Madrugada de martes, en la tele hay un programa de fonos eróticos con Coté López que se llama “Zona de Contacto”, como el suplemento donde apareció la siguiente columna. Las cosas del destino. En fin, un tema que da para mucho: los hermanos. Esta es mi parcelada pero siempre sincera visión de como funcionan las cosas en mi casa. Y si quieren saber el final de la historia, mi hermano mayor se casó, por lo que quedó una pieza libre y desde ahí tipeo estas líneas.

Originalmente publicado en “Zona de Contacto” de El Mercurio, número 562. 22 de Febrero de 2002.

Nunca he dormido solo, me asusta un poco hacerlo. Siempre hay por lo menos un hermano a mi lado o en el camarote de abajo, otro deambulando por la casa o sorprendiéndote en los baños sin pestillos de mi casa. En mi casa, al menos, no puedes ir al water tranquilo. Mi casa es una verdadera universidad de la vida. Y mis hermanos son los decanos. Es cosa de hacer las comparaciones. A mi hermana menor, la única entre tres hombres, siempre se le dio todo lo que quiso. Y es obvio: me imagino a mi viejo rogando en la sala de parto porque “oh Dios por favor” no fuera otro hombre más. Ella, no se cómo, se transformó en algo parecido a una esposa de cada uno de nosotros. Tienes que aprender a tratarlas porque son dos: ella y su mal genio. Tiene el talento de enojarse por cada pequeña cosa que hagas, o que no hagas, no importa si es porque miraste mucho rato sus tortugas o porque juegas con su maldita pelota gigante. Hay algo que ya sabes (es tu esposa): siempre se va a enojar. Saber desenojarla es la gracia. Y yo, ahora, manejo la técnica de desenojar a cualquiera mejor que todos ustedes gracias a mi hermana. Mi hermano mayor, el mayor de todos, es el más raro y creo que, en el papel, es lo más parecido a lo que mi viejo hubiera querido tener: estudia ingeniería, sabe mucho de todo, se peina, va a misa y tiene una pareja estable, término que para mi significa tanto como letra de canción de Cerati. Nada. Él es como el jefe de la oficina. Casi nunca le hablo y cuando lo hago casi siempre se nota un dejo de respeto, de curiosidad de uno por el mundo del otro, aunque lo más probable es que a los dos nos gustaría decirnos “hermanito, vete al cuerno”. Pero no se puede, porque te despiden de la empresa. Su pieza es la oficina del jefe. Si necesitas algo -piensa en algo- de seguro está ahí. Y como es más grande que yo, a la hora de la violencia intrafamiliar, me despedaza. Luego está el hermano del medio, el que tiene el síndrome del hermano del medio: amigo de todos pero de nadie. Es con el que comparto MI pieza. Él no habla con nadie en la casa. Excepto conmigo, y es el típico compañero de oficina con el que conversas todo el día pero no sabes nada de él, tienes tus pequeños roces y saludas por inercia corporativa. En fin, el tipo con el que supongo que todos tendrán que encontrarse alguna vez en su vida. Imagínenlo: gordo y silencioso camino al computador. Un fantasma que no avisa cuando llega a la casa y que cuando piensas que estás solo, le tomas su Playboy, te encierras y de repente te lo encuentras y la platea salta como en una escena de Los Otros. Asusta, en serio. El punto al que voy es que, al menos en mi caso, los amigos, el colegio, la universidad, deben ser algo así como los fines de semana de la vida. Los lunes a viernes se llaman casa y tienes que aprender a vivirlos sin hacer pedazos a nadie y sin que nadie te haga pedazos a ti. Como un juego de computador en el que tienes más de una vida pero hay muy pocos botiquines en el camino. Lo bueno es que cuando egrese, voy a salir con el diploma de adaptado al mundo, y de seguro no necesitaré a nadie durmiendo al lado. O debajo. A ningún hermano, quiero decir. Ellos serán, supongo, la vida del fin de semana.

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