Tanto tiempo, fieles lectores. ¿Tendré algunos? En fin, he estado algo ocupado por lo que no he podido postear el par de veces a la semana que acostumbro. Iba a postear acá algo de una bitácora de viaje, pero en realidad tengo que superar cierto temor… el de postear cuentos. Así es, me da pánico cada vez que pienso en eso, y la mejor manera de hacerlo es publicarlo y que pase lo que pase. No tengo fecha ni nada, pero este fue mi primer cuento publicado en la desaparecida Zona de Contacto, lo copié de un viejo archivo y ni siquiera quiero leerlo. Es cursi, es dramático, y recuerdo que lo criticaron bien en aquellos talleres, donde yo era un pendejo de 17 cuyos sueños de escritor comenzaban recién a formarse. Deformarse. No sé. O simplemente a avanzar.

Por supuesto que no he cambiado ni una coma. Tampoco lo voy a leer. Los cuentos son como tus fotos: no las pasas por Photoshop antes de publicarlas. Uno es como es. Pero que quede claro una cosa: esto no es de lo mejor que he hecho. Es solo lo primero. Y le tengo el cariño necesario, el suficiente, y quizás un poco más.

Las noches son de Magia, las mañanas de dolor.

La primera impresión que tuvo Marita Carimú al llegar a su casa después del trabajo y ver todas las luces apagadas, fue que algo mágico iba a ocurrir esa noche; la segunda impresión, -la más realista- fue que estaba sola. Luego de entrar a su casa y comprobar que no había nada que comer, encendió algunas luces y se quitó las zapatos de charol sobre el sofá recién comprado. Después, justo cuando comenzaba la porquería de cadena presidencial, Marita lanzó el control remoto a la pecera y caminó hacia el baño.

Allí, se desnudó y sintió el agua en su cuerpo, recorriéndola de pies a cabeza. Curiosamente, la temperatura era la exacta, la más agradable para un baño nocturno, por esto lavó su cabello unas doce veces y se mantuvo bajo el agua mucho tiempo, hasta que recordó que el televisor se mantenía encendido.

Entonces tomó la toalla, salió del baño y se colocó su camisón de dormir blanco, mientras notaba que había permanecido en la ducha aún corriendo por más de cinco horas, y que los canales de televisión ya habían dejado de transmitir.

Un tanto desilusionada, apagó el aparato y cogió el teléfono, marcando rápidamente el número de Fabián y cortando la comunicación apenas éste contestaba.

Fabián atendió y supo inmediatamente que Marita era quien llamaba, porque era su costumbre marcar unas miles de veces antes de poder decidirse a hablar. Finalmente lo hizo.

-¿Alo, Fabián? -dijo.

-Si, con él… ¿Quien es? -preguntó Fabian, inocentemente.

-Soy Marita . ¿Me recuerdas?

-Por supuesto que te recuerdo, eres mi novia.

-Si, la misma. -sonrió ella- Te extraño. Quiero que vengas.

-Mari, son casi las tres de la mañana…

-¡Por favor, por favor!

Fabián suspiró y accedió. De lo contrario, podrían haber pasado siete vidas discutiendo.

-Está bien -dijo él- Pronto estoy por allá -entonces colgó el aparato y apagó el televisor. No creía realmente que algo mágico pasaría esa noche, sino que sólo sería un sábado más.

Marita se frotó las manos rápidamente, muy feliz, pero se horrorizó al ver que la piel se le salía a pedazos a causa del largo baño terminado hace sólo unos minutos atrás.

Como un rayo, prendió todas las luces de su casa y gritó de dolor al sentir su propia carne cayendo al piso, por lo que tomó un par de millones de aspirinas y vomitó sobre las bolsas de comida que aún permanecían cerradas desde que las había comprado, la semana pasada.

Calmadamente, pero sin pausas, se tendió sobre el pasto de la cocina, aún con la loca esperanza de que algo mágico, algo sin explicación, pasaría esa noche. Pero estaba sola, y cada segundo de espera le provocaba aullidos de dolor. Fabián, en tanto, cumplía su papel de víctima en la ruleta un tanto morbosa de la vida.

Fue justo cuando los primeros rayos de sol tocaron la casa de Marita, fue justo ese momento, cuando sonó el teléfono. Ella lo tomó dificultosamente y pronunció un muy débil “Fabián”

-¿Señora Marita Carimú?

-Señorita -dijo, como si eso importara- ¿Que pasa?

-Señorita, no se asuste, siéntese y cálmese. ¿Conoce ud. a Fabián Ortiz?

-Si, si lo conozco… ¿Le pasó algo?

-El… tuvo un accidente -respondió la voz- murió hace un par de horas, en…

Marita dejó caer el teléfono, y convenciéndose de que nada mágico podría ocurrir ahora con su Fabián muerto, se levantó, se lavó los dientes y tomó su uniforme de mesera, mientras deseaba que, llegada la noche, Fabián volviera a resucitar en una fantástica conversación telefónica, verdaderamente lo único que le pertenecía y le quedaba desde que había quedado sola hace unos tres meses, aquella mañana cuando le despertó el sonido de una voz que le anunciaba la muerte de su amante.

Luego, como siempre, se fue a trabajar.

———————–

Cristián Raveau está en 4to medio y no nos quiso decir cuántas de las cosas que aparecen en el artículo central de hoy (titulado “Todo menos estudiar”) le han sucedido a él. Recien integrado a nuestro taller, este es su primer trabajo publicado.

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Maldito tesoro.


Un comentario en “Las noches son magia, las mañanas de dolor [Cuentos]”

  1. Tampoco voy a leerlo. Pero es buenísimo en mi recuerdo.

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