Ayer sábado por la noche ocurrió el fenómeno de la “súper Luna”: nuestro satélite natural estaba en su perigeo, la distancia más cerca a la que puede estar de la Tierra, dada su órbita elíptica. La diferencia no era abismante con cualquier noche normal, pero llama la atención lo mucho que los eventos astronómicos llaman la atención en nuestro país.
Recordé algo que escribió Carl Sagan en “Contacto”:
Durante toda la presencia del hombre sobre la faz de la Tierra, el cielo nocturno ha sido siempre para él una compañía y fuente de inspiración. Las estrellas son reconfortantes y parecen demostrar que los cielos se crearon para beneficio del ser humano. Esta patética vanidad se convirtió en la sabiduría convencional del mundo entero. Ninguna cultura estuvo exenta de ella. Algunas personas hallaron en los cielos una apertura hacia la sensibilidad religiosa. Muchos se sienten sobrecogidos y humillados por la gloria y la magnitud del cosmos. Otros, sienten el estímulo para manifestarse con el más exagerado vuelo de su fantasía.
En el mismo momento en que el hombre descubrió la vastedad del universo y se dio cuenta de que aun sus más disparatadas fantasías eran ínfimas comparadas con la verdadera dimensión de la Vía Láctea, tomó medidas para asegurar que sus descendientes no pudiesen ver las estrellas en lo más mínimo. Durante un millón de años, los humanos se han criado en el contacto diario, personal, con la bóveda celeste. En los últimos milenios comenzaron a construir las ciudades y a emigrar hacia ellas. En el curso de las últimas décadas, gran parte de la población humana abandonó una forma rústica de vida. A medida que avanzaba la tecnología y se contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin estrellas. Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y estimulado el advenimiento de la era moderna de la ciencia y la tecnología. Sin darse cuenta siquiera, justo cuando la astronomía entraba en su edad de oro, la mayoría de la gente se apartaba del cielo en un aislamiento cósmico que sólo terminó con los albores de la exploración espacial.
Es cierto. Muy poca gente está relacionada con la noche. Con la noche real, no con esta noche luminosa que nos presenta la ciudad. Quienes hemos tenido la maravillosa experiencia de acampar en lugares alejados de centros urbanos, sabemos que la noche es oscura, atemorizante, hermosa. No hay nada como tirarse a mirar las estrellas. Puedes pescar, beber una cerveza, compartir con los amigos. Pensar en la inmensidad del universo, volver a soñar, imaginar.
Hace tiempo se me ocurrió una tontera fabulosa: el día de la noche. Una noche en el año se apagan las luces de toda la ciudad, se deja corriente sólo para hospitales y emergencias, y todos, con sus telescopios, binoculares o simplemente sillas de playa, suben a la azotea de sus edificios, o salen al patio o a alguna plaza a mirar la noche. Se hacen cursos de astronomía, se comenta sobre las estrellas, planetas. Se fomenta la astronomía en los niños. Claramente para Carabineros o seguridad ciudadana sería un poco preocupante una ciudad sin luces; habría que suplicarle a los flaites y delincuentes que por favor no salgan de sus casas, o que se dediquen como todos a mirar el firmamento. Mucha gente trabaja de noche, a ellos podrían darles un descanso más largo para que durante un par de horas pudieran asombrarse mirando el cielo.
Suena complicado e irreal, al menos por el momento. Pero es de esas ideas que las sociedades astronómicas no deberían desechar del todo, para el momento en que nuestras ciudades sean lugares civilizados donde la relación con nuestro entorno no tenga que basarse en el miedo y en el desconocimiento del otro y de aquello que no entendemos o no logramos ver. Que la oscuridad no guarda maldad sino oportunidades y que el cielo no es naranjo sino negro. Que no somos más que una pelota celeste dando vueltas alrededor de un pequeño sol de clase G2, entre billones de estrellas en el universo.
Que sólo seamos capaces de ver un par de miles, debería dar señales de cuánto más somos incapaces de ver en nuestra vida diaria.










