Tres punto cero.

10 ene 2007

Las columnas siempre fueron mi segunda parte favorita en la Zona de Contacto; la primera, por supuesto, los cuentos. Pero en las columnas era donde más me gustaba hablar de lo que después llamé “mi vida en general”, o sea puedes ‘efectivamente’ hablar de tu vida, (o no, si no quieres) pero siempre sacando algún tipo de lección, o generalizando las cosas. Era la excusa perfecta para escribir de uno pero sin que pareciera un diario de vida, cosa que el editor, Hernán “Chato” Díaz solía decir, que la revista no era para mandar recados personales.

Esta columna está en el lote de papeles que encontré el otro día, y leyéndola… a ver, no me asombré en realidad de tantas “metas fracasadas” ni de “promesas rotas”, sino de la cantidad de certeza infundada que tenía sobre las cosas. En especial sobre lo que haría a continuación de mis estudios. Pero nada que hacer, uno pocas veces “dispone”, por lo que no queda más que proponer, a diestra y siniestra. Y a veces en público.

Tres punto cero

Originalmente publicado en Zona de Contacto # 632, sección “Primera Persona Singular”. Viernes 27 de Junio de 2003

Es mi nueva versión. La 3.0. Soy un nuevo yo desde el sábado pasado y la idea de esta columna es que sea una columna-reality que demuestre que cambié. Podrían verme: me corté el pelo después de tres años, tomo menos y prometí ser otra persona, olvidarme de aquella chica, conseguir novia y estudiar más. En fin, ser un mejor yo. Y veremos si lo conseguiré. Voy a escribir esta columna a medida que tenga ganas. Ahora son un cuarto para las nueve del viernes y no tengo panoramas, pero siempre sale algo.

Ahora son las tres de la tarde del sábado y fracasé en todo lo que me propuse ayer. (No, es mentira, todavía es viernes, pero apuesto a que eso es lo que querían leer. Que fracasé. Veremos.)

Maldita sea la Usach. Como se la tomaron, mi vieja llegó a la casa y me obligó a pintar una reja y estuve todo el sábado pintando la porquería de reja. El viernes no hice nada. Ahora es domingo, son las once y media de la mañana y tengo dolor de cabeza. Ayer salí con unos amigos y, aunque no mandé todo a la mierda, las cosas fueron así: en realidad este asunto de tomar decisiones me tenía desde hace bastante tiempo pensando en si sería una buena decisión dejar el alcohol por completo. Eso pensaba a las doce y media de la mañana del domingo en un bar de Manuel Montt, ante mi primer vaso de cerveza, en un cumpleaños al que no habíamos sido invitados. Media hora más tarde no pensaba en eso, pensaba en que una vez más no podía ser feliz mientras la demás gente bailaba, alegre. Y eso es de mi versión vieja. Supongo que hay cosas que que no quiero cambiar. Escribo esto el lunes a las a las doce y veinte de la mañana y creo que las chicas atractivas tienen novios idiotas. Es cosa de mirar en el metro, en cualquier parte, una mina que podría ser una gigantografía en la biblioteca nacional -para alguna gente eso es un piropo- camina con un rasta con cara de idiota o un punkie con cola fría en el pelo. Pienso en eso porque acabo de ver dos películas seguidas, solo. De nuevo. Otra cosa de mi versión vieja. ¿Fue todo un fracaso? ¿Una ilusión? ¿Es esta semana absolutamente diferente a la anterior, cuando respiraba un cambio y creía que todo iba a ser mejor? En parte, sí. Tomé algunas decisiones importantes que tenía postergadas hace casi un año. Terminar la universidad y viajar, quizás pasar las vacaciones en Brasil con un par de amigos y estudiar en Valdivia el próximo año. No solo recopilé información. Tomé la decisión de hacerlo.

Supongo que la nueva versión no toma decisiones tan apresuradas, que piensa antes de hacer las cosas, que sigue buscando la chica de su vida. Ayer, mi abuela se vino a mi casa un tiempo porque está resfriada, y se ha pasado este fin de semana leyendo las memorias de Gabriel García Márquez. Se supone que nuestra vida no son los recuerdos que tenemos, sino lo que la gente recuerda de nosotros. Pero bueno, todavía tengo tiempo. Quise preguntarle a mi abuela en qué versión iba ella pero comenzó a toser mucho y se puso la dichosa mascarilla. Yo salí a la plaza a pensar en aquella chica. Era domingo, tenía algo de resaca y comenzaba a hacer frío. Tendré que aprender a cocinar si quiero vivir solo a cientos de kilómetros de mi casa. Pero esas son otras decisiones. Ahora son las doce y media y tengo sueño. Y pienso en aquella chica. La que hace y deshace versiones de mí.

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