Que calor dios mío, que verano más atroz. Nada que hacer, nada donde escapar, ni a la sombra se puede. Saludos y sigan pasándolo bien. Yo por mi parte, trabajando. Qué mejor prueba de que la juventud se ha ido por el desague.

Originalmente publicado el 3 de agosto de 2005 en TabanoTv

Se acaba “el proceso” de las vacaciones de invierno, de tener 25 años, de darse vueltas en las mismas cosas una y otra vez. ¿He sacado algo en claro o simplemente fue un paseo Kafkiano por recuerdos y situaciones?

En realidad no es ninguna sorpresa: me gusta estar solo. Detesto los compromisos, y solo puedo saber ciánto los odio cuando detecto algo cerca que se parece a uno. Ejemplo: estás ocupado en algo y te llaman por teléfono. Dices que no puedes. Luego recibes un mensaje de texto, luego un MP por foro y luego un mail. Suena todo lo frío que quieran, pero es un mecanismo de autodefensa archiconocido por todos. Para no tener que llamar cuando no quieras, para hacer las cosas a tu manera.

¿Les parece basura? Puede ser. Pero en la columna anterior ya estaba casi decicido: pasar a formar parte del club. Ser, como dice la canción de Calamaro, “Socio de la soledad”. O del club de los corazones solitarios, o como quieran llamarlo. El problema es que este descubrimiento, a mitad de año, pone en problema mi propósito de año nuevo, la empatía.

Uf. Iba a cerrar acá y a poner la letra de la canción de Calamaro, pero sigamos un poco más. Quizás la gente que no me conoce dirá “pero que idiota, de qué está hablando”. Y releyendo estas líneas, quizás necesitan un poco más de justificación.

Amo mi tiempo libre, y detesto gastarlo en pelotudeces. Entiéndase por pelotudez cualquier cosa que no me guste hacer. Así es, niño mimado desde niño, con crianza machista ochentoide. Tengo la férrea convicción de que mis gustos deberían ser del común de la gente (¡Cuidado!, ustedes probablemente son iguales), por lo que la vida en pareja es repartir el tiempo que a veces no quieres repartir. Es cierto, muchas personas -que no son socias de este club- deciden hacer esto. Y es que es lo más lógico, lo que estamos evolutivamente condenados a hacer, pero a mi no me gusta. Para colmo, desconfío plenamente… a ver, más que del género femenino, de la fidelidad. Femenina.

Y es que no es natural, ¿amar a alguien por siempre? Puede ser. Es un evento social al que adhiero plenamente, pero del que desconfío de igual forma. Primero, de los “para siempre”, y luego, de “lo que hablamos cuando hablamos de amor”. Creo que gran parte del sufrimiento humano es debido a que muchas personas tienen que optar a segundas opciones, o peor aún, verse forzado a elegir entre dos personas a las que aman de igual manera. Sumenle a eso una inseguridad del porte de un buque y pueden ingresar al club.

A todo esto, acabo de darme cuenta de algo fabuloso de este club: nadie más puede ser miembro. Lo que apoya la tesis que dice Woody Allen en Annie Hall, basado en un viejo chiste: “Nunca me haría socio de un club que tuviera como miembro a alguien como yo”. Sin mi no hay club. Genial.

Y quiero insistir en esto… no piensen que ustedes son tan diferentes. Quizás empezar sus propios procesos sea el fin de este proceso.
Nos vemos, todavía queda mucho por delante.

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Un comentario en “El Proceso: (3/3) Socio de la soledad [Greeneland]”

  1. Sole dice:

    Mire usted donde lo vine a encontrar.
    Saludos y buena suerte!

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