Salir de una peluquería nunca es fácil. La última vez que me corté me dejaron tan la cagada que decidí que cuando lo llegue a tener como me gusta, me voy a tomar una foto de referencia para los peluqueros. No sé como serán las escuelas de peluqueros, pero como toda escuela que se precie de tal, deben haber corrientes, y una de ellas quizás vaya por el lado de arriesgarse y hacerle cualquier cosa al cliente, esperando que le guste. Complicado oficio el de ser peluquero. Les dejo esta columna, cuando Enero toca a su fin.

Originalmente publicado el 15 agosto de 2005 en TabanoTv.

Maldito virus venusino. Me tiene en cama un fin de semana largo y sin poder producir mucho. Me corté el pelo la semana pasada, la cosa es que andaba con una chica con la que ando saliendo, Fabiana, y solo sabía que quería cortarme el pelo. Me molestaba para ir al gimnasio, en las mañanas, etc, y no quería ir donde una compañera medio hippie, que la última vez hizo cualquier cosa con mi cabeza. En fin, fuimos donde Carlos. El peluquero misógino.
Es gracioso porque cortarse el pelo es algo complicado para muchas personas, hay todo un trasfondo que va desde la profesión misma -no voy a pagar 20 lucas por que un weon con unas tijeras de cortar pasto haga “arte” con mi pelo- hasta el hecho de aceptar que hay cosas que no podemos hacer por nosotros mismos.
A ver. Primero, odio las peluquerías estilo “Alfredo” donde van viejas deprimidas a pagar mucho porque les digan que se ven bien tipos que “saben” de esto. Segundo, “Esto” de lo que estamos hablando, es una pelotudez. Cresta, estamos hablando de cortarse el pelo. Tercero, siempre recuerdo cuando mi abuela me cortaba el pelo. Las madres sabían que con un par de tijeras podían ahorrarse más de un par de lucas. Ellas saben como llevar una casa. Pero hay que reconocer algo… nunca se habían topado con alguien como CARLOS.

Carlos es un tipo de mierda. Posiblemente un ex militar, un gay frustrado, o alguien definitivamente misógino. Tiene una peluquería con el mismo nombre gay que cualquier otra: “Carlos”… solo que afuera dice bien claro “Peluquería para hombres”. Adentro hay carteles dignos de vulcanización en las paredes, revistas pornográficas, y un playstation. Todo para hombres. Incluso Carlos te da dulces mientras te corta el pelo. Es su forma de decirte: “No me importa lo que diga tu vieja, los dulces provocan caries y las caries son DE HOMBRE”. Algo por el estilo. Carlos no hace cortes de pelo de mujer, solo unos cuantos que tiene puestos en unos carteles ochenteros en su pared. “El resto es improvisar” le dijo a la Fabi ese martes. Era el comienzo de una posible catástrofe.
Había que tomar partido. Fabi iba claramente a dejarme en ridículo ante Carlos, estaba tomando el rol de mi madre en la peluquería. Cuando Carlos me preguntó si quería el pelo escalonado o no se qué, le respondí con un gesto, “no tengo idea de qué cresta me está hablando”. Pero Fabi dijo “Si, escalonado, y saque un poco de atrás”.
“Ah, ya sabemos por qué te venís a cortar el pelo”, me dijo. Mierda. No era verdad, me molestaba. Pero Carlos no podía saberlo. Y Fabi era un agente del MI-6 en París en 1942. Parecía no entender que el ambiente podía cortarse con un cuchillo en aquel recinto. Y yo era el que estaba en la silla.
Fabi no entendió jamás qué pasaba; no la culpo. Quizás fue mi imaginación. Salimos, y respiré aliviado, después de varios enfrentamientos verbales entre ellos. Aparentemente inocentes.

Las relaciones tienen algo que ver con las peluquerías. Y es que tienes que meter a alguien a un mundo que no conoce, que no maneja, presentarle ese mundo y hacer que se sienta más o menos cómodo en ese lugar. La vida en pareja -por lo que recuerdo entre las telarañas- es como un basurero de peluquería. Diferentes tipos de pelo, colores, cantidades, aprender a lidiar con lo más íntimo de la otra persona, sin que te importe necesariamente. Es decir, más de la mitad de la vida de Fabi no me interesa y viceversa. ¿Qué significa eso? Hace muchos meses atrás Rony Dance decía que le encantaba estar con Kathy Barriga porque como bailaban juntos en el programa “tenían horarios parecidos”. No me comparen. No soy un idiota. Solo en lo que a relaciones se refiere. En fin, ¿Hay que luchar como guerrillero para mantener en pie una pareja? ¿O será eso -tal como creo- una señal para que se acabe todo? Siempre he sentido que la cantidad de vida que se nos entrega es muy poca como para, primero, hacer créditos hipotecarios a 40 años plazo, y segundo, como para estar con alguien si me siento a desgana.
Grave problema, porque después te vuelven las ganas y el resto del mundo ya no está. Y entonces hay que empezar a pelear de nuevo.

Pero como diría Felipito, de Mafalda, parado ante la estatua de un “alguien” en una plaza, cuya leyenda rezaba: “Luchador incansable por sus ideales”: “eso no tiene ninguna gracia. La gracia es estar cansado y seguir luchando”.

Nos vemos.

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