en Abril pero no recuerdo exactamente cuándo, y tampoco tengo su teléfono. Supongo que es algo que me pasará más de una vez, por lo que tendré que acostumbrarme. En verdad olvidar no es el problema, sino el temor a olvidar, la posibilidad de olvido. Aceptar el hecho de que todos nos olvidarán algún día también. Al final el problema es el miedo.



