Jóvenes ascensoristas.
Rebobinemos un poco. O mucho, en realidad. Yo era un joven estudiante de letras jugando a ser periodista sin superpoderes, en la Zona de Contacto, y eso era una gran escuela donde podía hacer lo que más disfruto haciendo, escribir, y a la vez conocer un lote de gente freak. Uno de mis primeros artículos fue éste, sobre ascensoristas jóvenes funcionando en los edificios de Santiago. Ok, no era un gran tema, y no salió tampoco un gran artículo, pero me gusta el mood que tiene, depresivo como la pega misma esa. Bien de mierda. Fue un trabajo divertido, salí al centro temprano varios días, vi a Pedro Carcuro entrar a cafés con piernas -lo seguí, en serio- y di con tres jovenes con una de las pegas más de mierda que existen.
Durante muchos de estos artículos descubrí gente que tenía planes a futuro, especialmente de superación, de volver a estudiar o de hacer algo constructivo con sus vidas. A veces me pregunto qué habrá sido de ellos, y espero en este caso que si tengo que ir al centro no estén estos tipos subiendo y bajando gente, en pegas destinadas a desaparecer. En fin, un artículo del recuerdo estos días de Febrero, entre el calor y la pega que no me deja mucho tiempo para escribir.
Originalmente publicado en Zona de Contacto, fecha y número desconocidas.
Rebobinando las calles y galerías del centro, dimos con tres jóvenes acostumbrados a llevar a las personas a lo más alto. Suben y bajan varias veces al día, a cargo de los escasos manuales que aún quedan en Santiago.
Trabajar en 3 metros cuadrados: La liga de los jóvenes ascensoristas.
De los muchos edificios de Santiago que alguna vez tuvieron ascensorista, la mayoría ha automatizado sus sistemas, dejando de lado un oficio que amenaza con caer en el más profundo olvido. Y de los pocos edificios con sistemas manuales que permanecen, gran parte es manejada por hombres mayores de 50, algunos ya jubilados, que han pasado décadas subiendo y bajando gente. Ascensoristas jóvenes hay muy pocos.
“Es que este no es un trabajo para jovenes”, afirma Miguel Oyarce, un valdiviano de 24 años que llegó en noviembre del ’97 a Santiago, buscando una oportunidad. “Es difícil mantener el ánimo arriba todo el día, creo que es un trabajo para personas mayores, con otras responsabilidades”. Miguel trabaja en Ahumada 370, con un turno de nueve horas diarias que lo marea bastante. Además hace las veces de junior, asea algunas oficinas y los fines de semana trabaja en radiotaxis. Es soltero y dice que el salario es bastante bueeno, especialmente en estos tiempos, aunque acostumbrarse a manejar el sistema manual es muy dificil y le complica hasta el día de hoy.
El sistema de los ascensores manuales consiste en una palanca cuya única función es cerrar la puerta, aunque un buen ascensorista debe además conocer qué oficinas funcionan en qué piso, para así prestar un mejor servicio. Estos ascensores son bastante antiguos, lo que permite que surjan bromas: “Al correr el seguro que hay encima de la puerta, por el lado de afuera, se abren las puertas, lo que hace que todo el sistema se caiga y los ascensores se detengan”. De hecho, al principio Miguel creyó que era una broma cuando uno de los apagones de este año le detuvo el ascensor entre el cuarto y quinto piso. Una falla en la central Nueva Renca le dejó un buen rato a oscuras, con cinco pasajeros a bordo. “Estábamos preparados para una situación como ésa”, cuenta, “pero los pasajeros se empezaron a poner nerviosos y terminaron por ponerme nervioso a mí. No hallábamos qué hacer, porque esos ascensores no tienen sistema de emergencia. Si se apaga la luz, se corta todo.”
Entonces les gritaron desde el quinto piso que mantuvieran la calma, que todo Santiago estaba sin luz. Una hora después estaban afuera.
Como el dólar.
Aldo Ibarra tiene 23 años y maneja uno de los ascensores de Ahumada 341 desde hace un año y cuatro meses. Es casado, tiene mellizas y llegó al edificio preguntando si se requería “un junior o algo así”. Los turnos, por ser variables, no le permiten seguir una carrera, así es que sus estudios llegan sólo hasta cuarto medio.
-¿Te costó mucho acostumbrarte al encierro?
-No, para nada. Sólo tuve un par de días de práctica y listo. Al principio es algo mareador, pero uno termina por acostumbrarse.
Aldo dice que el trabajo es bastante bueno, que el ambiente es agradable y que se conoce gente buena, se socializa.
-¿Recuerdas alguna anécdota?
-Ninguna en especial, aunque, cuando tiembla es un problema, porque le tengo pánico a los temblores. Ahí dejo botado el ascensor y salgo corriendo.
-¿Te ha tocado algún apagón?
-Si, pero en momentos en que la puerta ha estado abierta.
Distinto es el caso de Gastón Díaz, de 24 años, quien además de cumplir labores como ascensorista estudia auditoria en la Universidad Central. Ya está casi terminando la carrera. Se le puede ver cuaderno en mano, realizando su proyecto de microemprea para la universidad, mientras se encarga de cerrar las puertas de alguno de los ascensores de Compañía 1068. Vive con su familia y denuncia que hay una lamentable moda de automatizar los ascensores.
-¿Cómo llegaste a trabajar en esto?
-Preguntando. Buscando pega, hace como tres años. El sistema manual es bastante fácil, yo lo aprendí en un día. Lo que es complicado es aprenderse de memoria los nombres de la gente y de sus respectivas oficinas, en cada piso.
El edificio donde trabaja Gastón tiene once pisos y, sin embargo, conoce a la perfección cada consulta y lugar de destino de sus pasajeros. Sus turnos son cortos, de una hora y media cada uno, lo que también hace su trabajo un poco más llevadero.
-Qué es lo mejor de este trabajo?
-Bueno, aunque no es muy grande esta profesión, tiene cualquier cantidad de roce. Por ejemplo, acá trabaja Mario Mosquera, el presidente de la ANFP. Además se forma buena onda, uno escucha opiniones, adquiere experiencia. Mi percepción de las cosas ha cambiado mucho desde que trabajo acá.
-¿Alguna anécdota?
-Sí, hay un montón. Este trabajo está lleno de anécdotas. Hace tiempo había una agencia de modelos en el quinto piso. Yo iba bajando a varias de ellas cuando se produjo un apagón. Esto fue en la época de los primeros cortes de luz, hace un año, más o menos. En ese entonces no había luces de emergencias -las pusieron hace seis meses- por lo que huo que mantener la calma. Literalmente.
Soltero, pero profesional ante todo, el encierro duró un poco menos de una hora y nada anormal ocurrió. Las modelos llegaron sanas y salvas a la planta baja.
-¿Qué dicen tus amigos de este trabajo?
-Bueno, hacen bromas con respecto a eso, dicen que mi trabajo es bastante relajado y que descanso mucho más que ellos, lo que no es verdad.
Mientras bajamos, le pregunto si se dice marea de tanto andar en ascensor. Dice que no, que uno se acostumbra. Yo ya tengo el estómago revuelto.



